16 mayo, 2014

Locos por las ruinas

ruinas

Hay quien lo llama Ruinenlust. La lengua alemana, que tiene palabras para todo concepto imaginable, dispone de esta noción para describir la fascinación —limítrofe con la lujuria— que nuestra cultura experimenta ante las ruinas, escombros y demás síntomas de decadencia y caída. Formarían parte de ella los templos grecorromanos, los restos de ciudades destruidas por explosiones volcánicas y las catedrales damnificadas por bombardeos —como la iglesia del Kaiser Guillermo, convertida en parada imprescindible del circuito turístico en Berlín—. Son los seductores tentáculos de la poderosa estética de la destrucción.

¿Por qué nos fascinan las ruinas? Una exposición en la Tate Britain de Londres indaga en su significado cultural a lo largo y ancho de la historia. Se titula Ruin lust. A través de obras de J.M.W Turner, John Martin, Paul Nash, Patrick Caulfield, Rachel Whiteread o Tacita Dean, la muestra recorre las relaciones entre el arte y la definición cambiante de la ruina.

Aparecidos en el imaginario artístico en el Renacimiento, los escombros no se convertirán en auténtica obsesión hasta el siglo XVIII, durante la emergencia de un fuerte sentimiento de la nostalgia por un paraíso perdido y emplazado en un pasado irrecuperable. Sería el siglo de Fuselli, Constable y Piranesi, autor de una impresionante estampa que resumía el deterioro del Coliseo romano. Un siglo más tarde, Turner y John Martin tomaron el testigo con sus panorámicas apocalípticas de atardeceres rojizos y representaciones de los más tremebundos pasajes bíblicos. Parecían sostener que toda civilización, por muy poderosa que parezca, terminará convirtiéndose en pura ruina. Los escombros reaparecieron durante las dos guerras mundiales, cuando los artistas vieron cómo la arquitectura de ciudades como Londres, Hamburgo, Dresde, Rotterdam, Varsovia o Stalingrado se convertían en ceniza de la noche a la mañana. La ruina ya no era un objeto conservado pese al transcurso de los siglos, sino un producto inmediato de las bombas.

El comisario de la muestra es el crítico Brian Dillon, fundador de la revista Parkett y estudioso del tema desde hace años. “Las ruinas son un recordatorio de la realidad universal del colapso y la putrefacción, un aviso llegado desde el pasado sobre el destino de nuestra civilización, un ideal de belleza que resulta atractivo precisamente por sus defectos y fallos, un monumento a los caídos en una guerra antigua o reciente, la imagen precisa del exceso económico y el declive industrial”, apunta. Además de recorrer su acepción más clásica, la muestra brilla al describir la evolución del concepto durante el último siglo, cuando la ruina se erigió en recordatorio del genocidio y del trauma histórico, reflejado por el trabajo de las hermanas Jane y Louise Wilson, integrantes de la generación de los Young British Artists, que fotografiaron los búnqueres nazis que han sobrevivido en la costa normanda.

A medida que pasaban las décadas, la representación de los escombros arquitectónicos terminó por reflejar los sueños rotos de nuestra civilización. Las ruinas del siglo pasado tienen el aspecto de minas inservibles, depósitos de agua enmohecidos y tanques de gas abandonados. El matrimonio formado por Bernd y Hilla Becher estableció un esforzado inventario de los equipamientos que el supuesto progreso iba dejando fuera de servicio. Décadas más tarde, Tacita Dean orquestó una sugestiva instalación, recogida por la muestra londinense, sobre la última fábrica Kodak que cerró en territorio francés, a partir de imágenes rodadas con las últimas cintas de película producidas por sus trabajadores. Al otro lado del Atlántico, Richard Wilson emprendía un trabajo parecido en Nueva Jersey, estado industrial enfrentado a un declive inexorable, decretando que Passaic, localidad que concentraba fábricas cerradas y otros detritos posindustriales, terminaría por sustituir a Roma como “nueva ciudad eterna”.

La Tate Britain dedica la muestra ‘Ruin lust’ al fenómeno

La tesis más novedosa de la muestra consiste en sostener que las ruinas de hoy están relacionadas con la quiebra del Estado del bienestar. Por ejemplo, el trabajo del fotógrafo Jon Savage sobre los barrios semidesiertos del este londinense, repletos de viviendas de protección oficial en estado catastrófico, simbolizan el fracaso del proyecto de reconstrucción de la posguerra británica. “Esta obsesión contemporánea por las ruinas esconde una nostalgia por una época anterior que todavía no había perdido su capacidad para imaginar otros futuros”, afirma el académico Andreas Huyssen, profesor en Columbia y especialista en la noción de temporalidad, que abordó el asunto en su ensayo Modernismo después de la posmodernidad.

Las ruinas no han desaparecido del clima cultural. Lo demuestra la comercialización de la ruina en tiempos de “turbocapitalismo”, tomando prestado el término de Huyssen, que alude a las puestas en escena operísticas en templos romanos saneados o la instalación de museos en antiguas centrales eléctricas. Podríamos añadir la serie fotográfica de Joel Meyerowitz sobre la Zona Cero o la fascinación que despiertan las imágenes de la decadencia industrial de Detroit —“bella y horrible”, como resumió el semanario Time al comentar el exitoso trabajo de Yves Marchand y Romain Meffre sobre la capital industrial estadounidense—, que reflejaría también un supuesto ocaso del actual sistema económico. Tampoco es ajena a él la nueva época dorada del cine apocalíptico y postapocalíptico, a través de películas ubicadas en un futuro cercano que profetizan sobre el lugar al que nos conducirán las derivas de la sociedad actual. La saga Los juegos del hambre y la recién estrenada Divergente, que empieza con imágenes de los rascacielos de Chicago en situación ruinosa, se enmarcan en ese terreno.

El arte contemporáneo no queda al margen de la fascinación mórbida por la decadencia, alimentada por la fantasía masoquista de la destrucción total, como demuestra la obra de Dominique González-Foerster, Jeremy Deller o Cyprien Gaillard. Lara Almarcegui también ha trabajado repetidamente con el escombro y la ruina como materia prima. “Me interesan las historias alternativas que cuentan, siempre distintas a la versión oficial, a la voluntad del arquitecto que construyó el edificio y a las autoridades que lo encargaron”, asegura la artista zaragozana, que representó a España en la pasada Bienal de Venecia, donde presentó una montaña de ladrillo interpretable como un réquiem por la industria de la construcción patria.

Entre tejas desgastadas y láminas de hojalata oxidadas, Hiroshi Sugimoto paseaba hace unos días por su nueva exposición en el Palais de Tokyo parisino, titulada Aujourd’hui, le monde est mort (“Hoy el mundo ha muerto”). En ella, el fotógrafo japonés presenta treinta escenarios distintos para un apocalipsis inminente. “Los griegos, los romanos y los incas nos dejaron su herencia y sus templos. Me preguntó qué dejaríamos nosotros si todo termina mañana”, nos aclaraba entre un puñado de objetos destartalados, símbolo del escaso valor que otorga a nuestra escuálida herencia. En el último pasillo, un panel recogía esta inscripción: “4.600 millones de años han transcurrido desde la creación del Sistema Solar. Desde ese punto de vista, los 7.000 años que ha durado la civilización humana no representan nada más que un breve instante”.

Por Álex Vicente en El País.