28 noviembre, 2012

Les deux souers

Autora: María Blanchard.
Cronología: 1921
Técnica: Óleo sobre lienzo
Localización: Colección Novagalicia Banco.

Hasta el 25 de febrero de 2013, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid).  En la exposición: “María Blanchard. Vanguardia e identidad”.

Desde los inicios del siglo XX el mundo contemplaba la espectacular evolución y riqueza en las artes plásticas. Con el nacimiento de las vanguardias se producía una de las mayores transformaciones en la historia del arte, proclamándose una revolución que proponía el abandono de la representación de la realidad para centrarse plenamente en el lenguaje de las formas.

De esta manera los artistas con su total ruptura con la tradición, se volvieron inventores en busca de la originalidad y el cambio a través de la experimentación.
Un complejo entramado de renovación que sin lugar a dudas tuvo una gran protagonista y esa fue la ciudad de París. Es cierto que aunque en Europa durante el cambio de siglo hubo otros centros culturales importantes como Milán, Viena o Múnich. Será la capital francesa el auténtico referente de las novedades artísticas, desde el Impresionismo hasta el periodo de entreguerras.

París con su intensa vida en los cafés, talleres, academias, exposiciones y debates, pero también con su solemne pasado, mantenía el espíritu del cambio y se proclamaba el verdadero centro del cosmopolitismo cultural.

Convirtiéndose en la capital mundial del arte y la cultura, de la moda pero también de los placeres mundanos. Un lugar donde la libertad, en todos sus sentidos había encontrado su sitio, y lo que era aun más interesante una libertad que por fin era posible.

Este ambiente propiciaría el encuentro y concentración de los grandes talentos del siglo, un espectacular escaparate donde el coleccionismo, los marchantes y los críticos hacían girar el mercado del arte pero donde siempre prevalecía la personalidad creadora de los grandes artistas. En este momento se fraguaron  grandes movimientos como el cubismo capitaneado por Picasso, el fauvismo y su color defendido por Matisse o el surrealismo  con su completa evasión de la realidad. Todo tenía cabida en aquel lugar que se había proclamado el faro de la cultura, un lugar que poseía todo lo que un artista con aspiraciones podía desear.

Y esa fue la opción elegida por la artista María Blanchard, buscar en París lo que necesitaba para que su arte madurase. Llegando a ser una de las grandes mujeres que supo moverse en el complicado contexto de la vanguardia, y que como pocas pudo abrirse camino en un mundo que parecía estar reservado solamente para los hombres.
Su talento, su inteligencia y su compleja pero cercana personalidad, la situaron como una de las figuras claves del momento. Testigo excepcional de la historia de la principios del siglo XX, estuvo a la misma altura de los grandes genios del cubismo, igualó el trabajo de muchos de los artistas de su época y se puede afirmar que a algún que otro compañero superó en maestría.

Pero María tuvo una vida demasiado corta o quizá demasiado desafortunada, lo que hizo que muy pronto su figura cayese en el olvido. Y que tristemente con el paso del tiempo se convirtiese en una gran desconocida para el público.

Poseía una sensibilidad artística arrolladora. Sus amigos y colegas se rindieron a su genio y a su poderosa personalidad y no dudaron en aceptarla como una más del grupo. Con ellos participaba en exposiciones, no faltaba a ninguna de las tertulias importantes como podía ser la de La Rotonde en París o el Café de Pombo en Madrid. Y disfrutaba experimentando con las novedosas tendencias, pero aportando siempre su mirada particular.

Sus compañeros adoraban su creatividad sabían que  poseía un don especial, una claridad formal que muchos envidiaban, unido a un profundo sentido de la vida y del arte. Así con su arte el cubismo transgresor, perfecto y frío se llenó de sentimiento y plasticidad, porque nadie como ella supo mezclar perfectamente su rico mundo interior con una poderosa maestría técnica. Y de esta manera aportaba al  movimiento un ritmo cromático y un aire poético de armonía inigualable.

Pero el camino hasta este encuentro había sido difícil, porque su historia había comenzado mucho antes.  El 6 de marzo de 1881 nacía en Santander María Gutiérrez Blanchard, nacía el mismo año que Picasso y al igual que el artista malagueño adoptaba el apellido materno para darse a conocer. Creció en un ambiente familiar culto, será su padre el que desde un principio se convierta en su verdadero apoyo, haciendo despertar en la niña su interés por el arte. El se ocupó de su educación y siempre intentó  alentarle en su dedicación a la pintura.

Debido a un accidente durante su gestación Maria nació con una grave deformación en la columna, que le causarían un gran sufrimiento físico y psicológico durante toda su vida. Su  enfermedad la marcó convirtiéndola en una persona solitaria, pero también le hizo comprender que en la pintura encontraría su consuelo porque con ella lograría evadirse de la realidad.

Muy pronto mostró grandes dotes para el dibujo, por lo que su padre aceptó que María se fuese a Madrid recibiendo una formación clásica de la mano de los pintores Emilio Sala o Álvarez Sotomayor.

Gracias a su reconocimiento en varios concursos logra una beca para irse a estudiar a París, asiste a la famosa Academia Vitti, donde los maestros Anglada Camarasa y Kees Van Dogen le aportan solidez técnica para superar el academicismo, orientando su trabajo hacia la libertad del color y la expresión que luego la definirán.

El estallido de la primera Guerra Mundial le sorprende de viaje en España con otros amigos artistas, y ante la imposibilidad de volver a Francia, María se instala en Madrid, comparte estudio en la calle Goya con su amigo Diego Rivera, siendo una habitual en el círculo intelectual dirigido por Ramón Gómez de la Serna. Pero su arte de vanguardia, como la de muchos artistas, no tuvo buena acogida en la capital. Y ante la precaria situación económica familiar, decide aceptar una cátedra en la Escuela Normal de Salamanca, pero aquello se convirtió en una amarga experiencia, ya que las burlas de sus alumnos respecto a su aspecto físico hicieron que abandoné la enseñanza y volviese definitivamente a París en 1916.

Será en este momento cuando entra activamente en el círculo cubista, su trabajo no sólo no se alejaba de la maestría de Picasso, Braque o Juan Gris, sino que con su personalidad propia y bien definida, aportaba su particular voz al grupo. Es el momento del reconocimiento, la seleccionan para la mítica exposición “L ‘Art Moderne en France”, donde se mostró por primera vez “Las señoritas de Aviñón”, y el prestigioso marchante Léonce Rosenberg la ficha para su célebre galería. Comprendida y valorada por fin llegaba el éxito y lo que era más importante por primera vez la vida comenzaba a sonreírle.

Como muchos artistas de la época, María había ido a París en busca de la libertad y hoy podemos asegurar que esa libertad la logró a través del cubismo, logrando una madurez inigualable. Pero María de inquieta personalidad creativa necesitaba algo más, y a partir de 1920 abandona poco a poco el cubismo para inclinarse hacia la figuración. Esta ruptura supuso un nuevo revés para su carrera porque con al abandono de dicha vanguardia le acompañó también la ruptura con el galerista Rosemberg y con ella volvieron las penurias económicas. Hasta que el mecenas belga Frank Flausch le ofreció un contrato mensual que le permitió seguir pintando y exponiendo.

Su inclinación a la figuración le hacen crear un estilo, aun si cabe más personal, una figuración en la que aun hay una cierta influencia constructiva del cubismo pero donde los colores dramáticos, los dibujos duros y los violentos contrastes se convierten en los protagonistas de lienzos intimistas, expresivos donde las sensaciones se logran con un tratamiento lumínico y cromático muy singular.

Claro ejemplo de esta etapa es el lienzo titulado “Les deux Soeurs” en él podemos ver esa pintura poética y melancólica llena de un lirismo inusual, en la que el tema sencillo y directo se vuelve el protagonista.

Una obra que puede entenderse no muy lejos del costumbrismo español tradicional, ya que la escena es una sencilla imagen de la vida cotidiana, puesto que las escenas familiares e intimistas solían ser el tema elegido por la artista en esta época.

Las protagonistas dos hermanas situadas en la intimidad de su hogar, recrean una composición que sigue bebiendo del cubismo pero donde la figuración marca el ritmo de la obra, las figuras se caracterizan por una plasticidad poética muy singular, porque pese a estar compuestas por fragmentos geométricos la suavidad de sus contornos les otorga un realismo tierno, logrando que las dos hermanas destaquen tanto por su monumentalidad como por su delicadeza. Quizá su secreto se encuentra en su espectacular tratamiento del color y la luz, la luz tamiza los ritmos angulares de la composición para buscar expresión y al mismo tiempo los colores duros y sólidos lo envuelven todo creando una atmósfera cristalina.

Sensible e inteligente la artista parecía esculpir cada uno de los elementos de la obra con gran rigor pero con una fluidez expresiva que era compatible con una precisa captación de la realidad. Lienzos como éste nos muestran a una artista que poseía un don especial el de volcarse por completo en su mundo interior para dar sensaciones directas y palpables al espectador llevándolo de la mano a través de una técnica prodigiosa y delicada.

Esta obra fue uno de los cuadros más apreciados por la artista, ella misma había declarado a su amigo Jean Delgoufre su tristeza cuando Jean Grimar lo adquirió, pero no pararía hasta que años después lo compró para ella misma pese a las penurias económicas que padecía. Dato curioso es que se cree que podría haber vuelto a pintar el cuadro, lo que solía hacer en muchas ocasiones manteniendo versiones casi idénticas en su colección.

En 1926 todo se volvía en su contra su mecenas y amigo moría, complicando su situación en el mercado artístico, pero el verdadero revés llegaría al año siguiente cuando su buen amigo Juan Gris también fallecía y sus problemas de salud se agravaban, María se recluye en si misma, perdiendo todo tipo de contacto con el resto de los artistas. Aislada y atormentada nunca dejaría de pintar pero su soledad marcaría los últimos años de su vida. En abril de 1932 en su estudio en la calle Boulard de París finalmente moría María Blanchard, tenía tan sólo 51 años.

Transcurrido poco tiempo de su muerte su recuerdo se desvanecía. Su figura sufrió los negativos vaivenes de la historia, ya que en muy poco tiempo se olvidaba su arte, a ello ayudó que su familia debido a un pleito con su galería, retiró su obra del mercado. E incluso que en los años cuarenta se eliminase la firma de algunos de sus cuadros para sustituirla por la de Juan Gris y así revalorizar la obra en el mercado.

De esta manera como no podría ser de otra forma su genial trayectoria permaneció en un segundo plano en referencia a sus coetáneos hasta llegar a ser olvidada por completo.

Aunque para muchos aun siga siendo una gran desconocida, hoy en día se sigue reivindicando su figura, la figura de una artista inigualable que con voz propia y una poderosa personalidad se abrió camino en el complejo mundo de la vanguardia.