10 agosto, 2010

Las más visitadas.

Además de su indiscutible calidad artística, ¿qué tiene en común La creación de Adán y el David, de Miguel Ángel; Las Meninas, de Velázquez, y el Guernica, de Picasso?

Que todas ellas son obras mediáticas. Cualidad que las convierte en las piezas de arte más visitadas y fotografiadas del mundo, y en el objeto de deseo de los cazadores –por supuesto, visuales, ya sea con la retina o con la cámara– de piezas iconográficas. Hay más obras en la lista de las más queridas: el altar de Pérgamo, el busto de Nefertiti, los mármoles del Partenón y, sobre todo, la reina, con diferencia, de la popularidad: La Gioconda, de Leonardo da Vinci.
capilla_sixtina«Son obras que funcionan como marcas, tener una de ellas en un museo es asegurarse el turismo», afirma Santos M. Mateos, doctor en Historia del Arte y profesor de Comunicación y Patrimonio en la Universitat de Vic. Las cifras le dan la razón. El museo más visitado del mundo en el 2009 fue el Louvre, la pinacoteca que custodia La Gioconda, que recibió 8,5 millones de visitantes; de estos, más del 90% presentaron sus respetos a la pieza de Da Vinci. Seis millones sumó el Museo Británico, el segundo del ranking de visitas. La sala de Londres cuenta en su colección con 56 paneles del friso del Partenón, más 15 metopas y 17 estatuas del frontispicio, son los llamados mármoles del Partenón, «la atracción del museo, junto a la piedra Rosetta», según sus responsables. Aunque no hay estadísticas concretas, no es ilógico deducir que la mayoría de los que entraron en el museo pasaron por las salas que las conservan.

La tercera gran pieza mediática, La creación de Adán, congregó, también en el 2009, casi 4,5 millones de turistas. Son los visitantes que tuvo la Capilla Sixtina, en cuyo techo el genio del renacimiento pintó el fresco. Las cifras no son disparatadas si se tiene en cuenta que es completamente imposible disfrutar de cualquiera de estas obras sin la compañía de cientos de otros turistas.

EL EXPOLIADOR LORD ELGIN / París, Londres y Roma. «Las top three de los destinos tradicionales y de repetición», según Francisco Carnerero, presidente de la Asociación Catalana de Agencias de Viajes (ACAV). Son destinos a los que se vuelve más de una vez por «su interés cultural» y por su «proximidad». La afirmación es válida tanto para los catalanes como para el resto de europeos. Y es extensible a otras capitales como Madrid, Florencia, Berlín, Praga… Pero ni eso, ni la calidad artística –muchas otras piezas la tienen y solo los más avezados las disfrutan–,

explican por sí solos la categoría de obra mediática o iconográfica.

¿Qué ingrediente falta? «La historia que hay detrás de la pieza es fundamental», apunta Mateos. Y todas las obras enumeradas la tienen. Como la legendaria belleza de Nefertiti plasmada en el busto que sedujo tanto al Kaiser Guillermo como a Adolf Hitler. Además, la obra, realizada por el escultor Tutmose, estuvo sepultada 3.400 años en el desierto sin que nadie repara en ella hasta que, en 1912, la descubrió el arqueólogo Ludwig Borchardt y se lo llevó a Alemania. Consiguió pasarla por la frontera afirmando que se trataba de «un pedazo de yeso sin importancia». Y pese a las reclamaciones de Egipto, el busto de la reina reposa, actualmente, en Berlín.

Muy cerca de ella se alza el Altar de Pérgamo, uno de los grandes monumentos religiosos del período helenístico y cuyos restos fueron trasladados pieza a pieza desde la ciudad turca a la alemana, en 1879. «Una obra de arte impresionante –apunta Mateos– para la que construyeron un museo expresamente». Es el Museo de Pérgamo de Berlín.

En la historia de los mármoles de Partenón también hay arqueólogos, expoliadores y, sobre todo, mucha polémica entre Grecia e Inglaterra sobre quien debe custodiarlas. La que se considera una de las obras arquitectónicas más bellas de la humanidad, el Partenón, fue salvajemente expoliada a principios del siglo XIX por Lord Elgin. El que fuera embajador del Imperio Británico en Constantinopla arrancó la mayor parte escultórica del edificio –creando daños irreparables– para decorar su mansión en Escocia, según unos, y para preservarla de la contaminación, según otros.

ROBO Y FAMA / La historia que acompaña las piezas de Miguel Ángel o a Las Meninas tiene más que ver con la perfección estética, en el caso del italiano, y con la compleja composición del lienzo y sus diferentes interpretaciones, en la obra de Velázquez. ¿Y qué historia esconde el Guernica? Es el único cuadro con intención política pintado por Picasso como homenaje a los civiles muertos en el bombardeo de la ciudad vasca y realizado por encargo de la República. El lienzo se ha convertido en símbolo de los horrores de la guerra y de la lucha contra el fascismo. Y el hecho de que el malagueño prohibiera su vuelta a España hasta el fin de la dictadura ayudó a engrandecer su leyenda. El Guernica regresó en 1981 en medio de una gran expectación y desde entonces no ha vuelto a salir del país.

Pero esta no es nada comparada con la pasión que se vive por La Gioconda, posiblemente la obra más reproducida del mundo y con más gadgets –el último, un dulce de la prestigiosa pastelería Fauchon de París–. Mateos se muestra convencido de que en un hipotético cuestionario en el que se preguntara el nombre de una obra de arte «el 99%, en todo el mundo, respondería La Gioconda». Los enigmas que la rodean y el hecho de que Da Vinci no se desprendiera nunca de ella han ayudado ha engrandecer su historia pero «la fama se la debe al robo que sufrió a principios del siglo XX. La convirtió en una estrella mediática», afirma Mateos. «Es un valor seguro –prosigue–. Todos los visitantes del Louvre van a verla. El museo lo tiene claro y entres por la puerta que entres las señales te indican su ubicación».

LAS GRANDES OLVIDADAS / Pero la fama, ya se sabe, tiene doble cara también en el arte. Lo positivo es que genera muchas visitas pero su lado negativo «es que el turismo de masas va a la caza de obras iconográficas y no le interesa nada más, es capaz de ir al Louvre a ver La Gioconda y puede olvidarse de la Victoria de Samotracia o ir a Londres por los mármoles del Partenón y no visitar El matrimonio Arnolfi, de Van Eyck», lamenta Mateos.

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