5 abril, 2011

Las Coristas de Solana

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Laura Pais Belín

Autor: José Gutiérrez  Solana
Cronología: 1929
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Localización: Carmen Thyssen-Bornemizsa de Málaga

las_coristasConsiderado como el mejor cronista de la España del primer tercio del siglo XX, José Gutiérrez Solana combinó su actividad pictórica con la de dibujante, grabador y escritor. Todo su universo creativo proporcionó una visión costumbrista y esperpéntica de la España de principios del siglo. De su obra se desprende la esencia de la tradición pictórica española, y su estilo es poseedor de un realismo sobrecogedor y un expresionismo inconfundible. Repartió su tiempo entre Santander y Madrid, conscientemente se mantuvo lejos del academicismo y nunca quiso pertenecer al mundo de las vanguardias. Siempre independiente creó un estilo con acento propio.

Fiel conocedor de la historia de la pintura española se sintió atraído por los pintores  del barroco, se influía de sus temas pero también de la forma de componer de los maestros de esa época, y  prueba de ello será la acentuada utilización del claroscuro en su obra.

Pero si hay una influencia destacable ésta será la de las pinturas negras de Goya. Sin embargo aunque su estilo sea heredado de la tradición tremendista y dramática de Goya también podemos ver la influencia de artistas de renombre internacional como Munch, Kokoschka o Ensor. Ya que Solana dentro de una pintura con un estilo muy personal se acerca de forma clara a la vertiente de la pintura expresionista que se desarrollaba en toda Europa. Tal vez por ello se le considera el introductor del movimiento expresionista en España.

Nació en Madrid en 1886, pero pronto la familia se trasladaría a vivir  Santander. Sería su padre el que viendo su precoz talento le alentó a comenzar estudios de pintura con su tío.  Con tan sólo doce años vivirá la muerte de su padre. Marcado por una infancia difícil, con el paso del tiempo decidió abandonar el bachillerato y dedicarse por completo a su pasión, la pintura.

En 1900 con catorce años ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid pero después de cuatro años la dejaría, sin  recoger ni siquiera el título oficial, para dedicarse a pintar por su cuenta y con total libertad. Quería crear libremente, entregándose a la observación directa de la realidad que le rodeaba. Una realidad que encuentra en sus paseos solitarios por los suburbios y los barrios bajos de la capital. Esa búsqueda de lo popular le llevará, igualmente, a recorrer los pueblos cercanos, recogiendo temas para sus obras.

Pero a su vida le esperaba otro cambio, la demencia sufrida por su madre le obliga a abandonar la capital y trasladarse de nuevo a Santander, donde permanece durante el periodo de 1909 a 1917, allí toma contacto con los temas marineros y alterna los pinceles con la escritura, terminando su primer libro. Ya en esos años tanto en su obra escrita como pictórica plasmaba su personal forma de ver las cosas.

Tras algunos viajes de ida y vuelta, se establece de nuevo en Madrid de manera definitiva. Reanuda sus paseos madrileños y acude a las nuevas tertulias. Asistía a los círculos intelectuales frecuentados por Valle-Inclán y Zuloaga. Y se convirtió en un gran asiduo de las tertulias de los cafés madrileños, como las del Café Levante, el Universal, el  Candelas o la del Pombo, esta última presidida por Ramón Gómez de la Serna, y que no dudó en inmortalizarla en uno de sus cuadros.

Relacionado en la época con la Generación del 98, su pintura de gran carga social refleja una visión pesimista y subjetiva de España, donde los protagonistas de sus obras pertenecen casi siempre al mundo de la pobreza. Incansable observador se acercaba a  la actividad frenética de un mundo suburbano que le atrajo desde el principio de su carrera, ofreciendo de forma directa en toda su plástica una imagen mísera y grotesca de la España que le tocó vivir. Representando preferentemente en sus cuadros escenas y ambientes tomados directamente de la realidad.

La obra de Solana no fue inicialmente bien acogida por la crítica de la época, en el año 1904, se presentó al concurso de la Exposición Nacional de Bellas Artes, pero su obra fue rechazada, aunque esto no significó freno alguno para el artista que tenazmente decidió presentarse a todas las convocatorias de  certámenes artísticos que se celebraban. Tres años después el maestro madrileño expuso en el Círculo de Bellas Artes y en esta ocasión provocó un gran impacto por lo arrollador y violento de sus pinturas. Habría que esperar a 1929 cuando recibió su primer premio importante, la medalla de oro de la Exposición Internacional de Barcelona por la obra “Las corista de pueblo”. Un año antes había sido invitado por Edgar Neville a París, donde causó muy buena impresión en los ambientes culturales de la capital francesa. A partir de este momento recibe el reconocimiento nacional e internacional.

De carácter arisco y atormentado fue un genio incombustible,  con su pincelada densa y rotunda nos hizo testigos de  la España de las costumbres, de las fiestas populares y la superstición de principios de siglo. De esta forma su temática lúgubre y desengañada nos mostraba los ambientes y la atmósfera percibida en las  tabernas, los rastros, las corridas de toros, los espectáculos de coristas y cupletistas, las tertulias, los prostíbulos, los carnavales o las procesiones.

Pero al mismo tiempo con una inigualable maestría nos mostró fieles retratos individuales o colectivos que exponen como nadie el oscurantismo de una época.

Trabajaba sin descanso, movido por una decidida y poderosa vocación .Con una técnica cruda y directa,  pero de una manera rotundamente atractiva, creó un estilo que  se caracterizaba por utilizar colores oscuros y a recrearse en la dureza de los rostros de sus personajes. Su paleta sobria en pardos y oscura en ausencia notable de tonos luminosos, se centrará en descubrir la vida en la capital.

Un mundo que mostraría frecuentemente sería al universo femenino,  Solana sería extraordinariamente sincero cuando se acercó a la vida de las mujeres, fue un mundo del que conoció bastante poco y del que intuyó muchas cosas. Pese a los ambientes decadentes que representó supo comprender la belleza de la mujer y por ser artista supo magnificarla. Prueba de ello es la magistral composición de “Las Coristas”.

El lienzo sigue la misma línea que utiliza en muchas de sus composiciones, en cuanto a técnica, ya que siempre utilizar los colores oscuros y la sobriedad de los rostros para realizar sus escenas costumbristas que se convierten de manera natural en una galería de retratos anónimos. Las figuras femeninas, corpulentas, de fuerte modelado, casi escultóricas, se encuentran silueteadas de negro, logrando con ello una mayor energía y agresividad al contrastar este color con la gama de los pardos, verdes y azules, colores a los que se reduce prácticamente su paleta.

El tema del lienzo es una vez más el reflejo de una situación cotidiana en la España de la época, esta vez se nos presenta lo que puede ser un camerino colectivo de coristas donde se están cambiando las mujeres. Una habitación desordenada con las ropas colgadas en la pared, donde parece haber un horror al vacío, y las mujeres se presentan de un lado a otro. Colocadas como si se tratase de un friso, nos sitúa como un espectador que se encuentra allí mismo, en primera línea y eso lo consigue reduciendo el espacio entre el primer término y el fondo de la obra. Con gran soltura compositiva logra espacio gracias a la superposición de formas cromáticas y el volumen de las figuras hacia delante.

A pesar de una tendencia a lo plano las figuras poseen una increíble definición material y esto se debe a su soberbio manejo de una pincelada densa que modela sus figuras con trazos gruesos y una perfecta sinfonía de colores.

La escena esta repleta de dureza y de ternura al mismo tiempo, la imagen no tiene nada de erótico y prescinde voluntariamente de la picardía que podría ser propia de este tipo de temas, pese a ello muestra la belleza y la personalidad de la mujer joven. Sin embargo la imagen se llena de cierta melancolía conseguida a través de las miradas tristes y ausentes, la falta de provocación en su actitud o el color e iluminación de sus carnes. Con ello tras su personal visión nos deja suponer que para el maestro madrileño belleza y verdad probablemente son una misma cosa.

Gutiérrez Solana fue el intérprete de un mundo triste y miserable cuya realidad se traspasa al lienzo a través de armonías de color donde los negros y los ocres adquieren una profunda calidad estética que está claramente al servicio de una expresión increíble y conmovedora.

Al final de su carrera, sin etapas ni cambios, dejó una producción abundante, en la que se puede mostrar su claro objetivo, el de llegar a recrear lo que él llamaba “la España negra” un mundo inusual, terrible pero a la vez apasionante.

Su deseo fue siempre el mismo, mostrar la realidad más directa, presentar su personal forma de ver las cosas, sin juicios de valor, ni críticas simplemente como un mero espectador que se acercaba a ese crudo espectáculo que es la vida.