4 noviembre, 2011

La Virgen de la Servilleta

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Laura Pais Belín

Autor: Bartolomé Esteban Murillo.
Cronología: 1666
Localización: Museo de Bellas Artes de Sevilla
Técnica: Óleo sobre lienzo.

614px-Virgendelaservilleta[1]La pintura barroca española  vivía su última etapa a finales del siglo XVII y en ella sobresalía la figura de Bartolomé Esteban Murillo, que con su estilo particular muy pronto se convirtió en una de las piezas claves del panorama artístico. Un siglo que anteriormente había estado dominado por el esplendor de Zurbarán, la magia del tenebrismo de Ribera y Ribalta. Y la hegemonía indiscutible de la genialidad de Velázquez.

Pero lo interesante es que estas figuras seguían influyendo en la pintura de su época, y aunque el maestro supo partir de la moda artística del momento para aprender y mejorar,  también lo utilizó para lograr su personal camino artístico. Por entonces la pintura estaba dominada por la luz y el tenebrismo, pero el fue capaz de dejar atrás estas preocupaciones para centrarse en los contornos difuminados de las formas y los volúmenes, realzándolos en relieve en una perfecta atmósfera de armonía cromática y lumínica. Su nuevo estilo se caracterizó por el empleo de sutiles gradaciones lumínicas con las que conseguía crear una sensacional perspectiva aérea, acompañada del empleo de tonalidades transparentes, vibrantes cromatismos y efectos luminosos resplandecientes, siendo la pincelada suelta y ligera la que defina claramente su obra.

Mayoritariamente es conocido como pintor religioso pero también abordó con igual maestría la pintura de género, el paisaje o el retrato. De forma natural supo adaptarse con su estilo al gusto de su época, a través de una religiosidad familiar, cercana y dulce. Su técnica era perfecta pero lo más destacable era su forma tierna y amable de tratar los temas religiosos y realistas durante toda su carrera. Amoldándose perfectamente a la religiosidad que pedía el pueblo sevillano, porque como nadie supo representar el sentir católico de su tiempo.

El propio contexto histórico que le rodeaba marcó por completo el devenir de su trayectoria artística. Ya que el pintor no llegó a conocer el esplendor de Sevilla, el puerto comercial y la ciudad cosmopolita que había sido durante todo el siglo XVI. El viviría el declive económico y lo que fue aun peor la caída demográfica de la capital andaluza.

Cuando nació Murillo, Sevilla seguía siendo una ciudad poderosa, la más poblada de las españolas y una de las mayores del continente europeo. A partir de 1627 se comenzó a advertir la crisis a causa de la disminución del comercio con Indias, que lentamente se movía hacia Cádiz, el estallido de la Guerra de los Treinta Años y la separación de Portugal.  Pero quizá el mayor problema llegó con la peste de 1649, de efectos devastadores. La población se redujo a la mitad y ya no se recuperó.

La crisis afectó de manera desigual a los diversos estamentos de la población, el nivel de vida en general disminuyó, pero las clases populares fueron las más afectadas y la cruda pobreza arrasó por completo sus vidas.
El pintor sevillano vivió y conoció de cerca el sufrimiento y la terrible fortuna de su pueblo, pero desde un principió optó por no representar esta amarga situación en su obra. Eligió por lo contrario un arte conmovedor, reconfortante y amable y de esta manera su pintura se convirtió en el consuelo espiritual de la sociedad.

Con su arzobispo y sus más de sesenta conventos, Sevilla era un importante foco de cultura religiosa y a ello se unía una ferviente religiosidad popular. En ese ambiente la clientela eclesiástica para el maestro constituía solo una parte de su trabajo, ya que  cuanto más se descendía en la escala social, la demanda de pintura de motivo religioso aumentaba, hasta ser casi el único género presente en las casas del pueblo.

Su vida y su carrera transcurrieron en Sevilla, ni siquiera visitó Italia, viaje de formación típico de los maestros de aquella época. Se cree que incluso sólo en dos ocasiones visitó Madrid, pero todo ello no impidió que su pintura y su técnica fuese conocida y admirada en toda Europa, y prueba de ello es que muchas de sus obras se encuentran en importantes colecciones europeas.

Eligió el segundo apellido materno para darse a conocer en el mundo artístico sevillano y su vida aunque acomodada estuvo plagada de tristes acontecimientos, fue el menor de catorce hermanos  y con tan sólo nueve años perdió a sus padres por lo que el muchacho pasará al cuidado de una de sus hermanas.

Inició su aprendizaje artístico en el taller de un conocido pintor, donde permanecerá cinco años, logrando su primer encargo de importancia en 1645. Se trataba de la serie de trece lienzos para el Claustro Chico del convento de San Francisco en Sevilla, mostrando un estilo novedoso logrará el éxito y ello motivará que los encargos se multipliquen. Ese mismo año se casaba y comenzaba una etapa feliz por lo que busca una casa más amplia y aumenta su taller. Pero todo cambiará a finales de la década de los cuarenta, la terrible epidemia de la peste arrasa Sevilla, la mitad de la población de la capital perdió la vida y entre los muertos debemos contar a los cuatro pequeños hijos del matrimonio Murillo.

Será en 1658 cuando viaje a Madrid donde se piensa que conoció a Velázquez, quién le pondrá en contacto con las colecciones reales, y donde se acercaría a la pintura flamenca y veneciana. Y conocerá a los pintores de la escuela madrileña.

A su vuelta su éxito era notable y los encargos se multiplicaban, y gracias a su tesón a principios de 1660, se fundaba y el mismo presidía la Academia de Dibujo en Sevilla, siendo uno de los primeros ejemplos de academia artística de nuestro país. Pero en 1663 su vida vuelve a recibir un golpe, ese año Murillo se quedaba viudo al fallecer su esposa como consecuencia de su último parto. Abandonaría la Academia  y a partir de este momento se refugiaría en soledad en su carrera de pintor.

Es en esa misma época cuando creará una de las mejores obras de su producción, la famosa y delicada representación de la Virgen con el Niño, conocida popularmente como “La Virgen de la servilleta”, que durante mucho tiempo formó parte de la decoración de la Iglesia del Convento de los Capuchinos de Sevilla. Para dicho encargo el maestro debería de hacer una serie de pinturas para el retablo mayor y los altares de las capillas laterales. Ubicándose concretamente este lienzo en la portezuela del tabernáculo. Realizado el trabajo entre 1665 y 1668, años de su plenitud artística.  

Lo atrayente de esta pieza es que su historia está rodeada de leyendas, que han llegado a nosotros gracias a una tradición originada a comienzos del siglo XIX que recogía dos versiones sobre los años en que Murillo trabajó para Los Capuchinos. Ambas ponen de manifiesto algo documentado en la época, se sabe que cuando un artista era contratado por una orden religiosa para un trabajo importante, éste se trasladaba con su taller al lugar de la ejecución y allí convivía con los miembros de la Orden.

La primera de las leyendas contaba que el pintor solía desayunar en el Convento de los Capuchinos después de oír misa. Un día después del desayuno, el fraile encargado del refectorio se dio cuenta de que faltaba una servilleta. Pasados unos días sería el propio Murillo quién devolvería la servilleta pero con la imagen pintada de la Virgen con un Niño.
Pero hay otra versión en la que se narraba que fue un humilde fraile el que le pidió al pintor una Virgen con Niño de pequeño formato,  para poder concentrase en sus oraciones privadamente en su celda. Murillo aceptó, pero solicitó un lienzo para realizar su creación, el fraile sin embargo carecía de recursos económicos y le entregó una servilleta en la que el pintor realizó la obra. Se piensa que cualquiera de las historias es falsa porque tras los estudios de la obra se sabe que la base utilizada es lienzo y no tela de mantelería. Pero lo que no podemos negar es que desde su creación esta obra gozó de una gran popularidad entre el público sevillano.
Con su gran maestría consigue una vez más mover la piedad por lo cotidiano, una estampa de la vida diaria, la de una madre con su niño en brazos pero llevado al terreno de lo sagrado. Pero con el naturalismo tan cercano y humilde de su estilo que la hace íntima, modesta pero verdaderamente comunicativa.

Y todo ello a través de los gestos, como el del niño que con sus grandes ojos parece que intenta salirse del cuadro, un niño que se inclina dulcemente hacia nosotros, y en el que el pintor se recrea en la vitalidad de sus inmensos ojos porque con ellos trasmite la cercanía de un ser celestial. Mientras la mirada de la Virgen conecta directamente  con la del espectador y le transmite serenidad, proximidad y un  intimismo de inigualable ternura.

Porque  para Murillo aunque fuese una obra religiosa siempre intentaba buscar el tono amable, el detalle anecdótico y las reacciones espontáneas. Ya que en definitiva en la mezcla de todos estos detalles unidos a su gran habilidad técnica era donde se encontraba la grandeza del maestro sevillano.

Como en muchas de sus obras es capaz de captar a la perfección la ternura y la afectividad entre ambos personajes. La pincelada es rotunda y rápida, pero al mismo tiempo rodea a las figuras de una certera sensación atmosférica con la que consigue diluir  los contornos y de esta manera crear un efecto de espiritualidad. Para ello utilizó una pincelada flexible pero segura que parece flotar por todo el lienzo y la acompañó de una riquísima paleta de colores como el blanco, los ocres, el azul o el rojo, y con esta perfecta mezcla alcanza un acabado luminoso, suave y claro.

El lienzo permaneció durante más de 150 años en la iglesia del convento. Pero en la Guerra de la Independencia estuvo a punto de ser requisado por el mariscal francés Jean de Dieu Soult, gran admirador de Murillo, pero fueron los propios  religiosos quienes consiguieron trasladarla junto con otras pinturas en 1810 a Gibraltar, donde permaneció a salvo del expolio artístico que el ejército francés llevó a cabo hasta el término de la guerra en 1814. En 1836 con motivo de la desamortización de Mendizábal, pasó a ser propiedad del estado y se integró en el  Museo de Bellas Artes de Sevilla.

A principios de l680 la fama de Murillo se había extendido por todo el país, y en 1681 recibió su último encargo: las pinturas para el retablo de la iglesia del convento de Santa Catalina de Cádiz. Cuando trabajaba en este encargo sufrió una caída de un andamio al estar pintando las partes superiores del cuadro principal. A consecuencia del terrible accidente fallecía el 3 de abril de 1682.

La ternura, el misticismo y la cercanía de su pintura no se pueden entender sin conocer la época que le tocó vivir. Pero pasado el tiempo ese contexto se olvidó y con él se olvido su pintura, criticada por su excesiva dulzura. La importancia de su obra no se recuperó hasta bien desarrollado el siglo XX, sufriendo así su figura los vaivenes a veces muy crueles de los gustos y las modas pictóricas.