31 mayo, 2016

La Toma de Túnez oculta en una ermita navarra

Recuadro-Historia

Los goznes chirrían al empujar la pesada puerta de San Zoilo. Son poco más de las seis de la tarde y el sol que aún calienta en Cáseda (Navarra) apenas se cuela a través de las vidrieras de esta ermita gótica del siglo XIV. Aún con esta luz tenue, se aprecian unos trazos negros en los muros. Es un barco, no hay duda, dibujado de forma esquemática, casi como lo haría un niño. Al accionar el interruptor en el bajo coro, las paredes revelan más velas, cañones e inscripciones a ambos lados de la iglesia. Los dibujos sorprenden, aún más en una iglesia «de secano» enclavada entre montes, a unos 140 kilómetros del mar más próximo. No es el Cantábrico, sin embargo, el escenario de esta representación, como ha descubierto el médico y escritor navarro Pablo Larraz Andía con la inestimable ayuda del capitán de navío y miembro de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval de la Universidad de Murcia, Pedro Fondevila.

«Los grafitos de San Zoilo son conocidos desde siempre y se presuponía que eran antiguos, pero quién los dibujó y por qué era un enigma», explica Larraz, que ha investigado concienzudamente los dibujos en los últimos cinco años. Se especulaba con que podía ser una representación de la llegada de Colón a América o un homenaje a los balleneros vascos, incluso que no era más que una gamberrada, antigua eso sí. La llegada a Cáseda de este apasionado por la historia ha arrojado luz en este misterio.

Autor de «Requetés» y otros cuatro libros sobre las guerras carlistas, Larraz encaminó en esta ocasión sus investigaciones hacia los enigmáticos grafitos de San Zoilo. Reprodujo minuciosamente los dibujos con ayuda de luces infrarrojas y el empleo de agua destilada que, sin dañar los trazos, hacía emerger durante breves minutos los pigmentos que el tiempo y las humedades habían dejado casi ilegibles. Así logró identificar hasta 40 grafitos, muchos de ellos desconocidos hasta ahora, realizados con la mezcla de madera quemada y aceite conocida como «negro de humo». En total, 13 embarcaciones, 5 fortificaciones terrestres, 12 figuras humanas y hasta 10 inscripciones en diferentes tipos de letra, todas ellas coetáneas, obra de una misma mano.

Larraz recorre la ermita mostrando los detalles de los tres galeones, cinco galeras y otros tantos esquifes, con sus sobredimensionados cañones y sus proyectiles dibujados de forma casi infantil. Se aproxima hasta una de las embarcaciones y señala los trazos de una bandera. «Es la Cruz de Borgoña, el símbolo de los Ejércitos de España durante siglos».

En el bajocoro, el investigador señala un rostro de gran tamaño con turbante y pluma, provisto de un alfanje (una espada de filo curvo) como el de otro guerrero casi borrado a su izquierda y otras de las figuras diseminadas a uno y otro lado de la iglesia. En cinco fortificaciones terrestres se observan almenas triangulares, características de los árabes, y encaramadas a ellas, dos «bastidas» (torres de madera para el asalto de murallas). Otras figuras enarbolan banderolas y cruces cristianas. «No hay duda de que es una batalla de la Cristiandad contra los turcos», explica.

Dos grandes vítores (anagramas conmemorativas de la victoria) recuerdan a dos «caídos» en la contienda. El nombre de uno de ellos, Baptista, se lee con claridad. No así el otro. «Posiblemente Velasco, pero no se puede asegurar», dice Larraz, que aventura con que probablemente se trate de un nombre italiano.

Sobre ellos, dos inscripciones de gran tamaño llaman la atención. Una de ellas reza «Capitana de Nápoles» a ambos lados del dibujo central hoy muy deteriorado de una embarcación. «Era el buque capitán de la escuadra española de galeras procedente de Nápoles», explica. La segunda es una de las firmas que el autor dejó plasmado en el lugar: «Lubian me fecit» («hecho por Lubián»).

Figuras turcas en el bajo coro de San Zoilo

«Un caso único»

¿Qué batalla se narraba y quién era ese Lubián? Pablo Larraz buceó en los archivos en busca de datos con los que completar su puzzle. En el Museo Naval le pusieron en contacto con Pedro Fondevila Silva, «seguramente el mayor experto en galeras del mundo». Fondevila se desplazó desde Cartagena a este pequeño enclave navarro para estudiar los grafitos de San Zoilo. «Es un caso único, no conozco nada similar en ningún otro sitio. Hay otros grafitos de barcos tierra adentro, como en el Palacio de Ambel en Borja, un antiguo convento de la orden de Malta donde hay pintadas unas galeras maltesas, pero son dibujos aislados», señala a ABC.

San Zoilo, en cambio, «es el relato de un hecho». Fondevila está «todo lo que lógicamente puede uno estar seguro» de que reproduce la Toma de Túnez el 21 de julio de 1535, en la que participó una formidable armada cristiana bajo el mando del emperador Carlos I. Los barcos pintados en Cáseda «songaleras de la primera mitad del siglo XVI», de las que bogaban «a tercerol», explica el experto, que identificó uno de las embarcaciones como «el gran galeón portugués que interviene en la conquista de Túnez», al bordo del cual navegaba el infante Don Luis, cuñado del monarca español, que mandaba la flota portuguesa.

«No es una batalla naval, sino una operación de desembarco, porque solo hay enemigos en tierra», continúa el capitán de navío, que relata cómo parte de la escena representa el ataque a la fortaleza de La Goleta, que abrió el camino a la flota cristiana a Túnez. La sublevación de los cristianos queBarbarroja tenía presos en la Alcazaba (unos 20.000 cautivos) facilitó la conquista de la plaza costera. Fondevila cree que esos prisioneros sublevados se corresponden con las figuras que enarbolan cruces en tierra en San Zoilo.

Además, la Capitana de Nápoles estuvo presente en las jornadas de Túnez y no en otras conquistas similares como Orán o Melilla, añade el miembro de la Cátedra de Historia y Patrimonio Naval.

El análisis de este experto reveló un detalle sobre el autor de los grafitos. «Es una persona que ha ido embarcada y que pinta de memoria, pero no un marinero», dice, porque confunde algún elemento en el dibujo, algo impensable en un hombre de mar. También sospecha que pasó por Italia, donde en esos años se empieza a pintar frescos con escenas de batallas.

Alzado de una pared de la ermita

El linaje de los Lubián

Fue una lástima descubrir que faltaban las hojas sobre Túnez en los papeles de Juan de Rena, donde el hombre fuerte de Carlos V en Navarra y proveedor de la Armada detalla con minuciosidad los pagos de movilización de tropas. A buen seguro que en ellas constaba la relación de los navarros alistados, entre ellos el tal Lubián. También los libros de la iglesia de Cáseda se perdieron.

Por la caligrafía y las inscripciones en latín, Pablo Larraz sabía que el autor de los grafitos fue una persona culta, que además tuvo que contar con autorización para pintar la escena, empleando además andamiaje o escaleras. Sin embargo, no conocía a nadie en Cáseda con el apellido Lubián. Cuál fue su sorpresa al descubrir en el Archivo General de Navarra que hubo más de 100 procesos protagonizados por la saga de los Lubián. «Es la familia que más ha pleiteado en Cáseda en toda su historia», bromea. Aparecen desde 1439 en documentos como hombres al servicio de la corte de los reyes de Navarra. Los pleitos sirvieron a Larraz para elaborar el árbol genealógico familiar, desde Mossen Miguel de Lubián, alcaide de Eslava que defendió los castillos de Cáseda y Eslava frente a los beamonteses en 1451.

La clave del misterio se encontraba, sin embargo, en el mismo San Zoilo, en una firma con letra bastardilla hecha a vuelapluma que Larraz descubrió en el coro de la iglesia. «Lubián se lee con claridad y la M inicial del nombre también», señala convencido de que se trata del único nombre de la familia que se corresponde con esos datos: «Martín de Lubián». Además coincide en la letra con una firma encontrada por Larraz en un documento de la época.

Todo encaja. Martín de Lubián «fue capellán de los Tercios» antes de ser nombrado «cura y beneficiado de la Iglesia de Santa María de Cáseda, de la que depende la ermita, en 1540», apenas cinco años después de la conquista de Túnez, explica Larraz.

Con sus esquemáticos y expresivos dibujos, quiso conmemorar esta gran victoria de la Cristiandad en San Zoilo, una ermita que debió formar parte de un convento o eremitorio y que fue posada medieval para viajeros y pastores. En el combate representado se intuye un personaje subido a una escala que enarbola una cruz. ¿Un autorretrato de Lubián?

Escudo de los LubiánPuerta de entrada a la ermita

Túnez 1535. Un memorable día para la Cristiandad

El mismísimo emperador Carlos I se puso al frente de la poderosa armada cristiana que se reunió en Cerdeña en junio de 1535 para «hacer saltar de Túnez a Barbarroja antes que tuviera tiempo de fortificarse, porque si de la Goleta hacía otro Argel, no sólo Sicilia, Nápoles, más también España estaría en jaque», según narra Cesáreo Fernández Duro en su obra «Armada española, desde la unión de los Reinos de Castilla y Aragón».

«En los preparativos se empleó cerca de un año; tales eran ellos, fue el Emperador a ultimarlos en Barcelona, punto de reunión de la flor de la caballería de los reinos», prosigue Fernández Duro, que detalla cómo llegó «el infante D. Luis de Portugal, hermano de la Emperatriz, con un hermoso galeón, 20 carabelas, muchos caballeros y 2.000 soldados. Virginio Ursino, conde de Anguillara, gobernando 12 galeras del papa Paulo III; Aurelio Botigela, con cuatro de la religión de Malta; D. Álvaro de Bazán, con 15 de España; D. Berenguer de Requeséns, con 10 de Sicilia; D. García de Toledo, con seis de Nápoles; Antonio Doria, con cinco que traía por asiento, algunas sueltas de caballeros que las armaron á su costa, como lo hicieron los príncipes de Salerno Visignano Hernando de Alarcón. La llegada de Andrea Doria con 19 fue aconteci miento por la vista de la galera imperial que traía, magnífico vaso esculpido, dorado dispuesto como para morada del César». A estos se sumaban 150 barcos de aprovisionamiento de la armada, así como una multitud de embarcaciones que acompañaban a los ejércitos y en la que se calcula que iban unas 4.000 «enamoradas» pese a la orden real que prohibía el embarco de mujeres.

El 30 de mayo el emperador embarcó en la galera imperial y la expedición salió de Barcelona rumbo a Cerdeña, donde en junio se sumaron las naos de Nápoles. «Pasada muestra general, se contaron 74 galeras 30 galeotas y fustas; es decir, más de cien embarcaciones de remo. De vela, grandes y menores, se acercaban 300; los soldados de infantería 25.000; los jinetes 2.000, de ellos 800 hombres de armas, no entrando en la cuenta los señores con sus criados, los aventureros, ni la gente de mar», continúa Fernández Duro.

Desde Cerdeña, la flota partió de noche y con velas negras para dificultar su seguimiento por las embarcaciones espías del enemigo y se encaminó al norte de África, llegando a la costa tunecina a mediados de junio. Barbarroja había enviado a La Goleta a 80.000 soldados al mando de Sinán Arráez, el Judío, así como un buen número de jenízaros. Los cristianos sitiaron La Goleta y casi un mes después de poner pie en tierra, el 14 de julio, asaltaron por mar y tierra la fortaleza. Fernández Duro señala que se contaron unos 2.000 turcos muertos y el hallazgo en La Goleta de más de 300 piezas de artillería, algunas marcadas con flores de lis francesas (muestra de la traición a la Cristiandad del rey Francisco I de Francia), así como una flota de cien naves, entre ellas 42 galeras.

Al ver que la armada cristina proseguía su avance hacia Túnez, Barbarroja salió a su encuentro, pero fue derrotado. «Vanamente quiso encerrarse en Túnez para hacer necesario otro asedio», continúa el autor de la «Historia de la Armada Española desde la Unión de los Reinos de Castilla y Aragón» antes de relatar que los cautivos de la alcazaba, enterados de la derrota, «rompieron las prisiones, sobreponiéndose la guarnición, asestaron los cañones contra la hueste de Barbarroja desbandada». El argelino logró escapar, pero fue un «memorable día para la Cristiandad el 21 de julio» en el que 20.000 cautivos recobraron la libertad.

Túnez fue entregada por el emperador al rey destronado Muley Hassán, con ciertas condiciones de vasallaje como la de ceder la Goleta, como llave que era del reino. Deseaba continuar y arrasar la madriguera de Argel, pero le aconsejaron cejar en su empeño ante el adelanto de la estación y la escasez de víveres, pensando (erróneamente) que Barbarroja no podría causar daño. El 17 de Agosto la galera del Emperador dio señal de largar velas para dirigirse a Sicilia, mientras las demás volvían a sus lugares de procedencia.

Carlos I se había hecho acompañar por el artista flamenco Jan Cornelisz Vermeyen para que dejara testimonio para la posteridad de las victorias, trabajo que se materializó en la serie de cartones en papel y de tapices de «La Conquista de Túnez». El taller de Willem de Pannemaker fue el encargado de tejer con los mejores materiales estos tapices que se convirtieron en una insignia de la dinastía de los Habsburgo. Se exhibían en las fiestas de la corte, en ceremonias religiosas y en actos de Estado. «La serie fue muy usada por los reyes de España y Felipe V, en 1731, ordenó a la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara de Madrid que tejiese una réplica menos rica, en seda y lana, para conservar los tapices originales de Carlos V, que contaban con hilos de oro y plata. Actualmente dos paños de esta réplica se exhiben en el Palacio Real de Madrid», explican en laFundación Carlos de Amberes.

Salvo dos tapices desaparecidos en el siglo XVIII, los originales se conservan hoy entre la Real Armería del Palacio de Oriente y los Reales Alcázares de Sevilla. El Kunsthistorisches Museum de Viena exhibe diez de los doce cartones que realizó Vermeyen.

 

Por Mónica Arrizabalaga en ABC