30 mayo, 2016

La resurrección de San Isidoro

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El museo de arte sacro en una colegiata románica de León triplicará su espacio para mostrar más piezas

Puertas con sus arcos que emergen de los muros que las cegaron, una entrada moderna, ascensores para hacer accesible el edificio, paneles y audiovisuales informativos… el Museo de San Isidoro, situado en la colegiata románica homónima, al que llegan los turistas desde la catedral de León o tras tomar una tapa de morcilla en los bares del barrio Húmedo, tendrá una nueva vida cuando se ejecute el proyecto, presentado hoy viernes, en León. Una transformación que triplicará su área para mostrar más estancias, más piezas de arte sacro ahora almacenadas y convertir un espacio expositivo nacido a mediados del siglo XX en uno del siglo XXI.

Peregrinos y visitantes, en torno a 150.000 almas al año —cuando se construyó acudían unas 2.000—, de las que el 20% extranjeros, acceden a un museo anunciado con un viejo y pequeño cartel junto a una escondida puerta, que parece de una casa de vecinos, a unos metros de la basílica del mismo nombre. De la iglesia, consagrada en 1063 por el rey Fernando I de León, se eliminarán los recurrentes corchos con pósteres, chirriantes, así como otros carteles y elementos nada estéticos. “La nueva entrada estará al mismo nivel de la plaza y dispondrá de una recepción con mucho más espacio para evitar las aglomeraciones de verano”, explica el responsable del departamento de Patrimonio Histórico de la Fundación Montemadrid, Gabriel Morate.

La reforma del Museo de San Isidoro tendrá una financiación de 4,8 millones de euros: de los que la Junta de Castilla y León aportará 2.300.000, la Fundación Montemadrid —entidad sin ánimo de lucro financiada por el Monte de Piedad de Madrid— 2.000.000 y el Cabildo de la Colegiata 500.000. En la planificación ha participado, entre otros, el arquitecto Juan Pablo Rodríguez Frade, premio Nacional de Restauración y autor de la remodelación del Museo Arqueológico Nacional.

En la presentación, la consejera de Cultura de la Junta, María Josefa García Cirac, anunció que la “intervención se alargará tres años para no cerrar el museo a los visitantes en ningún momento”. Cuando esas obras culminen, San Isidoro habrá casi triplicado su espacio visitable, de los 1.201 metros cuadrados actuales, a 3.290. Los cambios afectarán también al orden del recorrido. El Panteón Real (siglos XI-XII), con sus magníficas pinturas murales que decoran seis bóvedas, frescos restaurados en los años ochenta del pasado siglo, será la última parada de los visitantes. Ahora es la primera, lo que da una idea de la reorganización de este lugar. Se restaurarán las macizas columnas de la sala y se reordenarán los sarcófagos de miembros de la realeza leonesa, ahora dispersos, para explicar quienes yacen ahí.

El recorrido por el museo será mucho más cómodo. Ahora hay que subir 30 estrechos escalones en caracol para acceder a la planta de arriba. En vez de esta empinada escalera, habrá un ascensor. Arriba espera la Cámara de doña Sancha, en la que se encuentra el Tesoro, en vitrinas que, en algunos casos, no tienen información o están repartidas de forma poco amable para admirar, por ejemplo, la pequeña colección de telas hispanoárabes de los siglos X y XI, que se utilizaban para recubrir relicarios. Uno de estos, el de san Isidoro, deslumbra en una de las vitrinas. Es una joya de orfebrería, recubierta de láminas de plata repujada. También refulge la arqueta de Limoges, revestida de 18 placas de cobre dorado y grabado. Y se pueden contemplar los delicados 25 marfiles del arca de San Juan y San Pelayo. Una sala contigua se reserva para una sola pieza: el cáliz de doña Urraca, formado por dos piezas cóncavas de ágata, de origen romano, que ordenó decorar en el siglo XI la Señora de Zamora con oro, amatistas, esmeraldas y zafiros. Una de las joyas de la corona de San Isidoro.

Con los nuevos espacios expositivos se podrán mostrar piezas hoy guardadas en cajas, como el célebre pendón de Baeza, del siglo XIII. De tafetán, por sus dos lados se bordó a san Isidoro a caballo, sosteniendo con una mano la cruz y la otra la espada, en una iconografía como la de Santiago.

A unos metros de la sala del Tesoro se encuentra la biblioteca. No es la original, sino la que se rehízo en el siglo XVI. Entre cantorales, incunables, pergaminos y códices, se habilitarán facsímiles y pantallas digitales para no dañar unos volúmenes que no pueden exponerse más de dos o tres meses a la luz, subraya Morate, y que se irán turnando. Entre ellos, sus dos excepcionales Biblias, una mozárabe, del siglo X, de delicadas miniaturas coloreadas, y otra románica, del XII.

La recuperación de San Isidoro abarcará su exterior. Los visitantes podrán pasear por la muralla romana que rodea el recinto, ahora cerrada al público. En la planta inferior de la colegiata se abre el claustro (siglos XVI-XVII), circundado por capillas, algunas inutilizadas, que se convertirán en zona expositiva. Este claustro posee además un valor histórico: la celebración, en 1188, de cortes convocadas por el rey Alfonso IX de León, un hecho que llevó a la Unesco a reconocer a estas piedras como cuna del “sistema parlamentario europeo”. A unos pasos de la placa que lo constata, sorprende la majestuosa escalera renacentista, del maestro Juan del Ribero Rada, que ahora no pueden disfrutar los viajeros, pero que también se incorporará a la visita.

Lo que ahora sí se puede contemplar, en una de las capillas del claustro, es la veleta en forma de gallo, de cobre recubierto de oro, que coronó la torre de San Isidoro. Es del siglo VI y originaria de la antigua Persia. A su lado, una campana mozárabe de 1086, que presume de ser de las más antiguas que se fundieron en la Península. Dos símbolos construidos para estar cerca del cielo y de Dios, que hoy pueden admirarse a ras de suelo.

Por Manuel Morales para El País