18 octubre, 2012

La Morfina

joya

Laura Pais Belín

Autor: Santiago Rusiñol.
Cronología: 1894
Localización: Museo Cau Ferrat, Sitges (Barcelona).
Técnica: Óleo sobre lienzo.

A finales del siglo XIX España había comenzado su camino hacia la modernidad. Un cambio artístico que llegaría principalmente de París, ya que muchos de nuestros artistas decidirán viajar a la capital francesa, considerada por aquel entonces la cuna de la renovación pictórica.

Con este viaje se buscaba contemplar de cerca las nuevas vías artísticas que pretendía reelaborar por completo el lenguaje plástico actual. No es de extrañar que muchos de los artistas que allí coincidieran fueran catalanes y vascos mayoritariamente, el motivo es que en estas regiones no se solía elegir la opción de formarse con el tradicional viaje a Roma, y su aprendizaje no estaba marcado por el férreo academicismo que imperaba en otras zonas españolas.

Fueron años en los que en el Moulin de la Galette convivían y compartían inquietudes artistas como Rusiñol, Ramón Casas, Zuloaga o el crítico de arte y pintor Miquel Utrillo. Una época para todos ellos de recepción de las novedosas aportaciones del arte finisecular y la reelaboración de las mismas para crear sus propios lenguajes.

Al regreso de esta etapa de estudio y formación Ramón Casas y Rusiñol, buenos amigos y compañeros en este viaje de renovación, decidieron mostrar todo su trabajo en su tierra, presentando todas sus obras de Montmartre, en la I Exposición General de Bellas Artes de Barcelona, con temas claramente parisinos. Poco después de este acontecimiento los dos artistas se convertirían en un referente inevitable para la nueva corriente pictórica catalana.

Mostraron una síntesis perfecta de los postulados impresionistas y postimpresionistas, acercándose a una modernidad matizada. Puede que no fuese una pintura muy novedosa en referencia a todo lo que se hacía en Europa.

Sin embargo muy pronto su arte popularizó entre la burguesía catalana, un tipo de realismo llevado a cabo a través de una técnica impresionista moderada que desde el principio será aceptada por la crítica y el público catalán. Muchas veces se ha comentado que estos dos artistas introdujeron el impresionismo en Cataluña, no podemos negar que sus obras anunciaban el cambio, y un estilo novedoso pero aun así su estética se alejaba de los impresionistas franceses.

De esta manera en las últimas décadas del siglo Cataluña se convertía en uno de los grandes centros del modernismo y Santiago Rusiñol en el gran divulgador de la nueva filosofía artística.

Pintor, escritor, coleccionista y gran promotor de acontecimientos culturales se le considera uno de los pilares fundamentales de las tendencias modernistas. Inquieto, renovador y visionario, fue una figura completa que siempre buscó en la modernidad el hilo conductor de toda su dilatada carrera artística.

Pero su camino había comenzado mucho tiempo antes, Santiago Rusiñol había crecido en el seno de una familia bien acomodada perteneciente a la burguesía industrial. Nacía en Barcelona en 1861 aunque su familia procedía de Malleu, donde se dedicaban al próspero negocio textil.

Sus padres murieron cuando él y su hermano Alberto eran unos niños, a partir de ese momento se criarían con sus abuelos. En esta situación, desde su adolescencia trabajaría en el negocio familiar, ya que sus tempranas inclinaciones artísticas no fueron bien vistas en su entorno, ya que su abuelo siempre se opuso a la vocación que sentía Santiago hacia el dibujo y la pintura. Por ello el joven pintaba a escondidas, pasaba su tiempo libre copiando ilustraciones de los libros o paseando por el barrio del puerto donde tomaba apuntes de los marineros que allí trabajaban.

Nunca se encontró cómodo en el negocio familiar, por ello cuando fallece su abuelo y cuando ya tenía bastante más de veinte años es el momento en el que pueda dedicarse por completo a su formación artística, ya que su buena posición económica le permitirá la plena dedicación a las artes.

La primera etapa de su trayectoria está totalmente ligada al paisaje, pero marcada por una línea realista muy personal, después llegará el retrato siempre de amigos, familiares y otros artistas pero nunca por encargo, retratos en el que las figuras crean con su presencia el espacio en la obra. Y finalmente completará su repertorio con subjetivas escenas de género.

Se puede decir que su primer estilo nace de su estancia en París pero Rusiñol siempre mantuvo su propio estilo ya que junto a las nuevas técnicas le gustaba mantener la concepción tradicional de la pintura.

Uno de sus rasgos más personales es que lograba dar a sus obras un acabado singular al combinar perfectamente el naturalismo con un refinamiento estético de clara influencia simbolista. Ya que el maestro catalán siempre defendió que el no se sentía atraído por la percepción óptica perseguida por los impresionistas, esa acción de captar el instante. El elegía sus motivos de forma cercana y personal, acercándolos al plano emotivo y alejándolos conscientemente de toda objetividad.

Su técnica estaba totalmente influida por la tradición velazqueña se caracterizó por una pincelada alargada, empastada, de gran virtuosismo, aplicada a través de capas delgadas con las que lograba crear espacio. Su paleta al igual que la pincelada mostraba el peso de la tradición española, alejándose de los tonos vivaces para definir su cromatismo entre tonalidades plateadas y medias. Sin olvidarnos que otro de sus rasgos característicos será el dominio de la luz para dividir el espacio compositivo y recrear el ambiente. Y es que con todo ello conseguía dibujar con el pincel para mostrarnos claramente su propia percepción de la realidad.

Con esta forma de entender la pintura le llego el éxito. Pero en su trayectoria aun nos esperaba otro cambio y es que en la década de los años noventa su pintura se mueve hacia la vertiente simbolista, dejándose atrapar por la sensibilidad decadentista del fin de siglo.

Toda una serie de obras en las que la enfermedad, la soledad o la tristeza se convierten en las protagonistas. En las que las figuras se desvanecen en espacios casi neutros, y se resaltan con sobrios cromatismos y perfiles nítidos.

En este periodo una de sus obras más representativas será “La morfina” creada hacia 1894. Y considerada una de las piezas más destacadas de su trayectoria, ya que nos acerca plenamente al lenguaje simbolista, un estilo elegido de forma muy rotunda en un momento determinado de su carrera. Y quizá también porque el tema de este lienzo era bien conocido para el autor, puesto que él mismo fue adicto a la morfina entre 1889 y 1899, debido a los problemas renales que le sobrevinieron a temprana edad.

Hay que señalar que aunque la morfina era una droga ampliamente extendida a finales del siglo XIX, sobretodo en los ambientes de la alta sociedad. A pesar de ser sobradamente conocida, socialmente estaba mal vista, por lo que el pintor catalán intenta enmascarar la realidad al representar a la joven como una enferma, que tomaría la droga para mitigar sus dolores.

Rusiñol construye el cuadro a partir de una sombría armonía de blancos, negros y amarillos, dejando el fondo que se intuya a través de planos de color casi neutros y abocetados. Con una composición horizontal y plana, nos muestra su virtuosismo en los pliegues y drapeados de la sábana y de la colcha. Llevándonos poco a poco hacia la figura lánguida, doliente, fiel reflejo del sufrimiento.

Todo en la obra es simbolismo como el color de la manta que cubre a la mujer, puesto que el amarillo en el lenguaje simbolista representa precisamente la enfermedad. Llama poderosamente la atención como el rostro de la joven aparece relajado delatando los efectos de la droga mientras que su mano aparece todavía en tensión, aferrándose dramáticamente a la sábana.

Con un fondo neutro y con un mayor contraste entre las zonas de luz y las de penumbra acentúa el carácter oscuro y dramático de la escena; domina perfectamente el juego de luz y de color, en ellos se apoya para llevarnos a los detalles mas destacados, como el rostro de la mujer y su cabellera deliberadamente descuidada, o como perdemos la claridad o la nitidez de la pincelada cuando nos acercamos a detalles secundarios como el fondo de la habitación. Lo llamativo no es el espacio donde se desarrolla la escena sino que lo verdaderamente importante es la representación de la angustia y el dolor de la mujer, una mujer lánguida y de estremecedora belleza domina por completo la escena. Y ello lo consigue a través de una estudiada y sencilla composición, un armonioso contraste entre la luz del primer plano y la penumbra del fondo y con solo la utilización de los colores blanco, amarillo y negro para crear esa atmósfera especial que logra describir con realismo e intensidad emocional el momento representado.

Una obra que atrapa directamente al espectador sin grandes detalles, ni increíbles artificios, simplemente realidad llena de un lirismo sobrecogedor e inigualable belleza.

En los últimos treinta años de su vida Santiago Rusiñol se dedicará casi exclusivamente al género del paisaje, centrándose en el tema de los jardines, fascinado por la naturaleza buscaba perpetuar su belleza a través de su arte. Imágenes de espacios exteriores llenos de misterio y carga poética elaborados con una gran libertad técnica. Y como en todas sus etapas no nos dejará indiferente la personal mirada de un artista que hizo del cambio del arte de finales de siglo su forma de vivir.

Polifacético y de personalidad arrolladora quizá no fue uno de los grandes genios de su época. Pero lo que no se puede ignorar es que supo adaptarse a los cambios sin perder su propio estilo y creó su espacio pictórico con su fiel mirada de eterno observador, ya que simplemente lo que aprendió de la vida lo trasladó a su arte, en un momento donde el mundo artístico se preparaba para alcanzar el cambio vanguardista que se desarrollará en el siglo XX.