27 mayo, 2013

La mayor provocación de Rivera

Diego Rivera

Érase una vez un muralista mexicano, Diego Rivera, y una de las familias más ricas de EEUU (controlaban el 95% del petróleo del país), los Rockefeller. Corría el año 1933 y ambos (agua y aceite) se unieron en un proyecto artístico: decorar la entrada principal del Rockefeller Center, un rascacielos que se estaba levantando en pleno centro de Nueva York. La historia terminó (o empezó) un año después, martillo y cincel en mano, con la destrucción del mural de uno de los artistas más prestigiosos del momento. Ahora, un trabajo de investigación que incluye un libro y la exhibición de bocetos de la obra -de 5 metros de altura y recién restaurados- recupera la historia de ese pulso entre arte comprometido y capitalismo.

“Todo fue una provocación, una gran campaña política”, asegura a ELMUNDO.es la doctora en Historia del Arte de la UNAM, Susana Pliego, autora del libro ‘El Hombre en la Encrucijada’ (Ed. Trilce) que acaba de publicarse en México. “Diego Rivera llegó a EEUU a hacer propaganda comunista y cuando vio la construcción del Rockefeller Center y la posibilidad de pintar en el centro del capitalismo contrató a una gestora para que le consiguiera el encargo, nadie fue a buscarlo”.

En cualquier caso, añade la investigadora, no fue difícil conseguir el trabajo porque Rivera ya era un artista de talla mundial y acababa de protagonizar la segunda exposición individual de la historia del MOMA que batió récords de asistencia.

Los Rockefeller conocían la trayectoria política de Rivera pero, ante todo, querían invertir bien por eso invitaron a Picasso y Matisse a unirse al proyecto aunque no aceptaron. Rivera consiguió finalmente lo deseado: pintar el muro principal del edificio principal, el eje de todo el complejo. Presentó un boceto que ya mostraba la polarización entre capitalismo y socialismo pero en ese momento, nadie dijo nada. El contrato, además, era muy claro: tenía que pintar en tela, en blanco y negro y cualquier cambio en el dibujo original conllevaría su anulación. “Pero aún así, inicia sus provocaciones –dice Pliego-: primero les convence de poner color, luego de pintar al fresco y al final cambia toda la estructura del mural”.

Gracias a las fotografías que hicieron sus ayudantes durante los trabajos y a los tres bocetos monumentales restaurados ahora y que se exhiben en el Museo Anahuacalli de Ciudad de México, dibujos al carbón sobre papel kraft de cinco metros de altura de los paneles laterales del mural, se conoce la idea que Rivera tenía para el Rockefeller Center. En un lado quería plasmar ‘La muerte de la idolatría’, en donde Júpiter toma el rayo para transformarlo en energía eléctrica que será utilizada para mejorar la vida a través, por ejemplo, de los rayos X. En el otro muestra La muerte de la tiranía, donde se aprecia al César romano, que tenía la imagen de la trinidad revolucionaria —obrero, campesino y soldado. Además, se restauró una de las versiones más elaboradas del mural: un trabajo a tinta, carbón y gouache sobre papel, de poco más de tres metros de ancho. En esta versión, Rivera todavía no incluye el polémico retrato de Lenin, pero la composición se acerca a la versión plasmada en el muro del Centro Rockefeller.

Comienza la polémica

La prensa empezó a hablar de la obra, para satisfacción de Rivera, y cuando se publicó un artículo que criticaba que el mexicano pintara comunismo y Rockefeller pagara por ello, el muralista dio un paso más allá en la provocación: compró allí mismo, en Nueva York, una postal de Lenin -“encontrarla en la casa de Diego y Frida Khalo fue un gran hallazgo”, dice Pliego- e incluyó su cara en la pintura.

“Fue la gota que colmó el vaso, siguieron días de correspondencia cruzada en la que John D. Rockefeller Jr pedía a Diego borrar a Lenin y este se negaba. En una de esas cartas le dijo que prefería ver su obra destruida a alterar su concepción, le dio la pauta de qué hacer”.

Otra versión también incluida en el libro, argumenta que lo que más molestó a Rockefeller fue verse a sí mismo en el mural bebiendo champagne cuando fue uno de los más ardientes defensores de la ley seca, pero Pliego cree que la cara del magnate sólo se incluyó en la versión que, tras la destrucción del mural de Nueva York, se hizo en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México.

Sea como fuere, el 9 de mayo de 1933, con el mural al 75% y después de seis semanas de trabajo, un mensajero pide a Rivera que baje del andamio y le entrega una nota con un cheque de 21.000 dólares, la cantidad total pactada. La nota decía que se daba por concluido su trabajo y que abandonara el lugar. Unos policías confirmaron que el mexicano cumpliera con lo exigido.

Liquidación

“Diego Rivera no vuelve a pintar en EEUU nunca más, le anulan un contrato con la General Motors y durante los meses posteriores se la pasa en manifestaciones, haciendo protestas contra Rockefeller, alentando la polémica hasta que un sábado por la noche del mes de febrero de 1934 un equipo de obreros comienza a destruir el mural”, indica Pliego.

Rivera observó todo con “amarga satisfacción”, según sus propias palabras. Y a juicio de la académica, “consiguió mucho más de lo que pretendía, se erigió en ejemplo de muchos artistas al defender que lo importante no es que destruyan tu obra sino ser congruente con tus ideales”.

El suceso, según los expertos, marco un punto de inflexión en la historia del arte al volver a poner sobre la mesa los temas que durante todo el siglo XX habían estado latentes. ¿El arte sirve para hacer propaganda? ¿Quién es el dueño de la obra, el que paga por ella, la humanidad? Paradójicamente , ese Rivera socialista también llegó a decir, según Pliego, que “si alguien compra la Capilla Sixtina tiene derecho a destruirla”.

A su regreso a México, Diego Rivera fue invitado a pintar de nuevo ‘El hombre en la encrucijada’ en el Palacio de Bellas Artes del DF. Del mural original no quedó nada. Los trozos del muro en el que fue pintado llenaron varios barriles de petróleo.

Por María Berza en El Mundo.