9 agosto, 2010

La Madeleine

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Laura Pais Belín

Localización: Museo de la Abadía de Montserrat.
Autor: Ramón Casas.
Cronología: 1892.
Técnica: Óleo sobre lienzo.

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En el cambio de siglo el mundo artístico español conocía nuevos aires renovadores que se vivían de forma diferente a lo largo de nuestro territorio. Así la modernidad a Cataluña llega de Paris y a través de artistas de grandes inquietudes y talento.

A finales del siglo XIX más concretamente en la década de los años 90, coinciden en París numerosos artistas españoles, un lugar y un momento en el que recibirán las aportaciones del arte impresionista y postimpresionista y partiendo de ellas reelaborarían un vocabulario propio.

Nuestros artistas volvían sus ojos hacia la capital de la modernidad en aquella época, porque lo que no cabe duda es que París y el mundo bullicioso que allí se respiraba será el punto de referencia de toda una generación. Este es el caso de Ramón Casas que interesado por los nuevos campos que se abren a la modernidad, se convirtió en el eje central y base del modernismo pictórico catalán.

Ramón Casas no sólo fue el primer pintor catalán que decidió cambiar su formación en Italia por la de Paris, sino que lo haría a edad temprana, llegaría a la capital con tan sólo 16 años, no podemos olvidar que el artista había nacido en el seno de una familia acomodada, lo que le permitió que desde su adolescencia pudiese dedicarse al mundo de las artes, pero también porque sus dotes para la pintura eran extraordinarias, ya que tenía desde su juventud una increíble maestría para el dibujo y un virtuosismo que pronto utilizó para adentrarse en los caminos marcados por la originalidad y la novedad.

Artista polifacético no sólo destacaría en el ámbito de la pintura, sino que se convirtió en uno de los grandes maestros del cartel y el dibujo, pero en todas estas facetas sobresaldría por sus dotes técnicas y un gran talento colorista. Se supo distinguir por sus habilidades para el retrato pero también por saber desarrollar diferentes temáticas a lo largo de su dilatada  carrera, como las escenas de acontecimientos sociales o la pintura intimista, peros siempre  en todas ellas imprimirá su fuerte carácter personal.

Su amplia trayectoria se caracterizará por pintar la vida en su día a día, sin preseleccionar ningún tema, en su obra representa escenas de los bulevares y de la bohemia de París aunque posteriormente este planteamiento se trasladará a la vida catalana.

Esta obra Au Moulin de la Galette conocida también como Madeleine, por el nombre de la modelo, Madeleine des Boisguillaume, está considerada una de las mejores obras del artista y será pintada durante una de sus estancias en Paris. Una obra que resume magistralmente el universo parisino  a través de la atenta mirada de Ramón Casas.

En su primera estancia en la ciudad el pintor catalán entraría a formar parte del taller de Carolus Duran y a través de él asimiló la lección de Manet y la herencia de Velazquez en cuanto a técnica y el concepto del retrato. Pero también se dejó llevar por el encanto de pintores como Degas, Renoir o Toulouse Lautrec, y de todos ellos sacaría sus propias conclusiones para luego reinterpretarlas en sus obras.

Este lienzo pertenece a su segunda estancia en París, en la que el grueso de su producción se centró principalmente en las escenas que transcurren en el Moulin de la Galette, como es el caso de está obra. Madeleine ocupa un rotundo primer término y está captada de manera fugaz y en actitud expectante ante algo que sucede fuera de la composición, aunque el artista de manera sutil nos acerca a ese acontecimiento porque detrás de la figura hay un espejo que supuestamente transcurre la escena que atrae la atención de Madeleine.

El tema de los cafés era uno de los motivos favoritos del París de finales de siglo, se trataba de una temática levemente escandalosa que presentaba ambientes y personajes poco recomendables, como podía ser el caso de esta obra, una mujer sola en un café bebiendo y fumando. Dato curioso es que para el cuadro posaría Madeleine, figura conocida de la noche parisina y que también era modelo de Toulouse Lautrec. Y es que  Toulouse formaba parte por entonces del entorno cotidiano de nuestro pintor, y  aunque técnicamente las producciones de uno y de otro son muy distintas entre sí, hay una clara coincidencia en los temas y en las composiciones de las obras sobre todo en lo que se refiere a escenas de interior, principalmente en el Baile del Moulin de la Galette.

Sobresale en este lienzo su capacidad para captar la nota íntima, consiguiendo mezclar en la composición, su talento de retratista con sus dotes de colorista y su gran capacidad para representar la luz.

La obra se caracteriza por  la utilización de un encuadre audaz, centrando la figura hacia un lateral, seguramente por la clara influencia de los encuadres fotográficos típico de la época. Sin olvidar su gran maestría técnica, por un lado una obra creada a partir de coloraciones pastosas y el gusto por las superficies de colores planas y suaves para conseguir el ambiente, y por otro la utilización de una meticulosa pincelada larga y delicada para mostrar los detalles, como el rostro atormentado quizá por los celos y la nostalgia de la protagonista.

Una original composición en la que destacan las amplias masas de color que maneja perfectamente con la increíble captación del ambiente. Los tonos grises, tierras y fríos están perfectamente utilizados para crear esa atmósfera melancólica. Con todo ello y la mirada de Madeleine, Casas consigue introducirnos en la escena pintada, nos conduce hacia la mesa y a la silla del primer término y nos acerca a esa mirada melancólica, todo ello como si formásemos parte de la escena. Logrando un fuerte carácter literario en el cuadro que remite a algo exterior, a una historia que no está en el cuadro pero que nos atrapa. Porque el pintor catalán reproduce la realidad casi con la precisión de una cámara fotográfica.

Pero no nos podemos olvidar que en esta obra también está presente el recuerdo de la obra de Manet  tanto en la iconografía como en la integración en un solo plano del espacio de la figura y el fondo abocetado del local. Que nos acerca a una obra determinada del artista francés, El bar del Folies-Bergére, en la que representa el universo parisino a través de una joven tras la barra de un bar y como fondo un gran espejo donde se muestra el ambiente. Casas utilizó el mismo recurso visual consiguiendo con ello que la presencia solitaria de la mujer en primer término adquiera una fuerza singular pero al mismo tiempo la imagen que se refleja en el espejo introduce al espectador en el ambiente denso y bullicioso del local. En su conjunto el lienzo de Madeleine resume perfectamente las características de un pintor que bebió del aire renovador del mundo parisino, asimilándolo y moldeándolo a sus propias inquietudes.

Ramón Casas se convirtió en una de las figuras más reconocidas en el panorama pictórico catalán que contribuyó a la renovación de la pintura catalana de finales del siglo XIX, siendo en fechas tempranas en uno de las principales figuras del modernismo catalán. Muy pronto el artista marcaría en España al cambió de siglo incorporando con su obra los lenguajes, las técnicas y las ideas de la modernidad, porque sin duda será uno de los pintores que mejor nos acercó al espíritu del modernismo, un gran movimiento estético y de gran acogida social que se ocupó de configurar la realidad de una Cataluña moderna. Porque con su obra supo aproximarse a los procesos internacionales de modernización pero al mismo tiempo se esforzaba por adaptarlos a la realidad de la sociedad catalana, una sociedad abierta al cosmopolitismo pero siempre con sus propias señas de identidad nacional.

Quizá su pintura no fue moderna en el sentido estricto de la palabra, pero su obra fue capaz de mostrar una perfecta síntesis de la pintura europea de la época, pero con un toque de modernidad matizado por su visión personal y una técnica perfecta. Ramón Casas fue capaz de adecuar el lenguaje pictórico de su tiempo al empeño de  narrar la estricta contemporaneidad, convirtiéndose en el gran retratista de la época moderna.