26 abril, 2011

La hilandera dormida de Gustave Courbet

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Laura Pais Belín

Autor: Gustave Courbet
Cronología: 1853
Técnica: Óleo sobre lienzo
Localización: Museo Fabre (Montpellier)
Hasta el 10 de Julio en el Museo Nacional d`Art Catalunya en la Exposición Realismo(s). La huella de Courbet.

img_contenido_hilanderaEn los años centrales del siglo XIX en el ámbito de la pintura francesa se apreciaba un cansancio de los valores románticos y un deseo de cambio entre los artistas más inquietos, lo que buscaban era incorporar experiencias más directas, cercanas y objetivas en sus obras. Un proceso de transformación que de manera segura pero rápida dejó atrás los ideales románticos para dar paso al desarrollo del Realismo. Con unos planteamientos ideológicos y formales muy distintos chocará de forma directa con el academicismo imperante en la época. El objetivo del Realismo era conseguir representar el mundo del momento de una manera verídica, objetiva e imparcial alejándose plenamente de la idealización.

Este cambio surge en un momento en el que la pintura está sometida a férreas reglas de la crítica oficial: los temas, las actitudes, las composiciones e incluso las medidas de los cuadros tiene que ajustarse a estos rígidos criterios. En este contexto, los pintores realistas decidieron revelarse, defendiendo una pintura sin argumento, una captación simple de la realidad, en la cual lo fundamental es la forma en que se representa la imagen y no su desarrollo narrativo.

Si hubo una figura clave en el nacimiento del Realismo en Francia, esa fue la gran figura de Gustave Courbet, polémico, orgulloso y de personalidad arrolladora creó un credo artístico que hizo tambalear por completo las bases del arte académico. Con sus cambios escandalizó a la crítica conservadora y todos sus postulados con el tiempo sirvieron como punto de partida a los pintores impresionistas. Comprometido políticamente con el socialismo siempre defendió ideales revolucionarios que le llevaron a buscar innovaciones plásticas.

Nació en Ornans en 1819 en el seno de una familia unida y acomodada, gracias al importante patrimonio rural de su padre. Desde pequeño da muestras de su carácter indómito y su sólo interés por el dibujo. Con el paso del tiempo mientras que el padre intentaba sin éxito que estudiase ingeniería en el adolescente aumentaba el interés por las artes, mostrando gran capacidad para el oficio.

Courbet tenía veinte años cuando llegó a París para matricularse en la facultad de Derecho, pero muy pronto el joven se desvía de esta dirección y prefiere acudir a los talleres de Steuben y de Suisse. Visitaba asiduamente el museo del Louvre donde copiaba a los grandes maestros, sentía predilección por Rembrandt, Rubens, Caravaggio o la Escuela veneciana. En la galería española descubrió la maestría de Velázquez  y entre sus contemporáneos franceses  admiraba a dos grandes figuras Géricault y Delacroix, dos maestros románticos que utilizaban los grandes formatos para pintar episodios de la historia del momento.

Con gran agudeza a partir de las aportaciones técnicas que tomo de cada uno de ellos fue capaz de crear un estilo naturalista pero que se amoldaba perfectamente a los gustos y peticiones del siglo XIX.

En 1848, que hasta ese momento había hecho pocas exposiciones en el Salón, puede por fin presentar unos diez lienzos, donde destaca y entabla una relación de amistad con el crítico Champfleury, beneficiándose a partir de aquí de un reconocimiento público, confirmado al año siguiente con la compra por el Estado de una de sus obras. Durante este periodo tendrá un encuentro decisivo para el futuro de su carrera con la figura de Alfred Bruyas, un rico coleccionista que se convierte en un verdadero mecenas para el artista y es a partir de entonces cuando realmente empezará a vivir de su pintura con total independencia y también aparecerá el reconocimiento del extranjero.

Courbet afirmaba que en una obra no se debía mostrar la belleza sin mostrar la acción directa de la vida y por ello lo que el buscaba era la representación directa del entorno, la plasmación naturalista, alejándose por completo de la pintura académica y del clasicismo. Rechazó la idealización del arte, porque para él sólo el Realismo sería verdaderamente democrático y válido, si se tomaba como modelos a los campesinos y trabajadores, y por todo ello incansablemente perseguía mostrar escenas que reflejasen fielmente la realidad de la vida. De esta forma todos los temas y todos los ambientes podían ser dignos de ser representados en sus obras, por lo que sus elecciones antiacadémicas siempre se alejaban de todo decoro.

En un primer momento, pinta  paisajes y retratos con algunos rasgos románticos para después lograr en este género las cotas más altas de realismo. Pero pronto con un estilo naturalista eligió sus temas de la sencilla realidad cotidiana, reflejaba el trabajo y al trabajador como nuevo héroe, la vida al aire libre, a la mujer en su día a día, desnudos, el paso del tiempo  o la muerte. Escandalizó al público con su nueva visión realista en cuadros sobre hechos cotidianos ya que los personajes están representados con toda su vulgaridad, o con una sensualidad comprometedora.

Por lo que desde un principio su pintura suscitó enormes polémicas por la elección de temas vulgares, que no eran buen vistos en los salones oficiales.

Tanto su obra como su rebeldía normalmente causaban escándalo y quizá una de sus desafíos más llamativas en la época era la utilización del gran formato para sus obras, que habitualmente presentaba a los salones oficiales, puesto que en la segunda mitad del siglo XIX, según la tradición académica, los cuadros de gran formato solamente estaban reservados a temas históricos, bíblicos, mitológicos o alegóricos. Courbet de forma consciente se saltaba esta norma oficial pintando un mundo íntimo, familiar y doméstico en grandes lienzos. Consideraba que la historia contemporánea, ya fuese aquella de la gente del pueblo, merecía estos grandes formatos, y con esta decisión lo que perseguía era poder llegar a reformar la pintura de historia.

Nunca se puso en duda su talento sino sus elecciones de temas y proporciones utilizadas. Su carácter díscolo, revolucionario y arrogante le persiguió toda su carrera. Pero realmente su fama de artista rebelde le llegó en 1855 cuando se produjo su mayor provocación y su ruptura con el mundo artístico oficial, ese año se celebraba la Exposición Universal en París. Tenía treinta y seis años y cierto reconocimiento, el jurado del Salón aceptaba más de diez cuadros del maestro, pero rechazaba la obra de El Taller, debido al tamaño del cuadro. Esta decisión lo incitó a desafiar a las instituciones artísticas de la época, organizando una exposición particular al margen de la Exposición Universal, en un recinto edificado a su costa y que nombró el “Pabellón del Realismo”. De esta forma fue el primero en transgredir los cauces institucionales establecidos para la relación entre el artista y espectador. Con ello quería rebelarse y como el decía acercar el arte a todo tipo de público, quería implicarlo en el mundo artístico de forma diferente, ni a través del encargo oficial o el coleccionismo, porque lo que el simplemente buscaba era la autonomía del arte.

De forma natural y rápida fue capaz de conseguir un estilo totalmente maduro que se caracterizaba por una técnica magistral, abordaba el lienzo a través de una paleta de colores mesurada aunque vigorosa, sus composiciones eran sencillas, en ellas utilizaba gruesos trazos de pintura muy empastada que a menudo aplicaba con espátula y sus figuras poseían un modelado sólido y severo.

Todas estas características las podemos apreciar en el lienzo de “La hilandera dormida” creado en el año 1853, ese mismo año fue presentado en el Salón de París junto a dos obras más. Se colocaron en el centro de la galería principal y atrajeron la atención del público. La hilandera fue la más admirada mientras que sus otras dos obras recibieron fuertes críticas. La escena podría ser una escena de género propia del siglo XIX o incluso podría recordar a una pintura barroca holandesa por su intimismo, pero en ella desaparece por completo el enfoque pintoresco puesto que lo que quería mostrar era la recreación de una acción concreta a través de la pintura.

En el cuadro se nos presenta a una muchacha durmiendo junto a una rueca, se cree que le pudieron servir de modelo una de sus hermanas. La figura recibe de forma tenue un foco de luz procedente de la derecha que acentúa los rasgos de su sereno rostro, viste como una campesina y su cuerpo inerte se desploma por el cansancio. Eliminó conscientemente todo el idealismo para representar una imagen de la vida real en la que reduce la representación de la mujer a la fiel imagen del agotamiento, porque la mirada del maestro francés es una mirada objetiva e implacable.

Representada a una hora avanzada del día consigue envolver la escena en un ambiente oscuro y cálido, así la luz tamizada y la paleta de azules y toques más claros en la figura logra suavizar la escena que se desarrolla sobre un fondo neutro. Todo ello acompañado de una perfecta armonía cromática gracias a la utilización de una pincelada rotunda y empastada que llena el cuadro de materia.

Al igual que en sus retratos y en sus obras dominadas por una sola figura  esta obra da la sensación de que es un detalle extraído de una sola escena. Y es que Courbet estaba convencido de que la fuerza de la pintura residía en la pintura misma y no en el tema, no idealizaba la figura ni el entorno y no busca representar el significado dramático o patético del tema, con él desaparece toda carga poética en la obra para llegar a mostrar la realidad tal y como es, ni bella ni fea simplemente realidad.

Genio rebelde y provocador incansable fue un artista prolífero que  asombró desde los inicios de su carrera por la increíble confianza que tenía en sí mismo y por su gran tenacidad. Su realismo fue una auténtica revolución artística, luchó sin descanso contra los convencionalismos aceptados en su tiempo, porque lo que el buscaba era simplemente sinceridad artística sin efectos, sin elegantes poses ni colores subjetivos. Defendiendo siempre una pintura personal y sincera en la que rechazaba la idealización del arte quizá porque lo que realmente persiguió es el poder llegar a mostrar en su obra fragmentos puros de realidad.