16 noviembre, 2015

La gran Odalisca

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Autor: Jean Auguste Ingres
Cronología: 1814
Técnica: Óleo sobre lienzo.
Localización: Museo del Prado

Durante mucho tiempo Roma y Florencia se habían convertido en las grandes capitales del arte, pero en el siglo XIX sin lugar a dudas París se proclamaba triunfante como la nueva capital artística de Europa. Hasta ella se acercaban toda clase de artistas con la imperiosa necesidad de ver lo que allí sucedía, de aprender directamente de los grandes maestros. Y encontrar en sus museos, academias y tertulias el lugar idóneo donde influirse y discutir sobre los nuevos caminos del arte.

En su contexto histórico este siglo estaría marcado por las consecuencias de la Revolución Francesa y la evolución de la Revolución Industrial, con todos sus cambios sociales, el nacimiento del proletariado y la consolidación de la clase burguesa. Los problemas del cambio social desembocarían con el tiempo en la proliferación de toda una serie de movimientos reivindicativos como el socialismo o el anarquismo, convirtiendo a este siglo en uno de los más convulsos y revueltos de la historia.

Como no podría ser de otra forma este contexto influiría por completo en el devenir de las artes, llegando a ser desde sus inicios uno de las épocas más competitivas, y cambiantes de la historia del arte. Su camino se inauguraba con el estilo neoclásico con su mirada puesta en la antigüedad, sus normas y su búsqueda de la perfecta belleza. Pero pronto competiría con él el romanticismo que se oponía a su frialdad y a su férrea disciplina pidiendo la renovación a través de un arte que expresase libremente los sentimientos. Y aunque lo logró, nuevamente otro estilo aparecía en la escena artística, cargado de renovación y fuerza, era el realismo. Un estilo directo y fresco que abriría nuevas perspectivas. Y es que sin darnos cuenta antes de que acabase el siglo los impresionistas anunciaban una nueva forma de representar el instante de la vida en el arte.

El cambio y la renovación fueron la constante de este siglo y por todo ello en él tuvieron cabida diferentes y grandes creadores, que lucharon por defender su estética y mostrar sus propios ideales artísticos. Entre todos ellos nos encontramos con la figura de Jean Auguste Ingres un artista que supo preservar con éxito su propio estilo y lograr que su fama e influencia llegasen hasta el siglo XX.

Su dilatada e exitosa carrera nos muestran a un artista perseverante y minucioso, un trabajador incansable que basaría su pintura en el dominio del dibujo. Observador meticuloso de la realidad destacó por su depurado sentido de la línea, la armonía y el equilibrio de sus composiciones.

Fue definido por muchos como pintor neoclásico, quizás por ser uno de los discípulos de David y también porque como su maestro nunca abandonó su admiración por el arte de la antigüedad. Pero pese al academicismo formal de sus obras, la pasión y el enfoque de los temas elegidos le acercaban al romanticismo. Pero el maestro francés siempre mantuvo su independencia de forma consciente, moviéndose entre los dos movimientos, pero como se suele decir sin casarse con ninguno. Ese mismo espíritu individualista fue el que le llevó incluso a oponerse al gran David y al mismísimo Delacroix, del que criticaba la utilización del color frente al poder del dibujo. Y en este intento de afianzar el poder de su personalidad creadora podemos afirmar que provocaría el rechazo y la admiración a partes iguales entre sus contemporáneos.

Al fin y al cabo Ingres se convirtió en un gran pintor tradicionalista que encontró en el dibujo y el perfecto acabado su gran arma artística. Y para ello defendió la atenta enseñanza del estudio del natural, buscando la precisión y el absoluto abandono de la improvisación. Para encontrar en la precisión y seguridad técnica el secreto de su arte.

Compartió su vida entre París e Italia, y siempre mantuvo que sus dos grandes maestros serían Poussin y Rafael. Virtuoso violinista y pintor, Jean Auguste Ingres desde su niñez estuvo predestinado a dedicarse al mundo de las artes.

En 1780 nacía en Montauban, hijo de un pintor y miniaturista de poca fama, sería su propio padre el que muy pronto vio las dotes de su hijo para las artes. Desde pequeño le inculcó su pasión hacia la pintura pero también hacia el violín. Y no perdería tiempo a la hora de decidir su formación y favorecer las aspiraciones artísticas del niño. De esta manera siguiendo las directrices marcadas por su padre con tan sólo once años era enviado a Tolouse donde ingresaría en la Academia. Con su primer maestro Pierre Vigan aprendió la importancia del dibujo, enseñanza que no olvidaría nunca. Y después llegarían las lecciones Joseph Roques, junto a él comenzaría su admiración por Rafael, devoción que mantuvo durante toda su carrera.

Con diecisiete años abandonó la vida de provincias para irse a París, la capital del neoclasicismo en ese momento, e ingresar en el taller del afamado David. Con él aprendió la forma de componer el lienzo, sobre todo en lo que se refiere a la pintura de historia y también supo adquirir la manera más adecuada de organizar un taller, algo que le sirvió posteriormente.

Con David permanecería hasta el año 1801, ya que la cordialidad entre los dos artistas se rompería un año antes, cuando Ingres se presentó por primera vez al Salón oficial. Su maestro formaba parte del jurado y fue el único que no lo votó por lo que Ingres quedó en segundo lugar. Se dice que este hecho nunca fue perdonado por el artista. Y que al año siguiente puso todo su empeño por triunfar en el Salón, lo consiguió y de esta forma con el primer premio logró la beca para poder irse a estudiar a la Escuela de Francia en Roma situada en la Villa Médici. Una beca que no se hizo efectiva hasta el año 1806, en Italia, entre Roma y Florencia permaneció dieciocho años, allí fue realmente donde maduró su estilo. Afianzó su admiración hacia Rafael y los grandes artistas del Quattrocento italiano, estudió detenidamente las ruinas y los hallazgos arqueológicos. Al mismo tiempo que daba conciertos y pintaba, fue buscando su propia clientela para mantenerse económicamente. Aunque no olvidada su relación con París y el deseo de encontrar también allí el éxito por lo que periódicamente continuaba enviando obras a los Salones Oficiales, y aunque siempre recibía críticas su empeño nunca decayó.

Normalmente las críticas siempre estaban relacionadas con los mismos elementos, pese a que sus obras estaban bien valoradas porque mantenían el academicismo formal, solían fallar en ciertos elementos como las deformaciones anatómicas o fallos en la composición.

Este fue el caso de una de sus obras más reconocidas y valoradas en la actualidad, pero que en su momento los críticos se mostraron en desacuerdo por cierto error, el lienzo conocido como “La gran Odalisca” fue pintado en Italia en 1814, por encargo de Carolina Murat, hermana de Napoleón y reina de Nápoles. Cuadro que haría pareja con otro desnudo que hoy se encuentra desaparecido. Pero que nunca llegaría a su destino ya que Carolina sería derrotada en 1815. Por ello fue expuesto en el Salón de París en 1819 y posteriormente sería adquirido por el chambelán del rey de Prusia, Conde de Portuolès – Gorgier.

La fascinación que Oriente causó en Occidente había aumentado tras la campaña a Egipto de Napoleón Bonaparte. Con esta pieza Ingres mostraba el gusto y el interés que en este momento existía sobre lo exótico y lo oriental y con la elección de este tema se adelantaba al romanticismo. Aunque habría algo que lo diferenciaría claramente de los gustos románticos y es su fundamental interés en la línea, Ingres fue un perfecto artesano y depuró por completo el manejo de la línea para utilizar un dibujo minuciosamente descriptivo pero lleno de vida.

El dibujo y la línea condicionan por completo la composición pero aun así el color está perfectamente estudiado, de este modo el azul del cortinaje con flores rojas estampadas es elegido para remarcar la belleza y textura delicada del cuerpo desnudo de la Odalisca, al igual que el dorado, blanco y azul que combinaba en su lecho. Para ello no dudó en crear una poética creativa muy personal en la que combina extraordinariamente el juego de relaciones entre el color, la línea y la luz. Y con este juego consigue que la belleza del cuerpo femenino con todo lujo de detalles se convierta en el protagonista del cuadro.

Llama la atención su increíble forma de tratar la piel, una delicada piel sin poros, con un acabado perfecto y suave que consigue que la luz resbale por todo el cuerpo, dando la sensación de que la luminosidad lograda es la misma que la del material del alabastro. Casi convirtiéndose en un escultor que moldea la piel. Es por ello que la luz elegida sea una luz directa, homogénea sin veladuras ni humos, que nos ayudan a disfrutar del atractivo del cuerpo nítidamente perfilado.

De esta manera tanto el tratamiento de la piel como la postura elegida nos acercarían al mundo clásico, pero por otro lado el marcado orientalismo de los objetos que componen el lienzo, como el abanico de plumas o el tocado de la mujer, destacan y se contraponen por el meticuloso realismo con el que los representa logrando remarcan aun más si cabe la voluptuosidad y fría perfección del desnudo. Pero esto se vuelve a convertir en algo muy particular en el artistas, el poder combinar diferentes sensaciones en todos los elementos que se conjugan en la obra, es lo que personaliza el estilo Ingres y lo convierten en un academicista pero lleno de expresividad, sensaciones y vida.
Sin embargo cuando la obra fue expuesta en el Salón, el jurado no obvió el canon de la figura, ya que era demasiado alargado. La larga curva que dibujaba la espalda de la Odalisca tenía un error anatómico al mostrar tres vértebras suplementarias. Pero era un error consciente, Ingres el gran observador de la realidad no dudaba en acentuar determinados elementos de sus modelos para así lograr una sublime expresión de la forma. Con su pronunciado escorzo y su imperfección la figura se llena de fuerza y sensualidad, convirtiéndolo con el paso del tiempo en uno de los desnudos más atractivos de la historia de la pintura.

A lo largo de los años su forma de trabajar siempre fue la misma, antes de abordar sus lienzos hacía gran cantidad de bocetos y dibujos preparatorios buscando el gesto adecuado, el encuadre perfecto, el mejor movimiento y la línea precisa para mostrar su verdad en cada una de sus pinceladas. Nada dejaba al azar para lograr su equilibrado acabado. Pero es esa perfección la que nos atrapa de tal forma que podemos llegar a sentir, pese a la frialdad de la composición, la textura no sólo de la piel sino de cada uno de los objetos del cuadro. Y nos dejamos seducir por la voluptuosidad de un cuerpo prácticamente desnudo, con la ausencia de profundidad que realza la presencia de la silueta. Una mujer que con sus lánguidas curvas conquista el espacio y con el propio movimiento de la línea de su cuerpo nos lleva sin darnos cuenta hacia su rostro de mirada directa y penetrante, que consciente de su implacable hermosura desafía al espectador mirándolo fijamente sin dejarlo escapar.

Diez años después de pintar esta obra Ingres presentaba en el Salón “El voto de Luis XIII”, en el que se exaltaba a la monarquía y los valores tradicionales, con él conseguía el gran éxito que siempre había ansiado, cerró su taller italiano y a su regreso a la capital francesa su fama y los éxitos ya no le abandonarían.

La pureza del dibujo, la sensibilidad para la expresión del carácter y la precisión de la línea siempre fueron las armas elegidas de un maestro que hasta el final de sus días mantuvo la misma ilusión, personalidad y pureza en cada una de sus pinceladas.

Por Laura Pais Belín.