25 junio, 2014

La gran belleza de la pintura victoriana

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A finales del XIX y comienzos del XX las vanguardias europeas bullían: impresionismo, postimpresionismo, cubismo… ponían el arte patas arriba. Pero, al otro lado del espejo, un grupo de artistas se bajaba en marcha del tren de la modernidad: apostaban por el clasicismo más academicista, lo que les valió ser vapuleados sin piedad por la crítica y relegados a los almacenes en los museos. Ellos representaban el establishment que había que aplastar y por eso fueron estigmatizados. Disuelto el grupo prerrafaelita, la pintura que imperó en Gran Bretaña desde 1860 hasta el inicio de la I Guerra Mundial, que conocemos como pintura victoriana –se llevó a cabo con la Reina Victoria en el trono, primero, y con su hijo Eduardo, después–, no siempre ha gozado de demasiada consideración. Más bien todo lo contrario.

Con los años las tornas han cambiado y, poco a poco, la pintura victoriana va gozando de mayor popularidad y va encontrando su lugar en el mercado. Su cotización sigue al alza. Entre sus acérrimos defensores, el empresario y coleccionista mexicano Juan Antonio Pérez Simón (1941), empeñado en rescatar y rehabilitar esta pintura. Asturiano de nacimiento, comparte negocios y amor por el arte con su socio Carlos Slim. En los noventa creó la Fundación JAPS.

Atesora una de las colecciones privadas más importantes del mundo, con unas 3.000 obras, entre las que hay maestros como Lucas Cranach, Van Dyck, Rubens, Brueghel, El Greco, Ribera, Murillo, Goya, Delacroix, Canaletto, Tiepolo… Una antológica con parte de estos fondos pudo verse en el Museo Thyssen en 2006. Fue el añorado Rodrigo Uría, gran amigo de Pérez Simón, quien le convenció para sacar la colección de su anonimato y desde entonces ha viajado por medio mundo. No tiene sede permanente.
Mujeres al poder

La Colección Pérez Simón regresa al Thyssen, pero en esta ocasión la que aterriza en el museo es la pintura victoriana, uno de los puntos fuertes de la misma. Bajo el título «Alma-Tadema y la pintura victoriana», la exposición reúne, desde hoy y hasta el 5 de octubre, medio centenar de obras, adquiridas por el empresario durante los últimos treinta años. Ya se ha visto en París y en Roma y, tras su paso por Madrid, cerrará gira en Londres, en un lugar muy especial: la casa de Frederic Leighton, uno de los pintores presentes en la muestra, en Holland Park.

Las mujeres son las protagonistas absolutas de esta exquisita muestra [Vea aquí las mejores obras de la exposición]. No hay cuota que valga. Desfila ante nuestros ojos una espléndida galería de femmes fatales: heroínas, guerreras, sofisticadas, ensimismadas, melancólicas, enamoradas, soñadoras, lujuriosas, deliciosamente perversas, como apunta Guillermo Solana, director artístico del Thyssen. El culto a la belleza femenina y la armonía, siguiendo los cánones clásicos, amén de suntuosos decorados (palacios, castillos) son algunas de las constantes de esta pintura.

Pero hay otras más. Estos artistas vuelven los ojos a la Antigüedad, a Grecia y a Roma; también a la Edad Media y sus leyendas. Tienen las obras un aire artúrico. Los británicos siempre han sido amantes de la cultura clásica. Otro de los leit-motiv de la pintura victoriana es la tendencia a narrar historias. Lo costumbrista se une a lo onírico, la magia… Son pinturas obsesivamente minuciosas. Hay un gusto por recrear los detalles casi fotográficamente.

Hambre de arte

Óscar de León, vicepresidente de la Fundación JASP, subrayaba ayer la «voracidad y el hambre» de Juan Antonio Pérez Simón por poseer estas obras:«Cuando fue teniendo éxito económico se dio el lujo de ir adquiriéndolas». Véronique Gerard-Powell, especialista en pintura victoriana y comisaria de la exposición, explica que estas obras pertenecieron a los hombres de negocios de la época: ingenieros, armadores… Eran los nuevos ricos, y compraban o, en algunos casos, encargaban estas pinturas. Había un mercado muy animado en la Inglaterra de finales del XIX. Después pasaban a sus descendientes y en ocasiones eran destruidas cuando ya no gustaban.

El recorrido arranca con los últimos coletazos de los prerrafaelitas, representados con dos de sus líderes: Rossetti y Millais. Entre los nombres propios destacan Frederic Leighton, Edward Coley Burne-Jones, John William Waterhouse… Pero, sobre todo, Lawrence Alma-Tadema, a quien se dedica la sala central de la muestra. Hay buenos ejemplos de todas las etapas de su carrera. La sala está presidida por un cuadro espectacular: «Las rosas de Heliogábalo». Espectacular y cruel, pues los invitados al banquete están muriendo ante nosotros. Pero cuelgan más obras emblemáticas en la exposición: «El cuarteto. Tributo del pintor al arte de la música», de Moore; «Muchachas griegas recogiendo guijarros a la orilla del mar», de Leighton; «Andrómeda», de Poynter; «La bola de cristal», de Waterhouse…

Las flores presentes en la mayoría de los cuadros que cuelgan en el Thyssen se hacen reales en exquisitos ramos dispuestos por toda la exposición. Agudizamos la vista con estas hermosas pinturas sobre paredes color cereza, pero también el olfato. Un festín para los sentidos esta otra gran belleza (no romana, sino victoriana).

Por Natividad Pulido en ABC.