4 septiembre, 2014

La experiencia del sendero Quintá – Río Donsal

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“APRENDIZAJES PROFESIONALES DE UN ITINERARIO DE PATRIMONIO CULTURAL”

En ocasiones, los aprendizajes se presentan sin más, sin avisar.

De la misma manera que en el bosque, en un surco, brota el agua de la tierra y da pie a un arroyo que, inexorablemente va en busca de un destino más caudaloso.

Hay un factor inevitable para que se produzcan los aprendizajes. La interacción entre quien desea profundizar en un campo determinado y las circunstancias oportunas. Esa especie de milagro se obró en los últimos días de agosto en la parroquia de Quintá de Cancelada del Concello de Becerreá, en Lugo.

Con una población de 166 habitantes, según el último censo del INE, Quintá ha logrado ser un laboratorio teórico y práctico de cómo actuar en la protección y conservación del patrimonio natural. Y más concretamente del paisajístico y medioambiental, impulsado, organizado y gestionado desde la ciudad de A Coruña, a 150 km. de Quintá de Cancelada.

Desde hace cinco años la asociación Castaño y Nogal, presidida por nuestro buen amigo Antonio Alvarez, vinculado a Protecturi desde sus inicios, lleva a cabo una labor que poco a poco va recogiendo sus frutos.

La rehabilitación y recuperación de viejos Caminos Históricos y un Camino Real de Castilla a Galicia para materializar lo que hoy es el sendero Quintá – Río Donsal es una labor de la sociedad civil y comunitaria. De objetivos comunes. De esfuerzos compartidos.

La creación de una comunidad híbrida, entre los miembros de la asociación y los jóvenes que años tras años deja lo mejor de sí en cada campo internacional de trabajo, ha permitido la puesta en valor del patrimonio natural y paisajístico por el que discurre el sendero.

Los 18 kilómetros que lo componen, incluido el pequeño tramo de doble dirección, están llenos de sabiduría, esfuerzo, coraje, sufrimiento y tantas cosas más.

Participar en algunas de sus actividades nos ha permitido darnos cuenta de algunos aprendizajes profesionales que propician la convivencia en la naturaleza y el trabajo en equipo por una noble causa.

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Desde las perspectivas híbridas de un profesional de la protección y seguridad del Patrimonio Histórico y de una gestora cultural, destacaríamos aquellos aprendizajes que nos pueden ser útiles en nuestro quehacer diario.

Que sentirse participe e involucrado en un proyecto pone los cimientos para lograr las metas. Más allá de las funciones y los cargos, resulta más determinante sentir esa “pertenencia” actitudinal.

Que la ilusión y la pasión por aquello a lo que nos dedicamos, puede mover obstáculos que sin su participación serían irreductibles. Es cierto que no siempre podemos caer en sus redes, pero no debemos desaprovechar las oportunidades en las que la pasión y la ilusión son motor de cambio de gentes. Ir acumulando esas vivencias nos harán más resistentes y creativos para superar los momentos grises y desalentadores de nuestro devenir profesional.

Que escuchemos las experiencias de los mayores como lo que son. Verdaderos archivos vivientes. Memoria de una manera de proceder dónde la inventiva y el ingenio tenían que suplir carencias de recursos de diferente índole. Es decir, no rendirse ante la primera dificultad. No malgastar el tiempo en lamentaciones. Enfocarse en conseguir la manera de hallar la solución con los elementos que se dispongan.

Que los recursos necesarios a veces están escondidos bajo un formato difuso, cuando no camuflados.

Que un no, no es un portazo ni una condena. Que puede ser un peldaño que nos ayude a fortalecer nuestras propuestas. Tras una negativa muchas veces se esconde el desconocimiento de nuestros interlocutores. En lugar de plegar velas se hace necesario revisar nuestras iniciativas para mejorarlas.

Que un equipo multidisciplinar, compuesto por profesionales de diversas disciplinas, si logra espantar el fantasma de competencias absurdas, puede ser un espacio de mejora continua y de vertebración de cooperación internacional y nacional en pro de una zona en riesgo de desaparición, con tesoros naturales y legado de nuestros antepasados.

Que la colaboración es el mejor terreno para que germine la voluntad de servicio y el servir a la comunidad con voluntad.

Que algunos factores no sólo son complementarios sino que dotan de sentido a una iniciativa. La confluencia de diferentes demostraciones culturales arraigadas al territorio puede hacer más potente y rico el impacto de nuestras acciones. En este caso, nos referimos al festival de música tradicional, en el que la creatividad estrecha lazos entre los participantes de manera directa. Sin olvidar el papel cohesionador de una buena mesa que reúna a todos los actores.

Que debemos visibilizar y poner en valor los esfuerzos de agentes que prefieren estar en un silente segundo plano. Su altruismo y generosidad son un recurso imprescindible, cualitativa y cuantitativamente. Obviarlo significaría condenar al fracaso a proyectos similares. En este caso, queremos mostrar nuestra admiración incondicional a esas mujeres qué, incondicionalmente, hacen de la entrega a la comunidad su marchamo. Y en honor a ellas, a su extrema discreción, nombrándolas colectivamente las enumeramos una a una.

Que no podemos suplir a organizaciones de nivel y responsabilidad superior. Cada cual debe responsabilizarse de su ámbito de actuación. La crisis actual no puede ser un argumento para la dejación de las funciones de ninguno de los agentes. Pero tampoco debe ser excusa para sobrecargarnos con funciones que no correspondan. Los límites pueden ser flexibles pero no disueltos.

Seguramente se nos quedan muchos aprendizajes en el teclado.

De esta forma tendremos la ocasión de volver al sendero para seguir ahondando sentimientos, pasiones, emociones, y conocimientos entorno al Patrimonio.

Aquellos que todavía no conocéis este sendero, os proponemos recorrerlo en un fin de semana próximo. Sin duda, una experiencia para los sentidos y el alma.

Jesús Alcantarilla, Protecturi, y Carmen Alba, Amaltea Cultura.