10 septiembre, 2013

La estación de Saint-Lazare, la salida de un tren

joya-monet

Autor: Claude Oscar Monet
Cronología: 1877
Localización: Fogg Art Museum, Universidad de Harvard
Técnica: Óleo sobre lienzo

A lo largo de la historia del arte nos encontramos con grandes momentos en los que un instante, un cambio de actitud o la personalidad arrolladora de un artista, sirvieron como punto de partida para volver a mirar hacia delante y buscar en el cambio la nueva ilusión para seguir creando. Y en este deseo de renovación siempre se mantuvo una misma constante el poder llegar a representar con franqueza la realidad que nos rodea.
De entre todos los protagonistas de esta historia hubo un grupo que teniéndolo todo en contra no dudó en cambiar las normas del juego y lograr mostrar en sus obras sinceros instantes de vida. En su momento esos temerarios artistas fueron denominados negativamente como impresionistas, sin saber que a partir de sus hallazgos pondrían las bases de la pintura moderna.

Cuando hablamos de estos maestros, no podemos hablar de escuela o ni siquiera de movimiento, sino de un grupo de pintores que defendían los mismos ideales estéticos y que les unía un noble sentimiento de amistad.

Surgieron con la espontánea voluntad colectiva de realizar un arte nuevo. Y en esa novedosa forma de entender la pintura unieron dos de los elementos que se habían perseguido a lo largo de toda la historia de la pintura, la visión y la luz. Para ello no vacilaron a la hora de investigar una nueva técnica, que se basaba en la captación de la luz a través de toques cromáticos sueltos, pequeñas pinceladas compuestas por colores puros, tonos que se mezclaban en el lienzo y no en la paleta para que al ser contemplados a distancia por el espectador se fundiesen en su ojo. Y de esta forma las formas y los volúmenes son sugeridos por las pinceladas más que por el dibujo. Añadiendo un elemento nuevo, ya que por primera vez el espectador era una parte fundamental y cómplice de sus creaciones.

Los impresionistas sabían lo que querían, eran los grandes defensores de la pintura al aire libre, y pusieron todo su empeño en captar la atmósfera, centrándose en las relaciones que se establecen entre la luz, el tiempo y el espacio, para intentar mostrar verdaderos momentos de realidad. Se defendía rotundamente ante la pintura académica destacando su empeño de mostrar la verdad, eligieron dar protagonismo al color frente al motivo representado, y la luz y el movimiento se convirtieron en imprescindibles para su nueva visión de la pintura.

Los inicios no fueron fáciles en los salones oficiales se les rechazaba, escandalizaban a la crítica y la sensibilidad social fue hostil con su nueva forma de crear. Sin embargo en ningún momento esto sería obstáculo para que poco a poco encontrasen su sitio y se valorase la nueva visión impresionista y no sólo eso sino que su técnica tantas veces criticada revolucionase con el paso del tiempo los nuevos caminos de la pintura.

Muchos son los pintores impresionistas que hoy son reconocidos y venerados, pero sería el admirado Claude Monet el que siempre mantuvo un lugar especial en la atropellada historia de este grupo. No sólo por ser uno de los fundadores del grupo sino por mantenerse fiel a lo largo de toda su carrera a los principios impresionistas, llevándolos hasta sus últimas consecuencias, siendo uno de los maestros que contribuyó sin lugar a dudas a trazar las vías del nuevo rumbo de la pintura moderna.

Aunque admiraba a sus antepasados, no encontró en la pintura clásica ni en los museos las influencias necesarias para crear su estilo, sin embargo será realmente en la elección y la defensa de la pintura al aire libre donde encuentre sus sitio.

Monet nunca buscó las enseñanzas académicas ni el reconocimiento oficial como muchos de sus compañeros, tardó mucho tiempo en lograr el éxito pero eso no impidió que dudase de su estilo ni abandonase sus principios.

El maestro francés dedicó su vida a observar la naturaleza, le fascinaba poder transcribir pictóricamente lo que se encontraba a su alrededor, pocas veces se inspiró en la figura humana y cuando aparecía en su obra se trataba como un elemento más de la naturaleza. Y por el contrario el paisaje y los elementos urbanos, símbolos de la modernidad, se proclamaron como los grandes protagonistas de su álbum pictórico, variando el mismo motivo en infinitas posibilidades. Lo que mantenía a la hora de abordar sus obras era la clara convicción de que los mágicos efectos de la luz y el aire importaban más que el motivo representado. Siempre con la misma premisa que prevaleciese en sus cuadros la primera sensación ante el instante elegido y el motivo observado, manteniéndose fiel a la impresión primera, que para él, era la única válida.

Amigo de sus amigos, perseverante y trabajador incansable fue uno de los pilares fundamentales del grupo. Obligado punto de referencia para todos sus compañeros Claude Monet había nacido en París en 1840 en el seno de una familia de comerciantes, poco tiempo de su niñez pasaría en la capital francesa ya que debido a los problemas económicos familiares se instalaron definitivamente en el Havre. Desde muy jovencito, y a pesar de las negativas de su padre se sintió atraído por el mundo artístico. Sin embargo resulta curioso que el maestro del color, la pincelada libre y la luz comenzase su carrera como caricaturista, con lo que logró sus primeros ingresos y cierto éxito.

Época en la que conocerá a un vendedor de marcos y lienzos, pintor de marinas, llamado Boudin que le inculcará la inmediatez y libertad de la pintura al aire libre, y el gusto por encontrar en la naturaleza la verdad.

Fue entonces cuando Monet ya había elegido su camino, al llegar a París se aleja de manera consciente de la formación oficial, y decide ingresar en la Academia Suisse donde se daba mayor libertad al alumnado y allí entablará una sincera amistad con Pisarro. Posteriormente ingresa en el estudio de Gleyre, obligado por su padre para que éste le siga enviando dinero para mantener sus estudios, gracias a ello conocerá a Bazille, Sisley y Renoir, fue una etapa clave para la gestación del grupo, afianzándose su amistad y compartiendo momentos pintando en el bosque de Fointanebleau.

Al mismo tiempo las reuniones en el Café Guerbois, cada vez eran más interesantes, tomaba contacto con literatos, intelectuales y pintores como Nadar, Manet, Zola o Degas. Uniéndoles a todos ellos la misma convicción, oponerse al arte establecido.

La década de los años sesenta fue muy dura para el artista a las penurias económicas, se une la tensa relación familiar y el rechazo de su obra que incluso llega a ser criticada por Manet. Pero aun así su creatividad es imparable y su técnica es cada vez más fluida y libre.
Habrá que esperar a los años setenta, época clave para la materialización del grupo, el Impresionismo era un hecho y estaba capitaneado por Monet, se crea la sociedad y se organizan los lugares para exponer al margen del Salón Oficial.

Era el año 1874 y en el estudio del fotógrafo Nadar se celebraba la primera exposición impresionista, en ella exponía Monet su obra “Impresión, sol naciente”, y fue la pésima reacción del crítico Louis Leroy ante su obra, por la que a partir de este momento se bautizaría a estos temerosos pintores como los pintores impresionistas. Pero las duras críticas no impidieron que Monet continuase su aventura creativa.

Gran observador del natural, defendía abandonar el estudio para crear ante el motivo elegido. Obsesionado con los reflejos de la luz sobre el agua no dudo en aprovisionar un pequeño barco estudio, donde pintaría novedosas escenas.

Para Monet la naturaleza o el motivo que se encuentra en ella cambia cada minuto y por eso permanecía en él la férrea creencia en la pintura al aire libre. No hay tiempo para mezclar los colores y aplicarlos sobre un lienzo con su capa oscura ya preparada, sino que las pinceladas libres se funden directamente en el lienzo. Busca sensaciones de conjunto y pierden importancia los detalles pero gana en espontaneidad, frescura y libertad.

Los impredecibles efectos de la luz y el viento sobre el objeto a representar eran muchas veces más importantes que el tema elegido. Debido a esto le gustaba buscar lugares o motivos en situaciones climatológicas diversas o en horas diferentes del día, deleitándose con las sensaciones cambiantes ante sus ojos.

Desde sus inicios pintó tanto escenas de paisajes como urbanas, no importaba que fuesen temas banales o puras escenas de la vida real de finales de siglo, registrando la auténtica y directa impresión de la escena elegida. Pero sí que es verdad que durante los años setenta vuelve asiduamente a investigar la realidad ciudadana, vuelve a París donde se deja llevar y fascinar por los jardines públicos, los amplios bulevares, bellos edificios o estaciones de ferrocarril, para él los grandes monumentos de la modernidad. Son los nuevos motivos derivados de la civilización industrial. No sólo era una búsqueda para documentar y describir la transformación de la ciudad por el progreso, sino que en ella también encontró lugares con un increíble encanto que lo atraparon.

Siendo una de sus series más increíble la dedicada a la estación de Saint – Lazare en París, eligió este motivo para poder aprovechar todas las posibilidades de la luz que se filtraba por la gran marquesina metálica y la condensación del vapor.

Monet pasaba muy a menudo por esta estación de la que partían los trenes a Argenteuil y Normandía, y se dejaba atrapar por los cambios de luz y sensaciones atmosféricas.

Prueba de ello es la obra “La estación de Saint-Lazare, la salida de un tren” que fue presentada en la exposición impresionista de 1877, donde se pudo ver la serie completa compuesta por siete lienzos. En este cuadro los trenes, los edificios y las personas apenas se distinguían entre la gran masa de color, entre los que destaca el azul, los ocres y pequeños toques de rojo. Los objetos y las figuras pierden nitidez, pero eso no le importa al maestro si así puede representar una atmósfera que es cada vez más visible.

Por eso va a la estación varios días y a diferentes horas, es la primera de sus series sobre un tema único, variándolo por los distintos puntos de vista, o por como los colores y la luz cambian según las horas del día. Alquiló un estudio cerca de la estación y pidió permiso a su director para colocar su caballete bajo la marquesina de la estación, produciendo incluso algún que otro retraso en la salida de los trenes.

Se puede observar la clara influencia de la fotografía, por el encuadre y el insólito resultado compositivo, el motivo a representar no fu elegido porque le interesase la estación en sí misma sino porque era un lugar donde el ambiente cambiante le fascinó. Le encantaba como la luz se filtraba por el techo de cristal y se mezclaba con el vapor de la estación y como las siluetas se desvanecen en la confusión del ambiente.

La estructura metálica sobre la que se apoya la cubierta de cristal se convierte en uno de los elementos prioritarios de la composición marcando la verticalidad y al mismo tiempo dejando ver el cielo de París, para que la atmósfera sea la protagonista transformando a las personas en diminutas e imperceptibles figuras.
Toda la obra se tiñe de un azul plateado que nos invade, que nos hace sentir parte de esa estación, una atmósfera perfectamente reflejada que hace que las sensaciones de movimiento, ruido y la claridad perdida por el vapor en el aire sean percibidas por el espectador como si formarse parte de la escena.

Lo curioso de esta obra, como muchos de sus cuadros, es que en ella nada está hecho de forma casual, es el testimonio de un artista que armonizó los tonos, los efectos lumínicos y encuadres, con la misma precisión que un maestro clásico lo hacía en su estudio. Quizás no buscando el detalle perfecto pero si el verdadero instante de realidad, la impresión de su primera mirada. Para regalarnos las sensaciones de un gran observador que sencillamente supo traducir con frescura inigualable el espectáculo que es la vida diaria.