25 enero, 2011

La Condesa de Noailles

cabeceras_Noailles

Laura Pais Belín

Autor: Ignacio Zuloaga.
Cronología: 1913
Localización: Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Técnica: Óleo sobre lienzo.

condesa_noaillesConsiderado por la crítica artística internacional de comienzos del siglo XX como uno de los mejores pintores del momento, ya desde  su formación Ignacio Zuloaga sobresaldría por alejarse claramente del mundo académico e iniciarse en las nuevas tendencias que sacudían el mundo artístico europeo. En España estuvo vinculado directamente con los escritores de la Generación del 98, dotando a su pintura de un crudo dramatismo a la hora de representar la directa crónica de una época.

Pero también en París encontró su sitio, ya que desde el principio de su trayectoria conseguiría moverse con facilidad dentro de los importantes círculos intelectuales parisinos, donde llegaría  a tener éxito y  destacada relevancia. Viajero entre estos dos mundos el maestro vasco sobresalió por crear un estilo propio, no se mantuvo al margen de la modernidad, y con excelente capacidad se acercaba a él para renovarse,  pero con una constante, la de permanecer siempre fiel a las referencias que tomó desde los inicios de su carrera de la cultura popular y la pintura española del siglo XVII. Sin olvidar la influencia de los grandes maestros Velázquez, Goya y el Greco.

Nació en 1870 en Eibar en el seno de una importante familia de artistas vascos, tras oponerse a la voluntad de su padre de ser ingeniero, abandonó la carrera y decidió ser fiel a su gran vocación y dedicarse por completo a la pintura.

En el Museo del Prado de forma asidua se acercará a la obra de los grandes clásicos españoles, donde los copiaba con admiración. Será a finales de la década de los ochenta  cuando se irá a Roma para completar su formación, empapándose de la pintura renacentista. Pero será en Paris donde finalmente encuentre su sitio, allí entabló amistad con los artistas catalanes de Montmartre, como Santiago Rusiñol, al mismo tiempo que mantenía relación con el mundo parisino de vanguardia, conociendo a artistas como Tolouse- Lautrec y Van Gogh, y llegando a tener relación más estrecha con los artistas simbolistas y la figura de Gauguin. En esta época ya presenta su obra en el Salón de los Independientes y consolida su amistad con los literatos franceses, era el principio de su gran relevancia internacional que ya no le  abandonaría hasta el final de su carrera.

Aunque Zuloaga nunca abandonará por completo  su tierra, alternaba su estancia en París con largas temporadas en España, en concreto en su casa y estudio en Segovia donde iniciará su pintura de paisajes, mientras que en la capital francesa se dedicaba principalmente al retrato.

Tal vez si hay un género que sobresalga dentro de la carrera del artista este será el retrato, que junto con el paisaje, se convirtió en uno de los grandes pilares dentro de su dilatada trayectoria. Logrando que sus retratos se convirtiesen en los fieles testigos de una época,  ya que este género no sólo le servirá para mostrar el estudio psicológico de un personaje sino que también era capaz de mostrar a través de ellos una realidad social e histórica.
Con su fuerte personalidad y ambiciones modernas logra en el retrato fórmulas propias, aunque moldeadas por la tradición española que nunca olvida. Llegando a conseguir un rasgo muy especial, el ser capaz de infundir a sus retratos vida.  De tal forma que el pintor siempre se esforzaba en encontrar la nota distintiva que expresase mejor el carácter del personaje. Por ese carácter era capaz de sacrificar detalles o rasgos si con ello conseguía la fuerza y la energía de la persona retratada y que ésta llegase directamente al espectador. Continuamente huía de concebir el retrato como un inventario minucioso sino que buscaba la nota que hacía diferente a esa persona. Le interesaba la intensidad expresiva, por eso podía sacrificar detalles por gestos, actitudes o miradas que lo decían todo, como es el caso del retrato de la Condesa de Noailles.

En este increíble lienzo se nos presenta a la poetisa parisina de origen greco-rumano Anna Elisabeth de Brancovan. En el París de principios de siglo la condesa era considerada como una de las mujeres de mayor interés y encanto. Sus versos habían sido publicados en el libro “Vivos y muertos” y su gran atractivo hizo que fuese retratada por varios pintores relevantes como Vuillard o Van Donguen.

Sería en el año 1913 cuando la poetisa solicitará al maestro el encargo de un retrato muy personal. Zuloaga conseguirá plasmar en el lienzo ese aro de fascinación que rodeaba a la figura de la condesa y recrear en total plenitud su atractivo personal, quizá porque el artista logró como nadie mostrar el alma de la bella aristócrata.

La mujer aparece poderosamente en un segundo plano recostada en un diván envuelto por telas verdes, recordando en la postura utilizada a la Maja de Goya, la consciente utilización para el fondo de un cortinaje y extenso cielo dotan a la figura de poderosa monumentalidad  e impactante presencia. Al mismo tiempo el cielo lo utiliza como  telón de fondo, creando un rotundo contraste con la figura, lo que subraya la intención del pintor de centrar el interés del cuadro sólo en la sensual modelo. Que ataviada  con un vaporoso vestido destaca por su mirada penetrante de oscuros ojos negros que lo dice todo, directa hacia el espectador, muestra su verdadera personalidad.

Su maestría se vuelve arrolladora a la hora de hablar del cromatismo, ya que mezcla una paleta de colores chillones y suaves pero perfectamente orquestados; y en lo que se refiere a la composición, el maestro vasco busca crear conscientemente un fuerte carácter escenográfico conseguido a partir de los pesados cortinajes que enmarcan el retrato para dar mayor protagonismo a la condesa.

Sin olvidar que esa cierta dosis  de teatralidad en la composición nos acerca a las composiciones del mundo del barroco, al igual que el bodegón que se dispone sobre una mesa en el ángulo inferior derecho. Que es utilizado para mostrar de forma simbólica la personalidad y las aficiones de la condesa, ya que con los libros se evoca su devoción por la literatura, el collar de perlas sería el distintivo de la pasión y acompaña todo ello de un jarrón con rosas que son símbolo del amor. Pero el artista va más allá porque, con este pequeño bodegón tan simbólico, crea una actualización del tema de la vanitas del barroco español. Una auténtica demostración genialidad y maestría.

Esta obra muestra claramente varias de las características que definieron el estilo de Zuloaga como el poder llegar a mostrar la expresividad y penetración psicológica en el retrato gracias a la ejecución impecable y una destreza técnica que bebe de la influencia de los grandes maestros de la tradición española, unido todo ello de un aire claramente romántico que envuelve toda la obra.

Con una pincelada alargada y decidida, es capaz de abordar con extraordinaria destreza las veladuras del vestido o los cortinajes del fondo, pero al mismo tiempo utiliza con una firmeza arrolladora una pincelada más minuciosa y directa para mostrar de forma contundente el detallismo de un  sensual rostro y una mirada desafiante que atraviesa el lienzo y llega hasta nosotros.

De fuerte personalidad, decidido y lleno de talento, destacó por su capacidad creadora y aliento de renovación. Tenía el don de extraer de todos los motivos representados en sus lienzos la máxima capacidad de expresión, llegándolos a magnificar de tal forma que los llenaba no sólo de grandeza artística sino también humana. 

Se dice que el arte de Zuloaga llegará a su madurez total a partir de su contacto directo con la realidad española de Andalucía, Castilla y El País Vasco. Pero no podemos olvidar que su relación con los movimientos estéticos de principios de siglo en París tendrá una importancia decisiva para su concepción final del arte.