7 noviembre, 2013

La Concha


joya-regoyos

Autor: Darío de Regoyos
Cronología: 1906
Técnica: Óleo sobre tela
Localización: Colección particular

En la España de finales del siglo XIX la modernidad en las artes plásticas llegaba desde Europa, serán París y Bruselas los lugares elegidos por toda una serie de inquietos artistas que necesitaban ver de cerca las nuevas propuestas que agitaban y transformaban el nuevo panorama artístico europeo. Frente a esta renovación la atmósfera española era totalmente diferente, dominada por un anquilosado academicismo que carecía de toda frescura.

Por eso muchos de nuestros artistas no dudaron en cambiar el sentido de su carrera después de haber visto de forma directa lo que sucedía en otros lugares de Europa, y contemplar como el arte de manera rápida y transgresora modificaba de nuevo la historia.
En este contexto quizá una de las figuras claves para entender el proceso de modernización de la pintura española será Darío de Regoyos, inquieto, apasionado y observador incansable, no dudo en empaparse de todo lo que tenía alrededor para modificar un estilo que siempre fue diferente y singular. Aunque en ocasiones el definir su propio estilo fuese acompañado de una solitaria incomprensión.
Viajero entre dos mundos, el de la Europa cambiante y arrolladora por la proliferación de las vanguardias, y la España que luchaba por renovarse bajo el yugo del clasicismo de la tradición. Darío siempre buscó su sitio y nunca dudó en abandonar el camino elegido.

Formado en Bruselas siempre estuvo atento a lo que sucedía en París. Conocía los entresijos del Impresionismo, y buscando un mayor progreso técnico se dejó llevar por el puntillismo, al que dejaría de lado para adentrarse en la creación de su propio lenguaje. Mientras que su técnica variaba, en Europa ya había nacido el expresionismo, vanguardia que defendía el mostrar de forma directa los sentimientos en la pintura a través de una explosiva técnica, y en cierta manera también le influiría.
Regoyos fiel espectador de lo que sucedía a su alrededor no dudó un sólo momento en apropiarse de lo que necesitaba, y fue de esta manera como creó su estilo, un lenguaje propio que defendía el valor del tema, y la expresión de la directa realidad, con una moderna técnica en la que preservaba la fresca experiencia de la pintura del natural, sin ataduras, ni convencionalismos.
Su azarosa vida le acercó en cada momento la oportunidad del cambio y la elección personal, Darío de Regoyos nacía en 1857 en la pequeña localidad asturiana Ribadesella, su familia se encontraba viviendo allí de forma temporal, ya que su padre era un ingeniero y arquitecto que solía cambiar con asiduidad de lugar laboral. Por ese motivo un año después de su nacimiento se traslada toda la familia a Madrid donde Darío pasará su infancia y juventud.

Será allí donde comience a manifestarse su vocación artística, cuando fallece su padre puede matricularse con total libertad en la Academia de San Fernando, puesto que hasta ese momento se esperaba de él que estudiase arquitectura.
Una época de vital importancia, empieza su fructífera amistad con el jovencísimo violinista y compositor Enrique Fernández Arbós. Y en la Academia tiene como profesor al pisajista Carlos de Haes, que estaba introduciendo en España el concepto moderno de la pintura de paisaje pintada del natural, pero sólo asistiría a sus clases durante tres meses porque tomaría una decisión que cambiaría su trayectoria por completo, cuando decide irse a Bélgica.

Siempre se ha dicho que su formación será de gran importancia para su carrera pero como mucho de los acontecimientos de su vida surgen de manera circunstancial y al margen de cualquier criterio artístico. Será su buen amigo Arbós el que le anime a acompañarle a Bruselas. Y lo que iba a ser un viaje de pocos días se convierte en una larga y fructífera estancia, y de esta manera a los pocos días de llegar escribiría a su madre pidiéndole permiso para quedarse en la ciudad. Por delante le quedaban años de aprendizaje en una de las ciudades más cosmopolitas del momento. Su situación geográfica convirtió a la ciudad en un punto de encuentro de las corrientes artísticas europeas. Un lugar de increíble vida social y cultural en la que un joven y observador artista español pronto encontró su sitio.
El ambiente cultural de la ciudad era asombroso y Regoyos se introduce de lleno en los círculos literarios y artísticos, y siguiendo los consejos de Carlos Haes asistirá a las clases de otro paisajista, Joseph Quinaux. La formación con dicho artista será fundamental para el maestro asturiano, con él aprendió a pintar siguiendo la naturaleza como modelo, y así poder captar sus vibraciones y ser plenamente libre en la selección de los temas. Con el paso del tiempo estas cualidades se convirtieron en las máximas de su pintura, por ello Regoyos consideró a Quinaux como su único maestro.

En la Academia de Bellas Artes de Bruselas conocerá a su fiel amigo Theo Van Rysselberghe, fueron inseparables, con él viajará por toda España, pero lo que es aun más importante será él quien lo introduzca en el círculo de L´Essor, grupo formado por antiguos alumnos de la Academia que defendían un espíritu ecléctico y organizaban conferencias, debates, y exposiciones. Gracias a su relación con el grupo comienza a exponer en Bruselas en 1882 y se relaciona con artistas tan destacados como James Ensor, Rodin o Paul Signac.

En sus obras presentadas en este momento ya encontramos una notable preocupación por la luz y la predilección por ciertos escenarios de la vida cotidiana, elementos que ya nunca se escaparían de su pintura.
En ese mismo año comienza su primer viaje por España acompañado de su amigo Theo, viaje de transcendental valor, ya que descubrirá una España con todos sus matices de colores y esencias pero también sus directas y desagradables realidades. De este viaje surgirán no sólo óleos sino apuntes y dibujos de gran interés, los presentará en Bruselas, pero no agrada a la crítica por ser una obra demasiado oscura, pero eso no impide que su participación en la vida cultural siga siendo de gran relevancia.
Entre tanto en la ciudad se había creado un nuevo círculo el de Los XX, que su mayor máxima era defender la libertad creadora. Integrado por completo en este ambiente artístico, gracias a la herencia familiar, Regoyos seguía pintando y cada vez alternaba más los viajes a España con sus estancias en Bélgica.

Año clave será el viaje de 1888 realizado con el poeta Émile Verhaeren, ya que de él surge el libro de la España Negra, en el que los dos artistas colaboran y muestran sus directas impresiones de la España de la época.
En la década de los noventa aumenta claramente su relación con España, el mismo artista reconoce que su estilo había evolucionado en contacto con la naturaleza del País Vasco, pasa largas temporadas en Irún en casa de su madre, después residirá en diferentes lugares como Bilbao o San Sebastián. Al sosiego de su vida también se unía la madurez de su estilo, y decide exponer en las Exposiciones Nacionales de Madrid y Barcelona, aunque sus propuestas siempre iban unidas a grades críticas oficiales. Le acusaban de ser un “horrible impresionista”, en la época aun no se comprendía esta técnica, pero después los sectores más renovadores lo adoraban y defendían.

Pero Regoyos siempre solitario en su andadura artística, ya no abandonaría su estilo.
El sentimiento, realismo pausado y la fluidez y modernidad técnica se mezclaban a la perfección en sus obras de principios del siglo XX. Prueba de ello es este maravilloso nocturno, realizado en 1906 titulado “La Concha”. Como no podría ser de otra forma utiliza el pequeño formato, muy defendido por el artista, que decía que sus lienzos debían de ser de fácil transporte para acercarse al motivo elegido y pintar del natural, fuera del estudio.
Regoyos desde sus inicios había mostrado una libertad única en la elección de los motivos, un artista muy preocupado por la captación de la atmósfera, y de la frescura del instante. Y esto se convirtió en un detalle curioso al final de su carrera porque aunque parece que el tema no le interesa, en el fondo nos regaló una completa galería de personajes y escenas cotidianas, en las que siempre prima la intuición sobre la corrección técnica.

Son estas cualidades las que destacan en esta escena nocturna en las que nos presenta una imagen del paseo marítimo de San Sebastián, donde se puede respirar y disfrutar de la particular atmósfera de paz burguesa en una agradable noche de verano.
Las figuras se diluyen en esa cálida atmósfera, y aunque la paleta de colores podría parecer fría, entre azules y violetas, tonos tan característicos de esta etapa del pintor, logra mostrarnos las últimas luces del crepúsculo.
Una gama casi monocroma donde los personajes anónimos armonizan en la delicada composición. Mientras que la luz se convierte en la otra protagonista, una luz contrastada a través del color, que aparece en el suelo del paseo donde los amarillos y los ocres nos aportan claridad y equilibran la composición. Al igual que los pequeños destellos del fondo del paisaje.
La frescura también se encuentra en la pincelada que en algunas zonas como el árbol se divide en pequeños toques de color, mientras que en las figuras y en parte del fondo la pincelada se vuelve rápida y abocetada pero llena de frescura.
De esta manera Regoyos proclamaba la sencillez de las escenas cotidianas pero siempre acompañadas de un juego de colores y contrastes de luz, para hacernos sentir de cerca las atmósferas que le atraparon a él mismo mientras pintaba.

Inquieto y vital, se dejó empapar de todo lo que veía para crear su estilo y en una época de cambios constantes no dudó en defender las causas más progresistas. Vivió como deseó, y estuvo donde le llevó su vida y su carrera, pero quizás por todas estas circunstancias sintió el aislamiento artístico, al ir siempre a contracorriente de los acontecimientos. Ya que a su formación moderna y europea se unía cierta tradición española, para los críticos belgas su obra era demasiado oscura y en España se criticaba su modernidad, llegando a asegurar que su estilo escondía cierta incapacidad técnica.

Sin embargo pese a esta situación el maestro no vaciló ni cambió, y decidió no dulcificar su técnica para agradar al público y al mercado español, cuando eligió quedarse en su tierra. Siempre buscó más allá pero manteniendo una premisa, la objetividad de un observador que destila un fiel naturalismo. Por eso la moderación, el realismo y la frescura técnica se convirtieron en la mezcla perfecta para defenderse y regalarnos imágenes llenas de una atmósfera tan vital y lírica que nos hace respirar la cercanía de la realidad más discreta y directa.