11 febrero, 2014

La catedral de Santiago hace agua

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Bajo la cornisa de la catedral ha prosperado un jardín silvestre lozano y robusto. La capa de musgo y un herbazal que ya alcanza la categoría de autóctono han aupado 20 centímetros unas piedras que pesan toneladas. La semana pasada, en la esquina que mira a Fonseca, se sustituyó una gárgola de 300 kilos, rota por el brío de las plantas. También hubo que reparar cuatro pináculos, más o menos del mismo peso, que fueron los que, a principios de verano dieron la voz de alarma. Un arquitecto municipal que pasaba a diario por allí se dio cuenta de que uno de estos remates “cimbreaba”, a riesgo de desplomarse sobre la gente de la calle. Pero mientras se tapa esta brecha, a la basílica compostelana se le abren a diario nuevas vías de agua. No es algo nuevo, aunque estos días la prensa haya retratado por primera vez los cubos en el suelo recogiendo las goteras. Hace al menos cinco años que esta escena se repite.

Ahora, las goteras están en la capilla del Cristo de Burgos. Antes, en la del Pilar, hasta que en Navidad se decidió ponerle chubasquero: una lona azul, que se ve desde la ciudad y desentona con todo. Aunque esto no evita que las gotas, con una cadencia de segundos, caigan desde las ventanas redondas que hay un poco más abajo. En el suelo se ha formado un gran charco, y un cartel amarillo avisa a los visitantes del riesgo de resbalones. También ha llovido este invierno justo encima de la trompetería del órgano. Y el claustro medieval (que se conserva oculto bajo los cimientos del renacentista que recorrió Manolo, el electricista, para llegar al Códice) está inundado y uno solo puede internarse en él con botas de pescador.

“Esta casa ha colapsado”, asegura que avisó ya en 2011, sin que “nadie” le hiciese “caso”, Daniel Lorenzo, párroco de Bugallido (Ames), que ascendió a canónigo fabriquero (responsable de las obras y el mantenimiento) y después a director de la Fundación Catedral. Esta institución es la que promueve desde dentro un plan a una década para conservar y restaurar la mole consagrada hace 800 años. La catedral, el más universal de los monumentos de Galicia, es un viejo galeón a la deriva, un anciano achacoso que sufre en sus huesos la lluvia y el frío y no soporta los cambios de temperatura. Los frescos de la Capilla de San Pedro estaban cubiertos de cal, y se destaparon y restauraron en 1999. La humedad, que en zonas de la catedral desprende un olor penetrante a moho y a podrido, ya ha vuelto a comerse las pinturas. Apenas se distinguen las caras ennegrecidas de los santos. Las figuras aparecen cubiertas de un hongo aterciopelado. Más que frescos, parecen tapices.

Muy cerca, en torno al Sepulcro y en El Pilar, el agua ha corroído los mármoles, jaspes de varios colores traídos de canteras cercanas a Lisboa. Ya durante el siglo XX, se optó por la solución más barata para disimular los trozos caídos: yeso y pintura imitando el dibujo del mármol. En la Capilla Mayor, las pinturas en lapislázuli y oro aún eran visibles hace 30 años. Ahora la bóveda es negra. En su momento, se pintó con colores al óleo, y ahora, todos los años, al llegar la primavera “nieva”, describe el fabriquero. Son los “jabones” que se han formado durante el invierno con el agua de la lluvia y el aceite. Estas escamas caen al altar, y llevan adheridos los pigmentos que se van perdiendo.

A lo largo y ancho de los brazos del crucero, en el techo el año pasado se instaló una red para evitar peligros a las miles de personas que llegan a entrar cada día. Se precipitan desde el cielo láminas de mortero que alcanzan, según el responsable, “el tamaño de un folio”. Alguno de los cascotes cayó en plena ceremonia. Ahora la malla, imperceptible, retiene el vuelo de los meteoros. Todo es consecuencia de lo mismo: la humedad y la falta de ventilación de un edificio que no respira, y que además está envuelto en un relicario barroco que filtra por todas partes. Los encuentros arquitectónicos entre las partes de factura románica y las que vinieron después, con todo su adorno, no siempre fueron bien resueltos y son canales para el agua. Aunque la mayoría de ellas no sean visibles porque están sobre las cubiertas, varias lonas transpirables sirven de gabardina en puntos críticos durante el invierno más duro en mucho tiempo. Y así será, en adelante, mientras no se arreglen los tejados y no se retire la capa de hormigón que, desde los años cuarenta, se fue echando sobre la seo hasta ahogarla.

Buena parte de las desgracias del templo son consecuencia de estas intervenciones, parches sucesivos aplicados durante más de cuatro décadas, hasta que se cayó en la cuenta de que el cemento era culpable del deterioro galopante. La Iglesia dice que no tiene dinero para atajar este problema, pero hoy las obras se consideran urgentes. Pueden pasar años porque hacen falta cuatro millones. Las algas, los líquenes y toda la vegetación que coloniza el edificio produce nitratos; el cemento, sales; y esta suma ha reventado y pulverizado el granito, abriendo además nuevos cauces para el agua, que penetra siguiendo estos cursos por las cubiertas y empapa elementos únicos, como el Pórtico. Toda esa humedad que entra no sale ni se seca, por falta de ventilación. Gran parte de las ventanas fueron cegadas o se sustituyeron en el siglo XX por otras que no son practicables. Aún vive el herrero de Madrid al que se le encargaron los ventanales de bronce de la fachada del Obradoiro. Ahora se planea cambiarlos por otros que se puedan abrir. Esto, con cargo a un dinero que intenta recaudar desde el año pasado la Fundación a través de una campaña de micromecenazgo. La restauración de las torres, que ya ha comenzado y debe terminarse antes de 2015, costará dos millones que van a pagar el Consorcio de Santiago y la catedral.

El cuerpo central, sin embargo, no tiene garantizada la obra. Está presupuestada en 1,7 millones, y de momento, a través del crowdfunding, se han cosechado poco más de 181.600 euros. Desde la semana en que salieron decenas de noticias sobre las goteras, los donativos solo sumaron unos cien euros. En esto, la Iglesia no está teniendo suerte: Lorenzo lo atribuye a la crisis, pero es probable que también pese sobre el templo, como la propia plancha de cemento, el escándalo del Códice y esos fajos procedentes del cepillo que salían sin control, día tras día, en algún bolsillo sin que nadie lo denunciase.

por SILVIA R. PONTEVEDRA, EL PAÍS