26 julio, 2010

La Batalla de Algeciras (3ª parte)

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1Por circunstancias imprescindibles, para poder hacerse una idea cabal de una victoria de las fuerzas armadas españolas sobr

e uno de los enemigos de la Patria (en un momento determinado de la historia), ha sido necesario elaborar dos recuadros, para llevarnos al escenario en donde unos buques franceses se encuentran fondeados en la bahía de Algeciras, y otros, ingleses, costeando la orilla española del Estrecho, a través de punta Carnero y punta San García para posteriormente penetrar en la Bahía, con la pretensión de destruir una división de la flota del Primer Cónsul, Napoleón.

Hemos visto los antecedentes del porqué España se alía con Francia, cuando la Revolución había asesinado a un primo del monarca español, y también se ha hecho un repaso de los protagonistas, incidiendo en los “olvidados”, en los que verdaderamente vencieron en la batalla, aunque la historia no se los reconociera (RECUADROS DE LA HISTORIA: “Antecedentes de la batalla de Algeciras” y “Los Protagonistas de la batalla de Algeciras”.).

Las principales fuentes de los hechos históricos son los documentos elaborados por los propios protagonistas directos, en este caso los partes que los comandantes de las dos flotas hicieron a sus superiores. Pero es una constante militar que el derrotado minimice sus errores y que aclare que los medios puestos en presencia por el enemigo eran muy superiores a los propios, no siendo la derrota de más trascendencia, gracias a sus dotes que paliaron los daños. Este fue en síntesis el informe que el almirante Saumarez emitió al Almirantazgo inglés, reforzado con la capacidad de sus tripulaciones y de los medios disponibles en Gibraltar, para reparar los cuantiosos daños ocasionados a los barcos, de tal forma, y es verdaderamente un hito en la historia naval, que en tres o cuatro días, la escuadra estaba en disposición de volver a entrar en combate, como de hecho hizo.

Por su parte, el conde Linois, valiente como capitán de un buque de guerra, fue desafortunado cuando tuvo que coordinar varios navíos de línea. Defendió a todo trance que la victoria conseguida fue obra exclusivamente suya; negando su intervención en el desastre del 12 de julio en el Estrecho. Poco más perduró su historial militar, en 1803 lo encontramos en el océano Índico, siendo derrotado por el almirante Warren, permaneciendo prisionero hasta 1814. Nombrado gobernador de Guadalupe, volvió a caer prisionero tras la toma de la colonia por los ingleses. Tras su regreso a Francia fue encarcelado. Pues bien en el informe de Linois, todo lo había hecho él, había por ejemplo sustituido a los artilleros españoles de las baterías por los suyos propios y las unidades militares por la fuerza del desembarco que llevaba en sus sentinas, al mando del general Devaux. Es decir el vencedor, magnifica los hechos y quiere toda la gloria para él, quedando como una gran victoria naval francesa al derrotar a una escuadra enemiga que le duplicaba en velas, apresando a varios buques enemigos, entre ellos el navío “Hannibal” de 74 cañones.

En la Historia de la Armada Española (FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo. Historia de la Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Instituto de Estudio y Cultura Naval. Tomo 8º, capítulo X.) se intenta poner en sus justos términos las acciones y actitudes de cada mando, dándose énfasis a la intervención de las baterías y demás fuerzas terrestres, tras la publicación por Adolphe Thiers de sus diez tomos de la Historia de la Revolución de Francia, en donde vierte numerosas falsedades sobre España y los españoles, intentando desprestigiar la gesta de la Guerra de la Independencia.

Figura_2“Los perfiles bélicos de los almirantes Saumarez y Linois eran bien distintos. El primero arrojado, intrépido y muy buen navegante, el segundo con el complejo que aquejaba a los marinos franceses de la época, de su inferioridad frente a los ingleses. Saumarez considerándose señor de los mares, y Linois, pusilánime, contentándose con los apresamientos del ”Hannibal”, “Speedy” y otro buque del que no nos ha llegado el nombre, que pretenderá llevar a Cádiz como botín de guerra y mostrar de esta forma su maestría ante el primer Cónsul” (VIDAL DELGADO, Rafael. El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras. RACTA Nº. 5. Algeciras, 2001). El autor, termina con esta síntesis el perfil castrense de los dos protagonistas navales.

Antes se ha expuesto en la dificultad de encontrar la “verdad” objetiva a través de los informes de los comandantes protagonistas. La fuente británica contradice a la francesa, aunque tampoco es creíble de forma absoluta.

Veamos pues los acontecimientos a través de otra “verdad”, la que permite el paso de los años y el contraste de múltiples fuentes.

A primeros de julio el conde Linois tiene conocimiento que una escuadra que le supera en número, se interpone entre él y la flota combinada hispanofrancesa que se está reuniendo en Cádiz, por lo que toma una serie de decisiones que llevarán a la larga al desastre en el Estrecho el día 12 de julio.

Envía un mensajero por tierra al almirante Moreno, aunque en vez de indicarle que se reuniera con él en la bahía de Algeciras, debiera de haber planteado otro punto, bien hacia el Atlántico, probablemente el cabo Trafalgar, aunque para ello tenía que estar muy seguro de la conjunción de las dos flotas, tomando entre dos fuego a los ingleses. Otra opción podría haber sido, retirarse hacia el Mediterráneo y permitir la persecución de la escuadra de Saumarez, sabiendo que detrás de ella se aproximaban los españoles. Al ver las velas en el horizonte, podría haber hecho frente a los ingleses, dando tiempo al ataque por retaguardia de Moreno.

Pero Linois se encuentra marcado por el botín que trae, la corbeta “Speedy” arrebatada, tras un intenso combate el capitán Cochrane, que a su vez remolcaba una presa española, el bergantín mercante “La Unión”. Los británicos manejan perfectamente el sistema de “tripulaciones de presa”, no así los franceses, que prefiere dejar una pequeña dotación en los barcos apresados y remolcarlos por los navíos. De ahí su decisión de entrar en la bahía de Algeciras.

La entrada en la Bahía no podía pasar desapercibida a guarnición de Gibraltar, las cuales sólo podía oponerle barcos menores: lugres y polacras, aptos para el corso y como correos, pero inoperantes ante navíos bien armados. Con tal motivo se resuelve enviar un barco muy ligero, al mando del teniente Richard Gaire Janvrin, que pasados los años alcanzará fama en la armada, para que encuentre al almirante Saumarez y le indique que tiene la oportunidad de batir a la división naval francesa.

Linois solicita apoyo del Comandante General del Campo de Gibraltar, que era un francés naturalizado español, el conde de la Haye de Saint-Hilaire, el cual pone a su disposición las tropas y las baterías de costa, solicitando el almirante francés que fueran reforzadas con personal de su confianza.

Saumarez, con seis de sus navíos y una fragata, navega rumbo a Algeciras, ha tenido que dejar atrás el navío “Suberb”, pero ordena a la segunda fragata a sus órdenes, que lo encuentre y que ambos se dirijan hacia donde quiere provocar la batalla.

Las escuadras de finales del XVIII y principios del XIX (hasta la batalla de Trafalgar), se basaban en el navío de línea de 74 cañones, destacándose con cada división uno o dos buques más ligeros, fragatas o corbetas, los cuales proporcionaban la seguridad de maniobra que necesitaba el dispositivo naval, adelantándose al resto de los buques para detectar al posible enemigo. Esta unidad obtenía también información de cualquier buque mercante que se cruzaba en su camino.

Figura_3Linois ordena anclar sus navíos a unos quinientos metros de la costa, colocando la fragata Muiron a la entrada del paso de isla Verde con el continente. Las cañoneras de la armada española las sitúa defendiendo sus alas, con objeto de evitar ser envueltos, tres en el este, complementando a la fragata y cuatro al oeste; por su parte a las otras siete cañoneras de corso, les encomienda vigilar la salida del apostadero de Gibraltar, para impedir que los buques ligeros puedan intervenir contra los navíos franceses (Figura 1).

La escuadra inglesa cruza en línea el Estrecho, muy cerca de la costa española, a la cabeza navega el “Venerable”, le siguen el “Pompee”, “Audacious”, “Caesar”, “Spencer” y “Hannibal”. Saumarez no tiene en gran estima la eficacia de las baterías de costa, de hecho tiene el informe que le ha hecho llegar el Almirantazgo del viajero y espía inglés, Robert Sample (BUENO LOZANO, Martín. El renacer de Algeciras a través de sus viajeros”. Algeciras, 1988. Pags. 94 y 95. El autor colaboró con Martín Bueno en algunos datos del libro), el cual infravalora la artillería terrestre española, dando importancia a la cañoneras, pero no las de la marina, sino a las del corso.

La situación meteorológica es la clásica del verano, día muy despejado y una ligera ventolina del este. Saumarez no tiene más remedio que atacar en contra del viento, pero confía en su superioridad, pretendiendo emular la misma maniobra de Nelson en Aboukir, haciendo pasar parte de su escuadra por delante de la otra, para sobrepasarla por el oeste y tomarla entre dos fuegos, aprovechándose de su mayor número de cañones, cerca de quinientos por menos de cuatrocientos, incluyendo los de costa.

A las ocho y veinticinco de la mañana. La batería de San García rompe el fuego contra el “Venerable”, luego contra el “Pompee” y contra el “Audacious”, los cuales, siguiendo órdenes de su almirante navegan hacia la ensenada de Getares y luego a la de Algeciras. Tardan diez minutos en responder al fuego que se le está haciendo y que está produciéndoles destrozos, de hecho el “Venerable” rompe el fuego a las nueve y cuarto horas, ya casi enfrente de isla Verde, mientras que el “Pompee” y el “Audacious” responden al fuego de San García a las ocho y treinta y cinco. ¿Por qué tardaron tanto tiempo? ¿Es que no se encontraban en zafarrancho de combate? Si se presume que el tiempo que se podía tardar en encontrarse en tal situación, con una tripulación bien instruida era entre diez y quince minutos, se podría indicar que los ingleses no esperaban fuego desde la costa.

Los navíos “Spencer” y “Hannibal” realizan la acción desbordante, mientras tanto, los otros cuatro buques, echan las anclas frente a los navíos franceses. El fuego se hace muy intenso. Es como tirar al blanco al estar los buques inmóviles.

Linois se da cuenta que si permanece en la posición, al frente de isla Verde, puede ser envuelto, en cuyo caso tiene la batalla perdida, por ello ordena cortar los cables y encallar los tres buques en los bajíos de la ensenada. La acción le cuesta muchas bajas y muchos destrozos, pero logra hacerse incrementando el fuego de las baterías de Santiago, isla Verde y Almiranta (Figura 2).

Figura_4Las lanchas cañoneras hostigan a los ingleses, abriéndoles considerables boquetes en sus costados, pero andanada tras andanada hace que la capacidad de dichas lanchas vaya disminuyendo, quedando menos de la mitad al cabo de dos horas de combate.

El “Hannibal” sortea por el oeste el dispositivo galo, no conoce bien la Bahía, se aproxima demasiado a la costa y embarranca en una roca que desde entonces el bajo se llamará “del Navío” y un muelle del puerto de Algeciras tomará dicho nombre.

A las diez horas, Saumarez se da cuenta que no son los buques franceses los que están dañando gravemente a sus barcos, sino las baterías de costa. Decide salir de la zona, ordenando a su capitán de bandera cortar cables y ponerse al viento, lo mismo hace con el “Pompee”, pero este se encuentra desarbolado, lo que le impide navegar.

Toma la resolución de remolcarlo, empleando para ello las lanchas de los buques, que previo a la batalla se había echado al mar (figura 3).

Algunas de las lanchas son alcanzadas por los certeros disparos de los artilleros de isla Verde, pero pueden remolcar y sacar al “Pompee” de su infierno.

Saumarez entiende que la clave de la batalla se encuentra en la posesión de isla Verde, de tal forma que si logra ocuparla, puede desde ella bombardear a placer los buques franceses, pero al dar la orden de que una fuerza de desembarco lo haga, advierte que no dispone de botes, todos están remolcando al “Pompee” e intentando hacer los mismos con el “Hannibal” que ha encallado y recibe un fuego mortal desde la batería de Santiago.

Un intento de apoyar al “Hannibal” por el oeste, se desvanece, a causa del fuego que hacen las baterías de la Almiranta y Palmones, las cuales tienen como misión proteger al fuerte de Santiago.

Saumarez con dos buques menos, desarbolado el “Pompee” y perdido el “Hannibal”, decide un último intento y ordena al “Caesar”, “Audacious” y “Venerable” que ataquen el “Indomtable”, insignia de Linois, pero éste se siente protegido por el fuego de isla Verde. Otro nuevo desembarco pretende el almirante inglés, pero ya no hay tiempo, el daño sufrido ha sido muy grande y por si fuera poco, el escaso viento ha disminuido hasta prácticamente desaparecer.

Figura_5Saumarez piensa que es posible que logre hundir a todos los navíos franceses, pero a costa que las baterías de costa, hundan o desarbolen a los suyos, por lo que después de un intercambio de fuego, cada vez más débil, ordena la retirada a Gibraltar, pasada la una de la tarde. A la misma hora el capitán Solomon Ferris se rinde, con él, los marineros de los botes que intentan desencallarlo. Un oficial francés, sube a bordo para hacerse cargo de la rendición.

Los ingleses reconocen que el “Hannibal” no se rindió a los franceses, sino ante el fuego de la batería de Santiago, pero así se escribe la historia. Nuestros vecinos del norte, son expertos en ello, de tal manera que el almirante galo, lo tomó como su más preciado trofeo.

La ciudad sufre los efectos de la batalla y numerosas balas de cañón se empotran en sus edificios. Milagrosamente el torreón de la Virgen de la Palma permanece incólume y la población ha evacuado Algeciras y mira atónitos y horrorizados el espectáculo desde las alturas del actual barrio de San Isidro. La angustia de estas personas era enorme, dado que gran parte de la población eran familias de los soldados de la guarnición. Las alturas de Gibraltar, estaban cubiertas de personas que miraban con igual inquietud y temor por sus seres queridos que estaban combatiendo.

La batalla fue muy sangrienta, no sólo por las muertes que se ocasionaron durante la misma, sino también por las posteriores, dado que muchos de los heridos fallecieron.

Los ingleses reconocieron 121 muertos y 240 heridos y en el conjunto hispanogalo, más de trescientos muertos y doscientos ochenta heridos, muchos de ellos formaban parte de las cinco cañoneras hundidas, entre ellos el alférez de navío don Jerónimo Lobatón.

Anteriormente se ha comentado que el contralmirante Linois “para su seguridad” quiso reforzar las baterías de costa con soldados y marineros franceses, la realidad es que lo solicita, pero don Adrián Jácome, comandante de armas de Algeciras, se niega en redondo a tal solicitud, accediendo únicamente a que los soldados franceses del general Devaux, refuercen la guarnición de infantería de los fuertes, para impedir su ocupación por un desembarco enemigo, compartiendo esta misión con las compañías de los regimientos provinciales de Ronda y Jerez y el batallón de infantería de Jaén.

La caballería española, que no quería dejar de formar parte de una página de la historia, solicita reforzar las baterías, enviándose una compañía de esta arma, al mando del capitán don Francisco Cabrera, a la batería de Santiago, resultando un eficaz colaborador del capitán Velasco y Coello, héroe del día.

Puede decirse en la narración de la batalla que existen dos versiones distintas, una la estrictamente naval, contada por fuentes francesas e inglesas, y otra la terrestre, narrada por los generales y oficiales que guarnecieron las distintas baterías y los puntos fuertes de la costa, para impedir desembarcos (GACETA DE MADRID del 13 de julio. Recoge un resumen del parte que remitió el día 6 de julio, es decir inmediatamente después de la batalla el Comandante General).

Posteriormente, el viajero Robert Semple, visita de nuevo la ciudad de Algeciras y analiza un sin sentido de cómo es posible que una ridícula batería pudiera apresar al “Hannibal”, pero dejemos hablar al protagonista:

“Más a pesar de su pobre aspecto, Algeciras es hoy famosa por dos motivos.
En 1801 una escuadra inglesa que bajo el mando de sir Jame Saumarez atacó a otra de barcos franceses y españoles anclados al amparo de las baterías costeras, fue rechazado, y uno de sus barcos – el Hannibal – encalló mientras cruzaba con el de las baterías, perdiendo la mitad de su tripulación. Por este solo hecho el nombre de esta ciudad saltó a la fama. Pero si un inglés curioso pregunta por la batería que pudo con el Hannibal se sorprendería al ver una especie de fortín, rodeado de un muro bajísimo, con seis u ocho cañones pesados de bronce. Hay algunos cañones más, situados a lo largo de la playa por la parte alta, y finalmente como a medio tiro de fusil de la misma playa, una islita rocosa en la que se ha construido un fuerte de cierta importancia. Y es todo en cuanto a defensa de los ataques que puedan venirle del mar” (BUENO LOZANO. Ob. Cit.).

Figura_6La artillería de costa, de entonces y actual, cuenta con una unidad de extraordinaria importancia, se denominaba Parque de Artillería y modernamente Unidad de Servicios, Talleres y Municionamiento, coloquialmente UST y M, conviviendo en la misma, obreros civiles con especialistas militares. El autor de estas líneas que ha tenido a orgullo mandar el Regimiento de Artillería de Costa nº 5, en cuyo historial figura esta batalla (hoy día este regimiento ha sido disuelto por la guadaña de la “sin historia”), también ostentó el honor de ser “Coronel Director de la UST y M”, pues bien, en esta batalla, que desgraciadamente casi no está en la Historia, cayó gravemente herido el guardalmacén don Antonio Sánchez, así como otros obreros heridos de menor consideración. Siempre llamé a los civiles de la UST y M, “militares sin uniforme”, y nunca la Patria ha reconocido a estos valientes lo que forma anónima han hecho por la grandeza de España.

Mucho se puede escribir sobre las consecuencias de la batalla. Las conversaciones para el intercambio de prisioneros; las diferencias entre las autoridades españolas y el contralmirante Linois, que quería asumir toda la grandeza de la victoria; los intercambios de noticias, a través de Gibraltar Chronicle, entre las familias separadas por la guerra; y muchos más aspectos que harían necesario un libro para narrarlos adecuadamente, pero terminemos aquí, con la satisfacción española al deber cumplido, aunque, nuestros gobernantes, dejaran en aras de una supuesta “política internacional”, traspasar la gloria a otra nación, Francia, que pocos en 1808 pretenderá convertir a España en estado vasallo del imperio, pero ese es otro Recuadro de la Historia.

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