13 agosto, 2013

La Alhambra que no se ve

Alhambra para ciegos

“No hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”, reza el famoso dicho popular de la ciudad de la Alhambra, un monumento que también se puede disfrutar sin verlo. Carlos Marín es ciego pero ‘ve’ la Alhambra con el tacto y el oído.

“Lo más importante es la temperatura, en cada estancia hay una distinta. El mármol es frío, al contrario que el yeso o la madera, que es más cálida”, dice Marín. “Y el eco de los sonidos te dice si estás en una sala cerrada, estrecha, o bien en un espacio abierto. El mármol produce eco y el yeso, y sobre todo la madera, absorbe los sonidos”, explica.

Atravesamos el Mexuar, la primera estancia de los palacios nazaríes. “Es una sala acogedora, con suelo de ladrillo, que hace de distribuidor”, describe, mientras nota el trasiego de turistas a su paso. Marín llega a la Sala de la Barca, uno de los cinco puntos del monumento donde el Patronato de la Alhambra ha instalado recientemente paneles táctiles que reproducen detalles de las decoraciones que hay alrededor. Marín recorre su mano por un panel de mosaicos de yeserías. “Percibo numerosos detalles y formas que, por mucho que te expliquen cómo son, si no los tocas no te haces una idea completa. Es como si tuvieras una foto borrosa y consigues enfocarla”, describe. A Marín le ayuda la circunstancia de que no es ciego de nacimiento, perdió la visión a los 20 años en un accidente de tráfico —ahora tiene 43—, y guarda recuerdos de alguna visita de su infancia a la Alhambra, pero asegura que quienes nunca han visto nada “también pueden hacerse su propia imagen tocando estas reproducciones decorativas”.

Los paneles táctiles incluyen una explicación en braille de cada composición, aunque no se han instalado solo para facilitar la visita a los ciegos. Su objetivo es que cualquier persona pueda experimentar al tacto los diferentes materiales y texturas de la Alhambra, un monumento en el que, por motivos de conservación, no se puede tocar nada, y la tentación de muchos visitantes de palpar mosaicos o paredes causa continuos quebraderos de cabeza a los vigilantes del recinto.

Marín toca ahora un panel con un alicatado cerámico. “Es como un puzle y da sensación de comodidad, como los zócalos de las casas”. Pero el que más le gusta es el que reproduce la decoración de madera del techo. “Noto los carrilitos de los marcos; la madera da abrigo, es el material más acogedor”, cuenta.

La visita continúa por los pasillos que comunican la Sala de los Abencerrajes con el Patio de los Leones. “Se nota que estamos en una zona de paso, todo se estrecha”, comenta Marín al escuchar el eco de las paredes. Al llegar al Patio de los Leones, oye el agua de las fuentes. “El agua también dice mucho, según el sonido de su caída se puede saber la altura de la fuente, cómo se ha diseñado, y oigo cómo se desliza el agua por los canalillos del suelo y pasa de un lado a otro del patio”.

Ayudado por su bastón desplegable —“es la prolongación de mi dedo”, dice—, Marín va salvando el agua, los escalones y el trasiego de turistas del recorrido, junto al técnico de la ONCE —organización a la que está afiliado— Miguel Ángel Martínez que le acompaña.

El recorrido llega al Jardín de Lindaraja, de camino hacia El Partal. “Percibo que hay una pared a un lado y al otro oigo una fuente, pero el sonido no llega directo, no puedo ‘enfocarlo’ —Marín dice que los sonidos, como las imágenes, también se pueden enfocar—, hay algo en medio que lo impide, algo que podría ser un jardín con árboles”. Y, efectivamente, así es.

Junto al Patio de los Leones hay otro módulo de paneles táctiles, en la Sala de Mocárabes. “Es imposible hacerse una idea de cómo son si no los tocas, incluso para una persona que vea, porque están tan altos —intuye la gran altura del techo por los ecos de la estancia— que los detalles no se pueden apreciar”. En otro panel, una celosía de madera, “noto el tallado a modo de estrella”. Ahora toca un alicatado cerámico: “hay formas concéntricas, que se agrandan y se van expandiendo”. Y en otro de yeso advierte “la adherencia” de este material y descubre “numerosos motivos florales”. “Solo por poder tocar estos paneles a cualquier ciego le merece la pena visitar la Alhambra”, afirma convencido.

Por José Miguel Muñoz en El País.