26 enero, 2011

Julio González David Smith. Un diálogo sobre la escultura

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IVAM Institut Valencia d’Art Modern
20 enero – 1 mayo 2011
Comisario: José Francisco Yvars

img_01La exposición ‘Julio González  David Smith. Un diálogo sobre la escultura’ pretende rendir un homenaje artístico a dos figuras cardinales para la definición de la escultura moderna a través del encuentro formal y figurativo que escenifica el despliegue de una selección rigurosa de obras de ambos artistas, procedentes prioritariamente del legado del escultor barcelonés que custodia el IVAM, centro pionero en la recuperación del artista y de la colección del escultor norteamericano que administra el estate familiar neoyorquino. Un encuentro desarrollado simbólicamente, además, en las salas centrales del museo  que ocupan desde hace más de veinte años el conjunto patrimonial del artista, centrado ahora en el privilegiado taller de los artistas, pero sin pretensiones de recapitulación antológica ni aspiraciones de retrospectiva: Una  aproximación a la obra viva de dos artistas excepcionales ajustada a las prioridades clarificadoras del museo.

El catálogo de la exposición, ilustrado con reproducciones de las obras expuestas, contiene textos de Susan Cooke, Sarah B. Kianovsky, Michael Brenson., Carmen Fernández, Consuelo Císcar y José Francisco Yvars.

img_02La exposición profundiza en el curioso nudo de convergencias y afinidades, discrepancias y prestaciones que marcaron una fecunda e inesperada conversación artística a lo largo de un tiempo difícil, cuando ya se adivinada el decisivo cambio de rumbo que había de dar origen a la escultura contemporánea: la obra de arte contrapuesta, no sin fricciones aristadas, al objeto artístico. En otras palabras, el momento de la imaginativa afirmación de las formas plásticas en el espacio más allá de servidumbres del estilo, tendencia, escuela o filiación conceptual. Un arte, así, de formas libres frente a la habitual secuela de pertenencias e identidades artísticas siempre restrictivas que ha calificado el arte europeo, llamemos histórico, a partir del confuso final del siglo XIX. La sucesión imparable de correctivos sensibles estimulados por el cubismo y contextualizados por una trama narrativa así mismo condicionante desde el punto de vista temporal en mayor medida que artística. La deslumbrante eclosión de las vanguardias al romper el siglo XX.

Un arte asumido y realizado por dos escultores que comparten la exigencia de la obra bien hecha, pero, a su vez, la convicción de que en ese compromiso se fundamenta una irrenunciable propuesta ética que apela a la sociedad como el conjunto de esforzados profesionales aunados por el imperativo moral del trabajo solidario. ‘La Montserrat’ de Julio González, una premonición extrema, en los albores de la Guerra Civil, al igual que lo sería las ‘Medals For Dishonor’ de David Smith en el umbral de la hecatombe mundial por llegar. Dos artistas que al margen de la distancia que los separa, señalan un antes y un después en la comprensión contemporánea de la escultura y comparten buen número de convicciones decisivas. A la mirada del siglo XXI cuando menos.

img_03Julio González (1876-1942) fue un artista anclado con fuerza en la modernidad barcelonesa, amigo de Picasso y temprano exiliado en París, pero formado en la estética realista y figurativa del artesanado ancestral que calibró pronto la vertiente subversiva aventurada por el arte radical. Comenzó su experiencia con el trabajo del metal, con la escultura del hierro con la alerta complicidad  de Pablo Picasso pero desde una perspectiva doble: en primer lugar a través de algunas máscaras que evocan con fuerza la plástica étnica africana, entonces recién difundida en París por la legendaria expedición a Djibuti mostrada en el Musée de l’Homme, para dar inmediatamente entrada en su taller a compactas construcciones de geometrización cubista. Más tarde la propuesta de una escultura abierta urdida por la soldadura industrial, que atempera la solidez volumétrica y extiende el espacio a un entramado de constelaciones formales de remota urdimbre figurativa. Un arte orgánico de arriesgados signos sensibles en el espacio.

También David Smith (1906-1965) nacido en Indiana vivió un duro aprendizaje en la soldadura en la cadena de montaje industrial. Pero se educó artísticamente, sin embargo, en la exuberante sensibilidad que distinguió a Arts Students League neoyorquina, junto a Arshile Gorky y Willem De Kooning, y conoció pronto las derivaciones contagiosas de la segunda vanguardia europea que empezaba el desembarco en Norteamérica. A partir de 1933 David Smith se convierte en escultor y ensaya la experimentación formal sobre el hierro soldado que lo llevará al descubrimiento de la obra en hierro de Julio González, a quien debía su “liberación técnica”. González fue para Smith “el maestro de la soldadura”, el audaz fantaseador de formas sensibles durante un viaje iniciático del artista de Indiana al París de entreguerras. David Smith propuso, años después,  la argumentación que apunta la fortuna crítica de Julio González y su lugar privilegiado de la plástica moderna: fue el creador de la escultura abstracta en hierro, que supo fundir y articular genialmente como dibujo en el espacio. El nuevo arte de David Smith recupera el fragmento urbano casual, pero en un elaborado programa plástico enraizado en el escultura metálica despejada y lineal. Una suerte de ‘caligrafía tridimensional’ siempre original y polémica que había de convertirlo en el clásico de la escultura norteamericana de su siglo.

img_04En definitiva, dos artistas de su tiempo que abordan con nueva sensibilidad y disciplina artesanal el horizonte de desafíos experimentales potenciado por el hierro y el metal mediado, sin embargo, por una nueva formulación del espacio plástico, consecuencia decisiva de la fundición y la soldadura, una alambicada  combinatoria matérica que alcanzó en breve los resultados sorprendentes y las inesperadas resonancias plásticas que nos ayudan hoy, a entender la raíces de la escultura contemporánea. Obras que nos devuelven al instante mágico “ de la escultura heroica” del que hablaba Clement Greenberg, de una potente voluntad icónica que a la simple mirada frontal adquieren  dimensión hierática y vertical, en efecto, porque se transfigura de inmediato en una configuración feliz conseguida a través del equilibrio de la amalgama metálica. Obras poderosas pensadas y trazadas lentamente en el caso de Julio González, como se ha observado con agudeza, que desafían la gravedad “desde una materialidad delgada y vacía”, hasta alcanzar los sutiles ensamblages industriales que responden a una callada cadencia rítmica como es el caso de David Smith. Siempre con el aguijón del dibujo escultórico sorprendido en el espacio, que añade a la obra tridimensional una escueta dimensión inaprensible y huidiza.

 

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