11 abril, 2012

Josep de C. Laplana, Director del Museo de Montserrat.

Recibí su cuestionario sobre “Seguridad en los museos” y, a pesar de mi buena voluntad para contestarlo, me encontré con la dificultad de que el Museo de Montserrat, que yo dirijo, es un tanto diferente de los otros museos civiles o eclesiásticos. Por eso, si ustedes me lo permiten, en vez de contestar punto por punto su cuestionario, me lanzo a campo abierto para explicarle quiénes somos y cómo funcionamos en lo referente a seguridad.

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Ante todo debo decir que el Museo de Montserrat no es una entidad autónoma e independiente sino que desde siempre, y de acuerdo con su naturaleza, es una sección o departamento inserido en el conjunto del Monasterio de Montserrat y en el emblemático santuario catalán. Montserrat recibe anualmente unos dos millones y medio de visitantes, de los que sólo unos ciento veinte mil entran en el Museo, de los cuales un 65% son extranjeros, un 30% catalanes y sólo un 5% del resto de España. Unas cifras muy bajas, yo casi diría escandalosas, pero es lo que hay.

Otro rasgo que puede extrañar a muchos es que a pesar de ser un museo de titularidad eclesiástica, el nuestro es muy poco “religioso”; el monasterio perdió su patrimonio histórico durante el primer tercio del siglo XIX, y la mayoría de las obras expuestas provienen de donaciones y tienen temática profana, excepto las medievales y barrocas. El Museo de Montserrat es eminente sobre todo por el arte catalán de los siglos XIX y XX. El arte religioso propiamente dicho se encuentra más bien en el interior de la basílica, sin olvidar los numerosos monumentos exteriores, obras de escultores catalanes famosos. La seguridad de la basílica y del conjunto de Montserrat, en el que se inserta el Museo, depende de un Director de Seguridad, que es D. Jesús Alcantarilla, un profesional de gran experiencia y muy bien acreditado en el sector, que llegó a Montserrat procedente del Museo Picasso de Barcelona

Debo matizar lo dicho añadiendo que la dirección del Museo, que depende directamente del Monasterio, tiene un amplio margen de libertad de iniciativas y también de gestión y que D. Jesús Alcantarilla, que conoce perfectamente el funcionamiento de un museo, nos permite contar con un destacamento estable de VS y de IM, cuyos miembros reciben la formación y la información profesional de lo que es específico en la seguridad de los museos. Todos ellos son profesionales y la dirección se preocupa de inyectarles ilusión y autoestima por el trabajo que desempeñan.

La seguridad es uno de los mayores retos que tiene cualquier museo. No entraré en el debate estéril de si ocupa el primer o el tercer lugar en el ranking de prioridades, pero sí que debo decirle, que después de la dirección general del museu, entre los diversos ámbitos técnicos que se ocupan de la conservación, documentación, exposición, didáctica etc., el tema de la seguridad se encuentra muy arriba y todos los departamentos debemos tenerlo siempre muy en cuenta en todas las decisiones que deban tomarse. Creo que el valor de que goza el sector de seguridad en un museo se mide y se vive por la cantidad de dinero que se invierte en este ámbito, aunque también habría que advertir que este índice depende mucho del volumen y las circunstancias particulares de cada entidad.

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Como ya expuse al principio, el Museo de Montserrat es un caso especial; no somos muchos, pero intentamos optimizar nuestros recursos humanos. En nuestro caso, el personal dedicado a seguridad y vigilancia constituye casi un tercio de todo el personal del museo. Según mi opinión es de suma importancia que la dirección del museo sea firme y sólida, reconocida, apreciada y querida por todos los ámbitos que configuran el organigrama, de otro modo cada grupo tiende a encasillarse y surgen rivalidades estériles. Sería un grave error que la sección de seguridad no se sintiera querida y apreciada por las otras secciones y que se encastillara en una especie de búnker. Me han explicado casos de esta índole. Jamás los que trabajan en seguridad deben considerar que los cambios y movimientos de obras equivalen a atentados o riesgos inútiles perpetrados desde la dirección sólo por vanidad y por política de notoriedad. Jamás los visitantes pueden ser vistos en primer lugar como posibles agresores de la integridad de las piezas artísticas, ni los niños como un peligro inminente que habría que conjurar. Sé que estoy haciendo caricatura, pero es el modo de dar énfasis a mi pequeña teoría. La seguridad que los museos requieren no es la que paraliza, sino la que permite desempeñar todas las funciones y objetivos culturales que nos son propios con los mínimos riesgos y siempre desde una profunda sintonía con la filosofía de la institución.

Hay que evitar, pues, a toda costa el sectarismo de las secciones y generar entre todos, y sobre todo desde la dirección, un ambiente de complementariedad y de compañerismo. No me gusta en absoluto los compartimentos estancos del organigrama, sino la comunicación constante y amistosa de lo que se hace en los diversos ámbitos, sin secretismos inútiles. Los vigilantes de seguridad y auxiliares de salas deben conocer y ser sensibles al arte y al valor de lo que tienen encomendado, y esto lo aprenden porque se les explica convenientemente, y también, y sobre todo, por ósmosis, o porque escuchan a las guías con interés y desde la simpatía durante las visitas comentadas, de modo que al cabo de poco tiempo ya son capaces de responder amablemente a las preguntas que los visitantes pueden hacerles o bien indicarles dónde pueden hallar la respuesta adecuada. Considero muy importante que las noticias referentes a la vida y a la marcha del museo circulen libremente de modo que, respetando lo propio de cada sección, todo el mundo sepa lo que se está haciendo, lo proyectos en que se trabaja, a dónde se pretende ir, los objetivos que queremos lograr. En el museo, como en toda empresa, el más importante no es el que pone la mayores dificultades a los proyectos ni el que alerta sobre los más grandes peligros, para poder decir luego: “ya lo decía yo”, sino el que allana los caminos y da solución a los retos.

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Cuando la “Seguridad” entra en esta dinámica de comunicación y colaboración amistosa sin perder ni un ápice de su seriedad y eficacia – en el Museo de Montserrat casi lo estamos logrando – se percibe enseguida un cambio muy positivo en las personas y en el ambiente. Los visitantes avispados lo notan enseguida porque hay orden, porque los sistemas funcionan, porque los vigilantes vigilan, pero todo esto se realiza con naturalidad y flexibilidad , con el buen aquel humor y simpatía que se generan a partir de un concepto de la vida, de la cultura y sobre todo del valor y la dignidad inigualables de la persona humana. Para eso estamos ¿no?

Ya les he soltado mi rollo. Quizás no es lo que ustedes esperaba, pero me ha salido así. Dejo las cosas técnicas para los técnicos de seguridad. Yo como director me ocupo principalmente de lo académico, de velar por la armonía del conjunto y sobre todo intento que las personas que trabajan conmigo desarrollen sus funciones con competencia profesional, con la alegría de saber que su trabajo es de gran provecho para el bien de todos y que son apreciadas por lo que son y lo que hacen.