5 febrero, 2015

José Guerrero: cuando también las pinturas fueron «black»

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Ironías o bromas del destino, un día después de que el juez imputara a los directivos que usaron las tarjetas black de Caja Madrid, abría sus puertas una exposición, «The Presence of Black», en la sala de exposiciones de la antigua Fundación Caja Madrid, hoy Fundación Montemadrid. La presencia del negro nada tiene que ver en esta negra historia de opacas operaciones bancarias, sino con la obsesión de un pintor español, José Guerrero (1914-1991), por un color, el negro. De niño le llamaban «el amigo negro», pues siempre iba vestido de luto de arriba abajo.

Y de negro, como Goya en la Quinta del Sordo, vistió Guerrero su pintura en su largo exilio, voluntario y cultural, en Estados Unidos. Un color vivo, vibrante, dramático, sofisticado y muy español para aquel joven pintor de provincias que, tras su formación en Granada y Madrid, y el obligado paso por la Europa de vanguardias liderada por Picasso y compañía, llegó en 1950 a un Nueva York que bullía del brazo de la periodista americana con la que se casó en París, Roxane Whittier Pollock.

Los reyes de Nueva York

La ciudad de los rascacielos era una olla a presión donde la pintura gritaba con gestos muy violentos o se desparramaba en goterones por los lienzos. Lo llamaron action painting y dripping. Era el reinado del expresionismo abstracto norteamericano. Y sus monarcas, Pollock y Rothko. Recuperado del shock inicial, que hizo temblar los cimientos de su arte, Guerrero permanecería allí quince años y produjo un trabajo, en gran parte inédito en España, que ahora vemos en esta exposición. Organizada por el Centro José Guerrero, el Patronato de la Alhambra y el Generalife, la Diputación de Granada, Acción Cultural Española y las Fundaciones Montemadrid y Suñol, con motivo del centenario de su nacimiento –se conmemoró el año pasado–, cuelgan en la Casa de las Alhajas (antigua Sala de las Alhajas), hasta el 26 de abril, 80 obras.

Hace 35 años, en 1980, tuvo lugar en este mismo espacio su gran antológica en España, aquella que le acabó de consagrar como uno de los grandes pintores españoles del siglo XX. Ahora regresa con un trabajo poco o nada conocido en su país. Es el caso del Guerrero muralista. La constante innovación en su producción le llevó a investigar con materiales de construcción (uralita, cemento, ladrillos refractarios) y crear los llamados frescos portátiles. Se muestran cinco de ellos. Quiso involucrar a Rothko en colaboraciones con arquitectos, pero el pintor abstracto más espiritual de la Historia se negó en rotundo. Guerrero acabó abandonando sus experimentos murales para dedicarse de lleno a la pintura.

También inéditos, sus dibujos en homenaje a otro granadino insigne, Lorca, en el 30 aniversario de su muerte. Guerrero llegó en 1965 a Andalucía, acompañando a su esposa y al fotógrafo David Lees, quienes iban a realizar un reportaje sobre Lorca para la revista «Life». Visitaron el Barranco de Víznar, donde el poeta fue asesinado. Guerrero esbozó cuarenta hermosos dibujos en un cuaderno –28 de ellos forman parte de la muestra– y grandes lienzos, como «La Brecha de Víznar».

Inmersión americana

En 1954 su exposición al alimón con Miró en Chicago había supuesto su «inmersión americana»: lo fichó la todopoderosa Betty Parsons Gallery, donde se codeaba con la aristocracia artística: Rothko, Pollock, Barnett Newman… «Guerrero aportaba un acento específico al expresionismo abstracto norteamericano», comenta Yolanda Romero, directora del Centro José Guerrero de Granada y comisaria de la exposición, quien explica que 1958 fue otro año vital para el artista. Tiene lugar su tercera exposición individual en Nueva York («The Presence of Black», que da título a esta muestra). «Los cuadros comenzaron a gritar, se volvieron pura inquietud y ansiedad», decía Guerrero. A su éxito profesional sumó una crisis personal, que trató de vencer gracias al psicoanálisis. Es entonces cuando «va recuperando su memoria de España, el reencuentro con sus raíces y los paisajes de su infancia». En esa memoria revisada se inscribe su regreso a España en 1965 (se quedó tres años) y su emotivo periplo por los lugares lorquianos.

La exposición se completa con un conjunto importante de 35 lienzos, incluidas obras de la abstracción biomórfica de sus primeros años americanos (aún son reconocibles algunas figuras) y un flashback de los años 40, su etapa anterior al sueño americano. Hoy quedan atrás los nubarrones que hacían peligrar antaño el Centro José Guerrero. La Diputación de Granada ha renovado por diez años el acuerdo de cesión de más de 60 obras obras con la familia del artista. Una gran noticia.

Por Natividad Pulido en ABC.