29 mayo, 2013

Introspección en palacio

Rudolf Stingel

Es la quinta vez que Rudolf Stingel (Merano, Italia, 1956) expone en el Palazzo Grassi desde 2006. Pero no por esa familiaridad con el palacio diseñado por Giorgio Massari, hoy sede de la Fundación François Pinault, se ha comportado como un expansivo anfitrión. Al contrario. “El artista quería estar presente muy discretamente”. Ese es el comentario que los organizadores de la exposición monográfica Rudolf Stingel, la primera en la que un artista ocupa la totalidad del edificio —es decir, el atrio y sus dos plantas superiores—, pronuncian una y otra vez cuando se detienen frente a un autorretrato del italiano realizado en su habitual paleta de grises. En la grandiosidad del atrio del palazzo, el último que se levantó en Venecia antes de la caída de la Serenísima República, guarecido entre dos columnas, el lienzo está tenuemente iluminado y en él Rudolf Stingel no mira al frente sino hacia el canal, con expresión melancólica. El pintor sí está presente en una jornada primaveral en la que se ultima la inminente inauguración de la muestra. Charla con los responsables del montaje, pero ha advertido de que no tiene nada que decir a la prensa. Stingel es un hombre de poche parole, repiten. Prefiere que sea su arte el que hable por él. “Te brinda libertad absoluta para interpretar, por eso creo que es un gran artista”, asegura Elena Geuna, comisaria de la exposición.

En 1991 Stingel expuso por primera vez en Estados Unidos. Tenía 35 años y acababa de instalarse en Nueva York —hoy vive y trabaja entre esta ciudad y su Merano natal—. En una exposición que muchos críticos recuerdan como una de las mejores del año, Stingel cubrió el suelo con una moqueta de vibrante color naranja que proyectaba un resplandor rosáceo sobre las paredes desnudas de la galería Daniel Newburg de Manhattan. Dos años después el artista forraría los muros del Arsenale durante la Bienal de Venecia con una obra similar: una tupida alfombra naranja que invitaba a ser acariciada por los visitantes. Cualquiera podía dejar su huella en la obra de arte. “A los artistas siempre se nos acusa de ser decorativos. Quería situarme en el extremo”, justificaría Stingel años más tarde.

Desde entonces las alfombras son un elemento recurrente en su trayectoria: se sirve de ellas para alterar la tradicional bidimensionalidad de la pintura y ofrecer al espectador una “experiencia visual y táctil única”, en palabras de Martin Bethenod, director del Palazzo Grassi. Un total de 7.500 metros de alfombra han sido necesarios para tapizar los suelos y paredes —hasta el ascensor está enmoquetado— del majestuoso edificio restaurado por Tadao Ando que, afirman quienes lo visitan a diario, parece aún más grande —tiene una superficie de 5.000 metros cuadrados— desde que luce la piel granate de Stingel. En esta ocasión, el artista ha elegido un estampado oriental que, en opinión de Geuna, responde a un doble objetivo: “Celebrar la historia milenaria de Venecia y evocar a Sigmund Freud”. El padre del psicoanálisis poseía una gran colección de alfombras orientales que revestían el suelo y los muebles de su estudio —sobre el célebre diván en el que reposaban sus pacientes se extendía una alfombra iraní—. Para la comisaria, que ha dedicado dos años de trabajo a la preparación de la muestra, Freud es clave para interpretar la instalación de Stingel: “En la primera planta está el inconsciente; en la segunda, los demonios”.

En ambas plantas se sucede la treintena de obras, en su mayoría fechadas entre 2009 y 2012, que Stingel creó en sus estudios de Merano y Nueva York para su exposición en el Palazzo Grassi. En ellas se alterna la abstracción y la figuración. En la primera, un piso de espacios abiertos, cuelgan luminosas obras abstractas de medio y gran formato. En 1961, el artista Lucio Fontana expuso en el mismo Palazzo Grassi —por entonces el Centro Internazionale delle Arti e del Costume— una veintena de lienzos sobre Venecia con los que el artista trató de capturar la belleza de la ciudad. Y como hiciera Fontana, medio siglo después Stingel pretende “ofrecer una interpretación introspectiva de Venecia con la milenaria estratificación de su historia y sus tesoros arquitectónicos y artísticos”, señala Geuna. La excepción de la planta es un retrato del escultor Franz West, fallecido el año pasado. “Yo entiendo que la presencia del austriaco es un homenaje que Stingel hace a su amigo, pero insisto en que él huye de las explicaciones”.

En la segunda planta se encuentran los demonios del italiano: retratos figurativos en blanco y negro de esculturas religiosas que Stingel extrajo de libros. Los cuadros, de pequeño formato, se pierden en la imponente alfombra de apariencia gastada —por petición del artista, que buscaba que reflejase el paso del tiempo— y la disposición laberíntica de las salas. Rudolf Stingel es un viaje introspectivo, que empieza en la abstracción y termina en la figuración. También, sugiere Bethenod: “Un espacio meditativo para que el espectador encuentre la paz en el revuelo de la Bienal de Venecia”.

Rudolf Stingel. Palazzo Grassi-François Pinault Foundation. Campo San Samuele, 3231. Venecia. Hasta el 31 de diciembre. La Bienal de Venecia se inaugura el próximo 1 de junio.

Por Virginia Collera en El País.