27 octubre, 2014

Inquilina en un amor desaforado

marga-gil

Cuando nace en Las Rozas Margarita Gil Roësset era 1908 y Juan Ramón Jiménez ya destacaba entre los poetas que venían zumbando por las cuatro esquinas del Modernismo. El alumbramiento de aquella muchachita fue complicado. La madre pasó meses con la niña en brazos, como asestándole un aliento extra al escaso aliento con el que había llegado. Los médicos le auguraron una estancia muy corta en esta vida, pero las previsiones fallaron. Marga burló tan malos augurios y comenzó a tirar hacia arriba con una salud para la que no había sido convocada, mostrando ya a los siete años una extraordinaria capacidad para el dibujo.

Hasta aquí todo está en línea con los modales recobrados de una familia feliz. Los padres, acomodados y cultos. Los hermanos, delicados y atentos. Margarita, guapa, distinta, políglota. Una párvula recién salida de sus nubes y con los ojos grises. Pronto empezó a despuntar por el lado del arte, impulsada por el entusiasmo de casa, tan tonificante para quien decide viajar en dirección contraria a las convenciones.

Margarita dibuja, ilustra cuentos. A los 12 años publica sus primeras piezas. Viñetas que acompañan la historia de El niño de oro, un cuento de su hermana. Es 1920. Pero la prometedora Marga va escorándose del lado de la escultura con una vocación notable. A los 15 años está claro: es escultora. Y ante una decisión así la llevan de urgencia al taller del maestro Victorio Macho para que reciba las primeras nociones de volúmenes y los trucos esenciales para desbastar piedras, pero Macho no quiere adulterar con tácticas de manual el sofisticado talento de una damita con ramalazos de genialidad sin amarre.

Todo iba bien. Todo parecía estar del lado de la felicidad. Marga levantaba lascas con el cincel y daba forma a piezas prometedoras. Tiene ya 20 años y remata ‘Maternidad’ (1929), que es una de sus obras más notables de su primera y corta etapa. Es una chica sensible, atractiva, confeccionada para el éxito. Pero dentro de esa alegría motivada por un oficio de perfección empezaban a asomar algunas vetas de exceso emocional y otros oficios inestables.

Marga Gil Roësset es una mujer de cuello fuerte, de mirada dulce, de brazos bravos. Hermosa con su disfraz de cantera. En 1930 presenta su escultura ‘Adán y Eva’ al Premio Nacional de Escultura. Calza ya 22 años. En los periódicos aparece su nombre junto a notas de asombro. Marga mueve un esqueleto tierno aún, pero deja ver una mano ya recia movida desde una cabeza gobernada por muchos vientos.

Y llegó Juan Ramón Jiménez. A esta muchachita mecida por el difícil ensamblaje mental de los superdotados le quedan sólo dos años de vida. Juan Ramón es ya el gran poeta español del momento. El maestro rodeado de atenciones, de leyendas, de manías y caprichos celestes. Él tiene 51 años. Una noche, en un recital de ópera, Marga es presentada. Más allá de las neurastenias y los golpes de pánico, Juan Ramón es también un jaleador de muchachitas. Es feo, pero es un clásico vivo. Combinación que alienta siempre amores abstraídos. Marga queda fascinada. Lo suyo ante el poeta es un golpe seco. Un cuchillo de ala dulce y homicida. Le saltan por dentro los fusibles. Se ha enamorado con el asombro de quien descubre de mayor el mar. Zenobia, la mujer del poeta, está con ellos en esa noche de autos que desató todas las costuras del ánimo de Marga Gil Roësset, que está (sin saberlo) vista para sentencia.

Ese frío incesante que la joven siente por la noche le durará ya hasta la última mañana. La obsesión crece sin freno. Algo entre sus sienes la va ilustrando a gritos. Empieza a frecuentar a Zenobia y le hace un retrato en piedra donde asoma la extraordinaria potencia plástica de Marga, su ramalazo animal, su ráfaga extremada, su imposible reposo, su bondad lírica apoyada en piedra. El poeta, entre tanto, flirtea a su manera, insensible a las adherencias de la vida. Lee divertido las notas y dibujos que la muchachita le envía. Papeles con versos de un amor desaforado a los que no responde. “Amor mío/ ¡Juan Ramón!/ siento que la muerte/ no te da sensación/ de vértigo”.

En los últimos días de su vida destruyó casi toda su obra para no dejar huella

Marga va sacrificando la cordura de su trabajo por el delirio de su pasión. Y en adelante se limita a enmascarar las amarguras de no ser correspondida. Va dejando de comer. Su dieta principal queda reducida a litros de café y pediluvios de té, generando fortísimos movimientos tectónicos en el ánimo de la joven. El caudal de su enamoramiento desborda. Su obra, enérgica, moderna, decidida y asombrosa va perdiendo terreno. Todo es Juan Ramón, el hombre dios que no se doblega ante el misticismo sensual de una casi niña que lo persigue y lo adora, que más que leerlo lo reza.

Marga iba cada día al encuentro de aquel hombre universal. Siempre con un detalle que ofrecer: rosas, libros, frutas, papeles, cintas de colores. Pero él no hallaba inspiración sino en la quietud y el silencio. Cada vez más volada, se impuso la obligación de volverse loca. Era la única forma de subsistencia ya posible. Esculpía, cuando los demonios de su levantamiento amoroso le permitían, cada vez con más rabia. Escríbía. Dibujaba. Retrataba sus esculturas. Lo que comenzó como un gozoso tormento iba adquiriendo la contundencia desamparada de una travesía por los hielos.

Juan Ramón encontraba aquellas voladuras del ánimo de Marga como un juego de muchachitos con el tiovivo hormonal pasado de rosca. Y seguía ese teatro inflamable con su distancia de adulto complacido por los aires en celo de una damita. “Sin duda se encontraba a gusto trabajando con nosotros, trabajadores como ella. Era un ejemplo de vitalidad exaltada, de voluntad constante, de capricho enérgico. Trabajaba hora tras hora sin descanso, de pie, con dolor físico, cabeza, hígado, muelas. Se deshacía las manos, se caía, se hería. Manchada de yeso, los ojos de piedra cobraban una belleza ácida, una expresión ingente. Se iba ya de noche, corriendo. Siempre corriendo, entrando, saliendo, cargada de cosas, subiendo, bajando. Dormía poco, abandonaba el comer. Café, té, vida abreviada. No le importaba seguramente vivir. Una estoica”. Esto decía el autor de ‘Eternidades’.

Pero a Marga se le fue acabando la mecha. No estaba preparada para soportar más desvelos por el amor de alguien que nunca sería. Su pasión había alcanzado unas cotas de irrealidad de la que sólo era posible escapar con un último salto mortal. Ya no sabía si tenía un amor o se inventó un amor reclamando todas las miradas. El viernes 22 y el sábado 23 de julio de 1932, Marga Gil Roësset los dedica a destruir parte de su obra y cualquier rastro de ella. Destroza esculturas y fotografías, quema dibujos, rompe poemas. Prepara una carta de despedida a sus padres, otra a su hermana y una más a la mujer del poeta, Zenobia Camprubí. Su diario será para Juan Ramón Jiménez. “El amor es infinito…/ la muerte es infinita…/ el mar es infinito…/ la soledad es infinita…/ yo con ellos…/ ¡contigo…!/ Mañana tú ya/ sabes…/ yo…con lo infinito…”.

El domingo 23, a mediodía, se disparó en la sien con el revólver de su abuelo. Tenía 24 años y un inconcreto futuro de artista. Tiempo después, en ‘Españoles de tres mundos’, el poeta la recordó quizá con culpa, quizá con miedo: “Está enterrada en la Rozas. Un corralillo cuadrado con algunos cipreses. Fue llevada en hombros en su caja blanca llena de rosas. (…) Si pensaste al morir que ibas a ser bien recordada, no te equivocaste, Marga. Acaso te recordaremos pocos, pero nuestro recuerdo te será fiel y firme. No te olvidaremos, no te olvidaré nunca. Que hayas encontrado bajo la tierra el descanso y el sueño, el gusto que no encontraste sobre la tierra. Descansa en paz, en la paz que no supimos darte, Marga bien querida”.

Por Antonio Lucas en El Mundo.