30 noviembre, 2015

Ingres, un vanguardista en el siglo XIX

INGRES

Solo por sus retratos, Jean-Auguste-Dominique Ingres (Montauban, 1780 — París, 1867) habría ocupado un lugar privilegiado en el podio del arte. Pero él fue mucho más que el retratista de odaliscas fascinantes, mujeres en el baño turco y personajes de la alta sociedad. Considerado como el último gran discípulo de Rafael, Ingres es la gran figura de la pintura del XIX y fecundador de las vanguardias del siglo XX a través de las obras de Picasso, Matisse, Picabia, Dalí o Man Ray.

Ausente en las colecciones públicas españolas (solo la Casa de Alba posee la pintura Felipe V imponiendo el Toisón de Oro al mariscal de Berwick), la exposición que el martes abrirá sus puertas al público en el Prado es un acontecimiento en el que han participado el Louvre y el Museo Ingres de Montauban, su localidad natal, heredero de su legado. La exposición reúne 60 obras esenciales en su prolífica carrera (murió con 86 años) y permanecerá abierta hasta el 27 de marzo. Patrocinada por la Fundación AXA, será inaugurada oficialmente el próximo lunes por la reina Letizia.

Miguel Zugaza, director del museo, quiso ayer que la presentación a la prensa fuera un homenaje a Francia por los terribles atentados ocurridos hace una semana. Justo en estos días de luto han viajado desde París la mayor parte de los cuadros que integran la exposición, sin que se registrara ningún problema. “Agradecemos la generosidad de los museos prestadores, el Louvre y el Ingres de Montauban”, dijo Zugaza, “en la figura de un artista que lo es todo para la historia del arte de Francia y de toda Europa y que, además, tuvo una notable influencia en un grupo de artistas españoles. Autor de los episodios más bellos de toda la pintura del XIX, encarna una de las personalidades más universales del gran país que es Francia”.

La exposición, comisariada por Vincent Pomarède, director del departamento de pintura del Louvre en colaboración con Carlos González Navarro, conservador de El Prado, está organizada por orden cronológico a través de los retratos esenciales del artista. Lienzos y dibujos se alternan en las paredes para incidir en la extraordinaria calidad de Ingres como dibujante. “En su impulso romántico por la búsqueda de la belleza ideal”, explica González Navarro, “sumó su fascinación por el pasado clásico a su fascinación por el arte de Rafael. Engrandeció el retrato, el desnudo y la pintura de historia. Sus extraordinarias dotes como dibujante le llevaron a la cúspide de esta disciplina y mostraron su inagotable búsqueda de la perfección”.

Vincent Pomarède eligió 30 imágenes para desgranar la obra de Ingres y para detallar su concepto de la exposición. Para empezar, posó su mirada sobre el autorretrato que cierra la muestra, realizado cuando el artista tenía 78 años, prestado por la Galería de los Uffizi.

Para la primera parte, Pomarède ha escogido los desnudos más académicos de Ingres. “Como pintor se formó con su padre y con Jacques-Louis David. Con estos primeros desnudos perseguía el premio de la Academia de Roma, algo que logró y que le convirtió muy pronto en un artista muy solicitado”.

Ese éxito temprano hizo que fuera muy criticado en el ambiente artístico y que a raíz del gran retrato de Napoleón Bonaparte vestido de emperador, aquellas críticas arreciaran entre sus colegas. Pero su carrera como retratista no paró por esos desprecios públicos, ni mucho menos. Próximos al Napoleón cuelgan dos retratos deslumbrantes: El señor Bertin, periodista escritor y coleccionista, y La Condesa de Haussonville, prestada por la Frick Collection de Nueva York.
Para el experto francés, una de las obras más significativas del afán renovador de Ingres es Edipo y la esfinge (1808), un óleo neoclásico en el que el desnudo masculino retoma los modelos griegos en un insuperable juego de luces.

Los desnudos femeninos

Sus grandiosos desnudos femeninos ocupan la parte central del recorrido. Allí está con todo su esplendor La gran odalisca (1814) con sus tres vértebras de más para conseguir un movimiento corporal insólito hasta entonces, una de las obras más influyentes de la pintura moderna; Ruggiero libera a Angélica (1819), que se considera el paradigma del erotismo contemporáneo, o Baño turco (1862), tela en la que el pintor plasma su pasión por la repetición y exalta las curvas femeninas. Explica Pomarède: “Esta obra es pura música en su sucesión de curvas. Ingres pinta el cuerpo femenino en todos los estados y posiciones con un elegante aura erótica. No es de extrañar que su contemplación perturbara el concepto de arte de muchos grandes artistas del siglo XX, entre ellos, Pablo Picasso”.

El DNI de un genio del arte

Jean-Auguste Dominique Ingres nace en la localidad francesa de Montauban el 29 de agosto de 1780 y muere en París el 14 de enero de 1867.

En 1796 se instala en París. Allí empieza su formación bajo la tutela del maestro Jacques-Louis David.

En 1806 viaja a Roma, donde permanecerá 18 años. Descubre la pintura de Rafael y el Quattrocento italiano.

Cultivó, desde parámetros cercanos al romanticismo, el retrato, el desnudo femenino y la pintura orientalista, entre otros temas y géneros.

Obras clave: ‘La gran odalisca’, ‘Retrato de Louis-François Bertin’, ‘Napoleón I en su trono imperial’, ‘El baño turco’, ‘La fuente’, ‘Júpiter y Tetis’…

Por Ángeles García en El País.