7 febrero, 2012

Independencia del Reino de Chile: Una visión desde España

Dr. Rafael Vidal Delgado
Doctor en Historia y Coronel de Artillería, DEM

INDEPENDENCIA DEL REINO DE CHILE: UNA VISIÓN DESDE ESPAÑA

(SÍNTESIS GENERAL)

En el mes de octubre delaño 2010, fui invitado a pronunciar una conferencia en Santiago de Chile con motivo del bicentenario de la independencia. En realidad la independencia no fue alcanzada hasta años después, incluso se podría argüir que hasta 1826, cuando el brigadier Quintanilla rindió las armas reales en Chiloé, último bastión español en Sudamérica. Para mí fue un gran honor disertar sobre el punto de vista de España sobre los hechos que motivaron que los “reinos” americanos iniciaran su andadura independiente de la metrópoli (figura 1).

Personalmente no me gusta el término independencia, considerando que “emancipación” se aviene mejor a lo que acaeció entre 1810 y 1824.

Se aduce como una de las causas de la independencia de las “colonias españolas”, la creación de los Estados Unidos de América, antiguas colonias británica. En principio no habría nada que objetar como causa, aunque la verdad es que las situaciones en el norte francobritánico y el hispánico sur eran completamente distintas.

En primer lugar los que emigraron a las colonias inglesas eran personas, en su mayoría, desarraigadas en la metrópoli, fundamentalmente por sus creencias religiosas, cuestión impensable en los territorios hispánicos, a los cuales se emigraba por el espíritu de aventura del español, la mejora de su hacienda y para los segundones de la nobleza, obtener un título real, como ejemplo se puede poner la Ciudad de los Reyes (Lima) con más de cuarenta títulos de Castilla, era una de las capitales del imperio con más nobleza de sangre.

En segundo lugar es inexacto el término de “colonización y colonias”, conceptos generados con posterioridad a los acontecimientos. Los “conquistadores” no colonizaron sino que conquistaron reinos en nombre del Rey de España. De hecho, la estructura administrativa que plasmó España en América, se hace conforme a esos “reinosos imperios”. Cabe reseñarcomo aspecto importante en esta estructura impuesta en América es que era igual a la existente en los demás territorios de la Corona. Si se había conquistado un reino, como el de Nápoles o los imperios Aztecase Inca, se designaba un virrey, en caso de menor entidad la máxima autoridad era un gobernador o capitán general (figura 2).

En la península Ibérica existían los virreyes de Valencia y Navarra y los capitanes generales de Cataluña, Extremadura, Andalucía, etc.

Hemos hablado de “España” y el término es equívoco. Durante los “Austrias” y los “Borbones” existen “las Españas” y no “España”, siendo la primera vez que se trata en singular, es en la Constitución de 1812, que habla de la “nación española”. La diferencia es importante, mirado por supuesto desde ese momento histórico porque cuando en 1808, abandonó Madrid en dirección a Bayona, donde abdicó, Don Fernando VII, toda la organización territorial española entró en crisis, dado que no dependía de un gobierno, sino directamente del Monarca, el cual se asesoraba por los Consejos de Indias, Castilla, etc. y por los secretarios de despacho correspondientes. Por eso la pretensión de que alguien usurpara la soberanía que radicaba en el monarca, era pura utopía, declarándose “soberanos” todos los territorios españoles, naciendo con ello las Juntas de los distintos reinos, de tal forma que se da la paradoja que Inglaterra tiene que firmar siete veces, con cada Junta, el tratado de alianza en su lucha contra Napoleón.

Otro elemento que se produce en las “juntas peninsulares” es que los junteros, destituyen a las autoridades que habían sido designadas antes de la abdicación del rey, incluso en algún caso hasta llegan al asesinato, como el caso del capitán general de Andalucía, Solano. ¿Por qué entonces nos extraña que en los reinos americanos se produjera lo mismo, sustituyéndose los gobernantes por otros totalmente afines a ese territorio que se emancipaba? La única diferencia, entre lo acaecido en la Península y América, es que existe una demora en el tiempo, de tal forma que cuando se tiene claro lo que ha sucedido actúan de forma inmediata.

Don Salvador de Madariaga en su obra sobre Bolívar, segunda edición, confirma todo lo anterior, por ejemplo con respecto a la denominación de “colonias”, dice: “Los países hispanoamericanos no han sido nunca colonias”, y más adelante expone: “Los países americano antes de su emancipación eran reinos del rey de España, con igual título que los reinos europeos como Castilla o Aragón, Nápoles o Sicilia. La unión entre todos estos reinos encarnaba la Corona. Por eso, al caer en el arroyo la Corona de España en Bayona, cesaba ipso facto todo derecho del Estado español en ultramar. Al recaer la soberanía en el pueblo, recaía en cada país en su propio pueblo” (MADARIAGA, Salvador de. Bolívar. Espasa Calpe, S.A. Madrid, 1975. Segunda edición. Pág. 12).

A partir de 1810, año en que se inicia el movimiento emancipador en ultramar, cambia radicalmente la forma de gobernar “las Españas”, constituyéndose una Regencia, que con el título de “Majestad”, gobierna en nombre de Fernando VII, teniendo que ser uno de los regentes necesariamente americano. Es precisamente entre febrero de ese año y mediados de 1814, cuando las fuerzas centrífugas aminoran y todavía parece que puede volverse a la vida en común. La Constitución de 1812, constituye la Nación española como “la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios” (CONSTITUCIÓN DE 1812, artículo 1), pero es demasiado tarde, agravado además con el golpe de estado de Fernando VII, que lo transforma de “rey de España benefactor de los indios y protector de todos” en el “Tirano” y para los españoles en el “Felón” (Figura 3).

Los verdaderos movimientos independentistas surgen a partir de 1816, así en ese año se declaró separado de la monarquía española, las Provincias Unidas (Argentina); a principios de 1818, el reino de Chile; y de forma continua, 1820, 1821, 1822, … hasta 1824, que con la batalla de Ayacucho, desaparecía el poder político de España, o mejor dicho del rey, sobre los territorios americanos, bien es verdad que aún quedaron territorios fieles a la Corona, como el Alto Perú, con el general Olañeta, las islas Chiloé, con el brigadier Quintanilla; y la plaza de El Callado, con el brigadier Rodil.

El caso de Chile es algo distinto al de otros territorios, dado que no fue conquistado, existiendo un vacío casi poblacional entre los límites del imperio Inca y el territorio habitado por los Mapuches, de tal manera que Pedro Valdivia lo que encontró fue un paraíso de fertilidad, produciéndose en cierto modo una colonización, desplazándose personas de raza blanca hacía Chile (Figura 4). Los españoles, en su avance hacia el sur, se encontraron con la resistencia mapuche, siendo derrotados en la batalla de Curalaba a finales del siglo XVI, frenándose su progresión.

El reino de Chile o de Nueva Extremadura, fue gobernado por un capitán general, bajo la dependencia teórica del virrey residente en Lima, pero de hecho dependía directamente de la metrópoli, la cual nombraba a los gobernantes.

Casi trescientos años tardaron los gobernadores españoles en conquistar el territorio mapuche, indígenas que demostraron durante la guerra de emancipación gran fidelidad a la Corona Española, de tal manera que fueron los últimos que acataron el gobierno nacido de las nuevas instituciones.

La organización territorial se modificó el en transcurso de los años, pasando provincias que se encontraban al este de la cordillera de los Andes al virreinato de Río de la Plata, y el archipiélago de Chiloé pasó a depender directamente del virrey del Perú. En el primer caso a efectos de una mejor gobernabilidad y en el segundo por consideraciones estratégicas.

Conocemos muy poco de la historia americana del siglo XIX, podríamos decir que es desconocida y desde luego no se estudia en los libros de textos de los escolares y de forma muy reducida en la carrera universitaria de Historia. Los nombres y las fechas nos han llegado de forma anacrónica y de esta forma mezclamos al cura Morelos, con Bolívar, San Martín, O’Higgins, etc. y las batallas de Chacabuco con la Ayacucho. Por último terminamos con el general Rodil como “héroe de El Callao”, en definitiva menos de una página en cualquier libro de historia. No digamos a los tiempos turbulentos, posteriores a la independencia, a los que pocos estudiantes podrían explicar algo sobre ellos.

Sin embargo para la naciones americanas es su historia, la cual dividen en tres períodos, el prehispánico, el de la “ocupación española” y el contemporáneo.

El prehispánico se convierte casi en prehistoria, dada la inexistencia de textos escritos, aunque poco a poco, los arqueólogos e investigadores van reconstruyendo las vicisitudes de una serie de civilizaciones, muchas de ellas altamente organizadas y jerarquizadas.

El imperio Inca abarcaba el actual Perú, gran parte de Bolivia, Ecuador y el centro y norte de Chile, aunque la dominación de este último podría considerarse casi nominal, sirviendo de justificación jurídica a los virreyes españoles de Perú, de considerar parte del territorio virreinal a Chile.

La realidad, tal como se ha indicado con anterioridad, la despoblación del territorio y sus óptimas condiciones climatológicas, posibilitaron que en vez de una conquista se produjera una colonización, resultando la historia durante la Corona hispánica la organización administrativo del territorio, la lucha contra las apetencias británicas y la guerra contra los mapuches, denominación dada al conjunto de pueblos indígenas al sur del río Maule.

Los mapuches, con sus culturas y organizaciones políticas, estaban fragmentados, sin constituir una “civilización” al modo de los imperios azteca e incaico.

¿Quiénes fueron los que se alzaron contra el gobierno de la metrópoli? De forma muy simplificada se identifica con la clase criolla y los indígenas. He mencionado de forma consciente a la metrópoli, eludiendo a la Corona, porque los levantamientos de los primeros años, tuvieron como bandera la figura de Fernando VII, siendo protagonistas de ellos no sólo a los jurídicamente criollos, sino a muchos peninsulares o hijos de ellos, que residían en el territorio por distintas razones.

Algunos historiadores españoles emplean palabras “duras” contra los “españoles” que apoyaron la emancipación chilena, la verdad que sin ningún fundamento y llevados solo por el acaloramiento con que todavía se trata el tema de la independencia.

A más de un historiador, le he oído y leído, indicar que San Martín fue un “traidor” a su patria, y habría que preguntar a “cuál”, porque ese concepto de “las Españas” no concuerda con el actual. En la conferencia pronunciada en Santiago de Chile, expuse que el coronel Vidal y el general San Martín tenían bastantes similitudes: ambos habían nacido lejos de Málaga, pero había pasado parte de su adolescencia en dicha ciudad y la consideraban como su “pequeña patria”, independientemente de que en el caso de San Martín considerara su Patria, la Argentina y en mi caso, la actual España (Figura 5).

Don Salvador de Madariaga, en su biografía de Bolívar, presenta una sugerente hipótesis, consistente en que primero se conquista la tierra y después la tierra lo conquista a uno, indicándose con ello que la primera generación se considera oriunda de una patria, pero que la segunda, tercera y sucesivas, les ha ganado el amor a esa tierra, que sin ninguna duda es su verdadera patria, y más en el escenario de principios del siglo XIX, en el cual existía la fidelidad a la “Corona Española”, pero no a España, porque para los americanos lo que existía en la Península eran unos territorios como los suyos.

Hay personas en España que se sorprenden que la segunda generación de andaluces que viven en Cataluña se considere catalán y acepten como materno dicho idioma, cuando ello es consecuencia de la afirmación de Salvador de Madariaga de que con el paso del tiempo la tierra lo conquista a uno.

En una novela que escribo y que me desespero por no terminar, relato la gesta de la emancipación en el cono sur americano, tomando como protagonista a un supuesto personaje, Diego Hernández Carrión, capitán de ingenieros y teniente coronel del ejército, el cual es enviado por el gobierno del general Riego para conferenciar con los alzados contra la administración de la metrópoli.

En la trama novelesca, excepto este personaje, todos los demás corresponden a la vida real, aunque en algunas ocasiones con licencias sobre su verdadero comportamiento. De esta forma don Diego se casa con María Josefa Santa Cruz Villavicencio y Calahumana, hermana del general Santa Cruz, presidente sucesivo de Perú y Bolivia, y descendiente de la más rancia nobleza incaica y de la propia casa de Villavicencio. Don Diego se va encontrando en su peregrinar de embajador volante con peninsulares que se habían asentado en América y con americanos que se sentían súbditos fieles −en términos políticos de la época “realistas”−, y que no aceptaban de ninguna manera las nuevas autoridades surgidas de una supuesta “democracia” popular.

De entre los personajes reales y al mismo tiempo ficticio, se menciona a un teniente de fragata, don Juan Diéguez, el cual comandaba la barcaza “Gaditana”, que en sucesivas ocasiones y desde principios de la década de 1810, había participado en varias expediciones militares a ultramar. La vida de este personaje se difumina en la historia, aunque este autor le da vida en el siguiente pasaje:

Juan Diéguez, cuando los almirantes pasaron revista a la “Gaditana”, se apoyó en el cañón de a doce que armaba el buque y rememoró los años transcurridos entre el principios de 1815, cuando al mando del mismo barco, formó parte de la expedición que el general Morillo iba a combatir a la insurrección americana, y 1820, casi cinco años de diferencia, en los cuales había efectuado tres veces la travesía entre la península y ultramar, había bordeado el cabo de Hornos, se había casado con la chilena, Josefa Bermúdez y había tenido un hijo, tras lo cual sintió que su nueva patria necesitaba de sus servicios y ofreció sus conocimientos y su buque al general O’Higgins. ¿Era por ello un traidor a España? Había vertido su sangre en la guerra contra los franceses, siendo herido gravemente cuando ayudaba a la guarnición, durante el sitio de Tarifa a finales de 1811, había vivido esperanzado los nuevos aires de libertad de la Constitución votada en Cádiz en 1812 y había tenido noticias de los actos de crueldad que Fernando VII había reprimido los que confiaban en la soberanía nacional y no en el absolutismo de un rey artero. No, no tenía porqué sentirse culpable de nada. Su nueva patria lo necesitaba, la patria de sus hijos y no se consideraba que luchaba contra la madre patria, sino contra un gobierno presidido por un monarca felón. Pensando en todo ello se sintió más tranquilo, deseando que terminara pronto la campaña para poder regresar a Valparaíso con su mujer, su hijo y el que ahora llevaba en sus entrañas, que seguramente nacería antes de su regreso. Un hondo suspiro puso fin a sus pensamientos y mesándose el cabello observó la imponente flota.

Estos mismos pensamientos debieron pasar por la mente de San Martín, O`Higgins (Figura 6), Sucre, Santa Cruz, etc. y tantos y tantos que sirvieron fielmente al rey de España, en lo que era el concepto de Patria en aquella época: “servir al Rey”. Es más, si tomamos como ejemplo al teniente general Rafael Maroto, general realista derrotado en Chile y posteriormente apoyando al pretendiente absolutista Carlos María Isidro de Borbón, tras el “Abrazo de Vergara” con el general Espartero, finalizando siete años de lucha fratricida, regresó a la tierra de sus amores, a Chile, estando seguro que él consideró que moría en su Patria. El pueblo chileno, así lo entendió y en el centenario de la batalla de Chacabuco sus restos fueron trasladados al Mausoleo del Ejército, donde reposan con la siguiente inscripción: El Ejército de Chile al brigadier del Ejército español D. Rafael Maroto (Figura 7).

Dentro de esta síntesis general de la Independencia de Chile mediante su visión desde España, hemos obviado la propia gesta de la independencia, con actos de inusitado valor por parte de los contendientes, entre los cuales hay muy pocos peninsulares y un corto número de unidades son de esta procedencia, todo ello podría ser objeto de sucesivas columnas, en donde también trataremos sobre la “tipología” de aquella guerra, para algunos historiadores de “liberación”, para otros de “independencia”, otros de “emancipación” y para algunas reconocidas plumas: “civil”.

Quinientos millones de personas habitan y son descendientes de aquel desencadenante del “descubrimiento” de un nuevo continente por Cristóbal Colón. Trecientos años de vida en común, con sus luces y sus sombras, que de todo hubo, pero a pesar de que algunos “mesías” de ambos orillas del océano, claman contra la desaparición de la identidad, todos nos debemos sentir orgullosos de pertenecer a la misma estirpe y que seamos la mayor extensión del globo en donde las personas pueden entenderse verbalmente, siendo sus afinidades mayores que en ninguna otra parte.

Rafael Vidal
04 de diciembre de 2011 (día de Santa Bárbara, patrona de los artilleros)