18 enero, 2013

Huérfana en el cementerio

Autor: Eugéne Delacroix.
Cronología: 1824
Localización: Museo del Louvre. París.
Técnica: Óleo sobre lienzo.

El rumbo de la pintura a principios del siglo XIX estaba cambiando, un cambio motivado quizá por el desgaste del estilo neoclásico, que con sus reglas, su rigor y estricta moderación se había vuelto un movimiento excesivamente frío.

Esa frialdad hizo que muchos artistas buscasen nuevos valores y formas de entender la pintura, y de esta manera con este espíritu de renovación nacía el estilo romántico, acompañado de una imperiosa necesidad, la de expresar los sentimientos en la pintura, llevando esta necesidad hasta el límite del exceso.
El romanticismo reivindicaba la existencia del individuo y con ella la pasión, la irracionalidad, la exaltación o la imaginación. Y para ello se valía de todo tipo de escenarios, desde los conflictos bélicos, al exuberante exotismo oriental, de los más increíbles paisajes a la representación de las encendidas pasiones mundanas. Pero como no podría ser de otra forma lo acompañó de una nueva apuesta técnica, la de dejar atrás el dominio del dibujo para dar todo el protagonismo al color, a la factura de la pincelada rápida o a la luz que difumina las figuras y realza los cromatismos.

Una vez más todo se transformaba y se abría una nueva ventana en la historia del arte. Un atrayente escaparate en el que alejándose del academicismo y dejándose llevar por la pasión y la invención, los maestros románticos sin casi darse cuenta anunciaban la época moderna de la pintura.

Este estilo no se dio de la misma forma en toda Europa, pero podríamos decir que el duro conflicto entre lo clásico y lo romántico se disputó en Francia, donde el movimiento encontró dos valiosos representantes Theodore Gericault y Eugéne Delacroix. El primero moriría tristemente con tan sólo 33 años y a partir de ese momento hablar de pintura romántica francesa significaba hablar del joven y talentoso Delacroix.

Rebelde y de compleja y fuerte personalidad se convirtió muy pronto en el gran revolucionario en el país de las revoluciones. Aunque el mundo a su alrededor no paraba de cambiar, Delacroix no se sentía cómodo en la época que le tocó vivir, gran conservador en su estilo de vida, renegaba del progreso. Ni siquiera buscó ser un pintor de la vida moderna ni se dejó seducir por el realismo, aunque eso no suponía que no los valorase, ya que admiraba a pintores como Courbet o Manet que buscaban actualizar, a su manera la tradición pictórica.

Pero la genialidad de Delacroix residía en su voluntaria diferencia, el propio maestro en su actitud como artista se definía como gran pintor clásico, y gran seguidor de la tradición pero en contra del academicismo. Por eso para crear su estilo no dudo ni en un solo momento, en romper con las normas de la academia. Para ello dejó atrás el predominio del dibujo y la tradición de la copia de la estatuaria clásica. Y eligió dar prioridad a la imaginación sobre las reglas y la racionalidad, para de esta manera poder dar todo el protagonismo al color.

Y con todo ello Eugene logró algo muy personal, el cuadro ya sólo se podía entender como una perfecta armonía cromática, porque con él el color pasaba a ser el elemento constructivo.

Liberó al color a través de una pincelada viva, vibrante, llena de texturas. Único e irrepetible buscó su camino en los clásicos, y de una forma independiente creó una nueva manera de entender la pintura, pero lo que nunca pensó es que sin el quererlo se adelantaba a su tiempo y comenzaba a anunciar la modernidad.

Nada en sus inicios parecía presagiar el destino que le esperaba en la historia de la pintura.

En 1798 en Charenton – Saint – Maurice, muy cerca de París, nacía Ferdinand Victor Eugéne Delacroix. Perteneciente a una familia de alta burguesía francesa creció en un ambiente selecto y de exquisita educación, su infancia en Marsella estará marcada por sus dos grandes pasiones el dibujo y la música. A la muerte de su padre, en 1806, cuando tan sólo tenía siete años, Eugène entra en el Liceo Imperial, donde permanecerá hasta 1815, y será allí donde reciba una sólida cultura clásica.

De personalidad arrolladora e inquieta sus pasiones se forman desde muy joven, así por ejemplo Delacroix pasará el verano de 1813 en la abadía de Valmont, una etapa de descubrimientos que marcará sus inicios, adquiriendo el sentido de lo grandioso de la naturaleza y su predilección por las ruinas, la arquitectura gótica y todo lo que trasmita misterio.

Pero a finales de 1814 su felicidad se verá truncada por la muerte de su madre, no sólo se quedaba huérfano sino que su situación económica era verdaderamente complicada.

Todo cambia para Eugene, tenía dieciséis años y era el momento de plantearse el camino de su vida y lo único que tenía claro, es que dedicaría su vida a la pintura y en ello pondrá todo su empeño. En 1815 logra la admisión en el taller de Pierre Guérin, considerado por aquel entonces el lugar de formación de los jóvenes romántico. Será una elección crucial porque será allí donde conozca y crezca una gran amistad con Géricault, un artista siete años mayor que él, que marcaría por completo los destinos de su pintura. Lo conoció en un momento clave cuando éste creaba su grandiosa obra La Balsa de la Medusa, incluso llegará a posar para uno de los personajes de la obra. Tiempo después gracias a la mediación de su buen amigo, que ya era reconocido, Delacroix lograba su primer encargo, pero sin mucho éxito.

Sin dejar atrás el estudio, al año siguiente ingresa en la Academia de Bellas Artes, y en todo momento no deja de visitar el Louvre, para él su verdadera escuela, donde se acercará con admiración a través de sus copias a los grandes maestros clásicos como Rafael, Tiziano, Veronés y Rubens. Aunque esa admiración por lo clásico no es sólo en la pintura ya que entre sus lecturas preferidas se encontraban también los clásicos como Dante o Virgilio. Con el paso del tiempo a través de ambas influencias, su imaginación y su técnica se irán completando y complicando.

En esta época el replanteamiento del modelo neoclásico venía de la mano del redescubrimiento de la tradición pictórica de los maestros antiguos. Y esa fue la opción elegida por el maestro francés que se dejó inspirar por los pintores venecianos, por el poderío de Miguel Ángel pero sobre todo por la fuerza dinámica de Rubens con sus vivaces composiciones y la suntuosidad de sus colores.

Comenzaba la década de los años veinte, pero Delacroix no había logrado muchos éxitos y la situación económica se complicaba. Será entonces cuando decida interrumpir con fuerza en el mundo del arte y lo hará a través de las reglas del juego del arte académico, presentando por primera vez una obra al Salón, era el año 1822 y la obra elegida era la Barca de Dante. Gran elección, ya que su increíble éxito le colocaría en la cima de la joven generación de pintores románticos, junto con su gran amigo Géricault. Ya no había marcha atrás, comenzaba una carrera imparable, quedando patente su triunfo cuando el Estado decidió adquirir la obra, pasando a ser expuesta en el Palacio de Luxemburgo.

Una carrera llena de éxito pero siempre acompañada de polémica, prueba de ello fue lo sucedido en el Salón de 1824. Delacroix mostraba la Matanza de Quíos, una de las grandes piezas de su carrera, increíble por su maestría compositiva y técnica pero también por la gran revolución, porque con ella rompía una clara regla académica. La que consideraba como protagonistas del gran género de historia sólo los sucesos de la Antigüedad. Pero su elección fue otra, escogía un tema puramente contemporáneo, dando el papel fundamental a la directa tragedia. Una vez más, rompía las reglas renovando el lenguaje narrativo de la pintura de historia. Un nuevo logro que lo situó como indiscutible cabeza del Romanticismo.

Antes de cumplir los treinta años Delacroix ya había conseguido una gran reputación y grandes encargos del gobierno. Pero al igual que el éxito le perseguía, no le abandonaba tampoco la polémica, ya que a su apoyo del Estado siempre había que unir sus críticas en todos los salones. Y aun así, su fama seguía en aumento, era un pintor consagrado, admirado y reclamado en todos los eventos de la sociedad culta del momento. Sin embargo, en este mismo año, sufría un gran revés ya que la muerte de su amigo Géricault le afectaría profundamente.

Y será en ese mismo año cuando creará la obra “Huérfana en el cementerio” una pieza en la que la muerte esta presente, pero como no podría ser de otra forma de una manera romántica y particular. Delacroix siempre se distinguió por las escenas colosales, por las composiciones dinámicas e intensas en la exuberancia cromática. Pero en su trayectoria y principalmente en la década de los años veinte nos regaló también, imágenes más intimas, desnudos y retratos femeninos llenos de calor, frescura y vida. Donde su dominio técnico también estaba presente.

Como podemos observar en este lienzo, donde el maestro francés no buscaba plasmar a una huérfana llorando, ni una figura apagada sino una escena vibrante y directa, sin adornos y llena de sentimiento. Una figura llena de vida, expectante ante la situación vivida. Como si se tratase de una instantánea es capaz de mostrar el justo momento del gesto, de la confusión, del desconsuelo o quizá de la ira, del temor o el miedo ante la soledad o la cercanía de la muerte. Y es que llega a congelar de forma rotunda y bella la expresión del puro sentimiento de desconcierto e incomprensión ante la muerte.

El rostro de la muchacha destaca por su viveza, lograda a través de los labios ligeramente separados, el rubor de las mejillas. Y el brillo especial de los ojos de una persona asustada, temerosa, descolocada ante la incertidumbre.

El verismo con el que reproduce el rostro desencajado de la muchacha al contemplar algo que queda fuera del cuadro le añade un elemento de misterio, es ese rostro lleno de vida el que atrapa por completo al espectador. Atrapado en una escena tensa y de arrolladora belleza, dominada por la figura que sobresale por su factura prieta. Muestra su peculiar sentido de lo dramático, ya que por su actitud y viveza bien podría ser uno de sus modelos para las escenas de sus dinámicas pinturas de historia.

Y una vez más tenemos que hablar de su prodigiosa audacia técnica, algo que lo hacía único era su toque, su pincelada. Que podía llegar a variar dentro de la misma obra, como es este caso.

Por una parte utiliza una pincelada perfecta y apretada para poder conseguir todos los detalles de un rostro lleno de vida, belleza y expresión, una pincelada que delimita cada una de las diferentes carnaciones de la piel o que es capaz de mostrar con increíble fidelidad, la mirada cristalina en el preciso instante anterior a romper a llorar.

Pero luego nos encontramos con otras pinceladas, pequeñas y vibrantes aplicadas a través de pequeños golpes de pincel y separadas entre si por variantes del mismo tono, esto sobre todo se advierte en el blanco de la camisa, logrando un acabado tan lleno de vida que es capaz de mostrar todas las texturas de los volúmenes. Mientras que para el paisaje del fondo utiliza un acabado totalmente abocetado, con lo que la muchacha gana en monumentalidad.

Y todo ello acompañado de un austera paleta de colores, resolviendo la composición a través de la gama de los cremas, marrones y verdes, atribuyendo eso sí gran protagonismo al blanco, con el que logra luminosidad. Intenta armonizar los tonos dentro de la composición, de la misma manera que los colores y las luces se armonizan en la naturaleza. Estos dos elementos se complementan en la obra, porque modelando la figura a través del color y la gradación de la luz, logra que la luz parezca fundirse con la piel, mientras que con gran soltura en la ejecución recrea el volumen por medio del color.

En el cuadro no vemos la precisión de los contornos en la figura, ni una degradación de luz perfecta, ni una paleta de colores encendida, ni incluso destaca por el tema ya que no es patriótico, ni edificante. Porque el maestro una vez más nos sorprende, ya que lo que busca sencillamente es representar el instante y conseguir hacernos partícipes de las sensaciones vividas.

Delacroix no sólo se convirtió con el paso del tiempo en el gran representante del Romanticismo, sino que fue el gran referente tanto para sus contemporáneos que se rindieron a su genialidad, como para las futuras generaciones que encontraron en él el gran apoyo para cambiar la escena artística posterior. Y es que Eugéne siempre se debatió entre la tradición y el clasicismo, pero con el constante deseo de hallar, tras las apariencias, la realidad.

Sintió pasión por su trabajo y así definía lo que buscaba, “El mérito de una pintura es producir una fiesta para la vista. Lo mismo que se dice tener oído para la música, los ojos han de tener capacidad para gozar la belleza de una pintura”.

Belleza, sensualidad, fuerza, color, observación y control definen a la perfección toda su obra, hablar de Delacroix es hablar del gran revolucionario, del gran precursor, pero también del espejo donde mirarse de grandes generaciones posteriores.