21 mayo, 2013

“Hemos buscado el misterio y el juego”

La belleza encerrada

Ante las dos vistas que Velázquez pintó de los jardines de Villa Medici en Roma, Manuela Mena (Madrid, 1949) se plantea montones de preguntas. Para ella, ambas obras están cargadas de misterios y secretos que pueden tener que ver con historias sentimentales, con recuerdos muy personales del artista. No duda de que ambas escenas están relacionadas en su narración pero, ante todo, son dos soberbios estudios de la luz y de la proporción sobre el espacio. Son dos obras que constituyen un perfecto ejemplo del concepto sobre el que la conservadora del Prado ha organizado La belleza encerrada. De Fra Angelico a Fortuny, una exposición que intenta ser una versión asequible de lo que muchos califican como la pinacoteca de arte antiguo más importante del mundo. Están representados todos sus grandes artistas, las escuelas, los temas. Desde el XIV hasta el XIX. Son 281 obras escogidas entre las más de 800 de este tamaño que posee el museo. Su singularidad es el formato pequeño para contar una peculiar historia íntima de la pinacoteca.

Manuela Mena es, seguramente, una de las personas del Prado que mejor conoce cada una de las obras. No en vano empezó a trabajar como becaria en 1978 y sus primeros recuerdos están ligados al museo. Con solo tres años, recuerda ahora, sus padres la llevaban a recorrer las salas, aunque no todo fuera placer. La contemplación de Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, le provocó entonces terribles pesadillas.

Seguramente por ese exhaustivo conocimiento, el director del Prado, Miguel Zugaza, le planteó hace dos años la posibilidad de hacer una exposición de estas características. Mostrar la esencia de sus tesoros, pero en pequeño formato. Mena ya había comisariado para el museo Cuadros de gabinete, bocetos y miniaturas, Rafael y España, en 1985. La gran diferencia, entre otras, es que ahora se trataba de meter todo el Prado en una sola exposición.

Como “pequeño formato” Mena descarta la miniatura. “Pensemos en tamaños humanos. No en obras concebidas para apabullar o impresionar. Son cuadros y esculturas que podrían estar dentro de una casa, muy a la vista y muy próximas al ojo. Se ha buscado la exquisitez, el misterio, la tesis, el juego. Muchos artistas contemporáneos, desde Pablo Picasso a Damien Hirst han trabajado con estos tamaños”.
Planteamiento lúdico

El juego impregna el montaje de las 17 salas que muestran las obras en orden cronológico. Para ello, las salas temporales se han llenado de nuevas paredes, techos abuhardillados, arcos que aproximan los frescos al espectador, ventanas que parecen trampillas de palomar a través de las que las piezas parecen jugar entre sí. “La sorpresa es muy importante”, explica. “Con esos juegos visuales descubrimos conexiones entre los artistas y sus obras. La exposición está cargada de secretos hacia quien la contempla. El gran formato no permite esos juegos porque todo queda a la vista. Aquí, el visitante tiene que forzar su imaginación frente a lo que hay delante de sus ojos”.

Entre escondrijos, recovecos y zonas oscuras, Mena menciona una de las sorpresas que el visitante tendrá que descubrir: Muchacha durmiendo, de Luis Paret, un óleo de solo 19 x 15 centímetros, adquirido el pasado año por el museo y nunca expuesto hasta el momento. La muestra está llena de pequeños detalles por descubrir. En algunos casos, como en la maqueta del museo, el ojo se tendrá que esforzar para encontrar todo lo que ocultan sus minúsculas ventanas.

Son tablas, bocetos, pinturas o dibujos que llevan la firma de los grandes nombres que atesora el Prado. Sin embargo, casi la mitad de lo que se expone no forma parte de la colección permanente. Está en los almacenes o pertenece al llamado Prado disperso. Todas las piezas que lo necesitaban han sido concienzudamente restauradas. “Tenemos tantas grandes obras que no todo se puede colgar”, presume Manuela Mena. “Aunque periódicamente se van mostrando en exposiciones temporales como esta”.

¿Hay un cierto autohomenaje del museo?. “Sin duda”, responde. “Y está bien que los museos cuenten su historia. Queremos que la gente venga y que si no puede dedicar días y días a conocer a fondo las salas, se pueda llevar una impresión muy aproximada a lo que es el Prado. Aquí están Patinir, Tiziano, Giorgione, Murillo, Goya, Velázquez, El Greco… solo que en su versión más humana, por decirlo de alguna manera”.

Por Ángeles García en El País.