1 abril, 2013

Hallado el friso del cenotafio de la reina Isabel de Braganza

Un detalle del friso de veinticuatro metros

Un detalle del friso de veinticuatro metros

Palacio de Aranjuez. Apenas pasaban unos segundos de las nueve y media de la noche de aquel 26 de diciembre de 1818. Ella tenía 21 años y estaba embarazada. Sufrió un vahído y la dieron por muerta. Le practicaron una cesárea brutal, innecesaria, el feto, una niña, estaba muerto, y la sangría acabó con la vida de la madre.

Era María Isabel de Braganza, la segunda esposa del rey Fernando VII, y una de las personas que más influyeron para que se creara el Museo del Prado. Cuatro días después era enterrada en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Pero quedaban cuentas pendientes con su memoria, que sería satisfechas en unas exequias laudatorias que desde la muerte de Carlos III no se habían celebrado.

La fecha del homenaje se estableció para los días 1 y 2 de marzo de 1819. Pero antes, pocas horas después de la muerte de la reina, comenzaron los preparativos bajo las órdenes de la Mayordomía de Palacio. El encargado de diseñar el catafalco en forma de obelisco de treinta metros de altura que se levantaría en la iglesia de San Francisco el Grande sería el Arquitecto Real, Isidro González Velázquez. El costo fue de 635.955 reales de vellón. En su fabricación intervinieron escultores, el arquitecto Custodio Teodoro Moreno, el poeta Juan Bautista Arriaza y un pintor de historia, así como tallistas, carpinteros, doradores, tapiceros, cordoneros, plateros, torneros, vidrieros y floristas.

Veinticinco mil reales

Pero el gigantesco monumento necesitaba un friso pictórico que le fue encargado al hermano del arquitecto, el pintor Zacarías González Velázquez. Zacarías no se echó atrás y por 25.160 reales de vellón como paga dibujó el citado friso, una sarga compuesta de aguazo sobre tafetán de veinticuatro metros de anchura, en la que figuraban cincuenta figuras alegóricas. El trabajo se concluyó a tiempo y tanto monumento como friso también fueron usados en las exequias de Carlos IV y María Luisa de Palma, celebradas a finales de ese mismo mes de marzo.

Se cree que tras estos actos, la pieza (una auténtica joya del llamado arte efímero) pasó al Casón del Buen Retiro y no se sabe ni cómo ni cuándo acabó en manos del marqués de Cerralbo («un acaparador nato», según Lourdes Vaquero, actual directora del Museo Cerralbo) , y acabaría formando parte de su museo, aunque sufriera varias contingencias desde que el Museo fuera cedido al Estado en 1922. Las dos piezas, cuyo significado y dimensión histórica se desconocía, que componen este friso, fueron catalogadas en 1924 por Juan Cabré, y gracias a una fotografía del archivo del museo, se sabe que estuvieron colgadas en un pasillo de la tercera planta del edificio alrededor de 1941 y, después se almacenaron.

Enrollado y guardado celosamente, del friso nunca volvió a saberse. Hasta hoy, que ha sido recuperado por el historiador Alejandro Martínez, tal y como informa la revista Ars Magazine en su número de abril. Alejandro Martínez es quien ha redescubierto la historia y el significado del friso.

Sustrato de la Monarquía

Son cincuenta figuras alegóricas, de notable clasicismo, simples, claras y graves, que sirven para recordar a la reina fallecida, pero también para mostrar el sustrato ideológico de la Monarquía absolutista de Fernando VII. Así nos econtramos con figuras que subrayan las virtudes cardinales, la Prudencia y la Justicia, la Historia, el Ingenio, el Premio, la Poesía, laAgricultura, la Medicina, la Amargura, la Infelicidad, la Piedad cristiana, las virtudes sociales, la monarquía significada por sus provincias y sus escudos… es decir un retrato al detalle de lo que fue el reinado de Fernando y marcada por una profunda significación religiosa.

Durante dos siglos esta historia quedó en el corazón de Zacarías González Velázquez y sus coetáneos. Ahora sabemos lo bien que fue querida y homenajeada aquella jovencísima reina que nos dejó con tan solo veintiún años.

Por Manuel de la Fuente de ABC.