15 octubre, 2014

Frank Gehry, renacer en París

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La Fundación Louis Vuitton es el único lugar de París donde se puede ver la Torre Eiffel sin ver la torre de Mont­parnasse”. La broma la repite Frank Gehry (Toronto, 1929) en una de las terrazas de su nuevo edificio frente al Bois de Boulogne. Y ese chiste delata que el arquitecto californiano de origen canadiense conoce París. Fue en esta ciudad –a la que llegó con 32 años con su primera mujer, Anita Snyder, y sus dos hijas– donde renació como arquitecto. “Me ofrecieron un ascenso, pero yo ahorré durante un año para irme a París”, cuenta. Gehry ha descrito ese viaje más como una necesidad vital que como un capricho. Pero no debió de ser fácil. “Trabajé para un tipo que me pagaba muy poco [André Remondet]”. Pero conoció Europa. “Los edificios que vi cambiaron mi vida. Los profesores modernos no me habían preparado para la belleza y la humanidad de la arquitectura antigua”, explica.

Conocer la ciudad donde ahora renace de nuevo –dando otra vuelta de tuerca a su arquitectura– cambió su vida en 1961. Y reafirmó la vocación plástica de un joven inmigrante que se había pagado los estudios en la Universidad del Sur de California conduciendo una furgoneta de reparto. En realidad, el que se tituló en 1954 fue Ephraim Owen Goldberg. Frank Gehry no aparecería hasta dos años después, cuatro antes de viajar a París, cuando su mujer le aconsejó que cambiara de nombre porque temía que sus hijas fueran víctimas del antisemitismo. Una película de Sydney Pollack (Apuntes de Frank Gehry, 2005) y el propio Geh­ry han explicado la historia de inseguridades en la que está cimentado su genio. París fue el lugar que contribuyó a descorcharlo como persona, la ciudad que le dio energía para atreverse a arriesgar. En 1962 regresó a Los Ángeles dispuesto a abrir oficina propia y tan seguro de su capacidad plástica como para proponer los edificios torcidos, escultóricos e inesperados que le han convertido en el arquitecto vivo más famoso del mundo.

Eso es su último trabajo: una gran escultura en el perímetro de un parque y frente al bosque más grande de París. En muchos de los anteriores inmuebles de Gehry –en el Museo de Arte Weisman en Minneapolis (1993) o en el Stata Center que hizo para el MIT en Boston (2004)– puede observarse la huella de las mansardas parisienses. En este nuevo inmueble también hay quiebros e inclinaciones, pero, junto al estallido creativo, hay un nuevo reposo. Tal vez por eso Gehry bromea con las vistas desde las terrazas en una referencia al chiste arquitectónico más famoso de la capital francesa: ¿cuál es el lugar más bonito de París? La odiada torre de Mont­parnasse. ¿Por qué? Porque es el único sitio desde donde no se ve la torre de Montparnasse.

Al oeste de la ciudad, el barrio de Passy necesitaba la vitalidad que, con 85 años, todavía irradia Gehry. Junto a un deliciosamente decadente Jardin d’Acclimatation (zoológico y parque de atracciones) y frente al frondoso bosque de Boulougne, la nueva fundación es una síntesis entre un iglú y un montón de velas de barco apiladas. Pero también se deja envolver por los reflejos de los jardines. Así, indefinido y sin embargo rotundo, es claramente un edificio firmado por Gehry, pero no lleva como mensaje una revolución. Al contrario, el color blanco de sus partes opacas habla de una nueva serenidad en el inagotable creador norteamericano. También de una voluntad de mantenerse fuera del tiempo que el propio arquitecto reconoce fruto de su “profundo entendimiento con el cliente: Bernard Arnault”. Jean-Paul Claverie, el consejero cultural de LVMH y artífice del encuentro entre Gehry y su jefe, lo ratifica. Y asegura que el acuerdo es que “en 70 años no se necesite cambiar ningún elemento”. Muchos años para el otro acuerdo, establecido con el Ayuntamiento parisiense, que cede a la fundación el terreno –ocupado antes por una bolera– durante 55 años y establece que, transcurrido este tiempo, el inmueble pase a tener titularidad municipal.

La nueva obra de Gehry es la síntesis entre un iglú y un montón de velas de barco apiladas y rodeadas de jardines

Junto al museo, el edificio racionalista del antiguo Musée National des Arts et Traditions Populaires permanece cerrado desde hace más de un lustro (su colección fue trasladada al MUCEM de Marsella). Una de las fachadas se enfrenta a los castaños de indias, a la hojarasca y a los senderos del Bois de Boulogne, un bosque abierto, sin puerta de acceso, que dobla la superficie de Central Park y cuyo carácter laberíntico es aprovechado para ejercer la prostitución. Eso ha hecho que muchos parisienses hayan dejado de visitarlo. Al otro lado del inmueble, el Jardin d’Acclimatation representa una época en la que se actuaba con cautela: Napoleón III lo hizo construir para que las plantas tropicales se adaptaran al clima local. Allí vivió la primera jirafa que pisó Francia y muchos de los pájaros exóticos encerrados en su aviario tuvieron que ser sacrificados para que comieran los ciudadanos durante la guerra franco-prusiana de 1870.

Ese jardín –que gestiona el grupo LVMH: el antiguo dueño de Christian Dior lo compró para acallar los rugidos de los leones que despertaban a su mujer– ha cedido ahora una gran explanada de césped a la Fondation que es, según Gehry, el mejor lugar para contemplar su edificio. Desde allí uno puede asomarse al grotto: así ha bautizado el arquitecto el estanque que velará por mantener la temperatura a raya. De la misma manera que los ciudadanos le ponen apodos a la fundación, a Gehry le resulta cómodo bautizar las partes de sus proyectos. Así, el iceberg contiene las galerías, y el cañón, la escalera principal. El día en que El País Semanal visita el edificio, un cuarteto ensaya una pieza de jazz junto a esa escalera, en el atrio central. Acompañan al pianista un contrabajo y unos bongos. La mezcla es tan ecléctica como la idea de cultura que defiende la fundación para el siglo XXI, y como la propia colección que Arnault y Claverie llevan dos décadas atesorando.

Fue en 1989, recién elegido presidente (y máximo accionista) del grupo LVMH cuando Arnault conoció a su inseparable asesor cultural. Tras una primera década dedicado a comprar empresas –Kenzo en 1993, Guerlain en 1994, Loewe en 1996 y Fendi en 2000–, en la segunda optó por convertir el arte en la estrategia de comunicación del grupo. De Claverie fue la idea de pasar de coleccionar a exhibir. Hoy reconoce que la perspectiva de una fundación incrementó notablemente las adquisiciones. Y adelanta que cuando se inaugure el próximo 27 de octubre mostrarán sus piezas más singulares: “Jeff Koons, Boltanski, Gilbert & George y Murakami”, pero explica que fue el Museo Guggenheim de Bilbao lo que hizo que Arnault pensara que Gehry tenía que ser su arquitecto.

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Claverie es de Burdeos, estudió en Bretaña y se doctoró en París en Medicina y Derecho. Tenía 25 años cuando empezó a asesorar al ministro de Cultura Jack Lang. ¿Qué consejos da un joven de 25 años? “El sentido común y el entusiasmo no tienen edad. La aventura duró siete años. Luego llegó el señor Arnault y me convertí en otro hombre”. Claverie tiene una casa en Biarritz y viaja con frecuencia a Bilbao. Cuando descubrió el Guggenheim se obsesionó. “Lo que más me impresionaba era que aunque pasara el tiempo, el edificio mantenía su poder de seducción”. Insistió a Bernard Arnault para que fuera a verlo. Lo convenció diciéndole que no podía describirlo con palabras. En 2001, una visita al Guggenheim convenció también a Arnault, “que es ingeniero y aplaudió la complejidad constructiva”. Dos meses después comían con Gehry en Nueva York.

En el 22 de la Avenue Montaigne, sede del grupo, una maqueta de la sección del edificio hace ahora compañía a las estridentes esculturas de Murakami que decoran el hall. Está claro que la arquitectura ha ganado peso en la agenda cultural de la empresa. No obstante, Jean-Paul Claverie habla de un interés antiguo por parte de Bernard Arnault, que contrató a Christian de Portzamparc “cuando apenas era conocido” –en realidad tenía el Premio Pritz­ker– y “confió en Kazuyo Sejima para construir la cara de Christian Dior en Tokio”. “Él descubrió a muchos de los arquitectos que hoy son famosos”, señala exagerando el logro.

En la fundación, cuya entrada costará lo mismo que la del Louvre, 14 euros, el restaurante circular rodeado de vidrios transparentes solo tiene capacidad para 50 comensales, pero es un espacio magnífico: generoso hasta la extravagancia en la altura (43 metros) y, sin embargo, acogedor, envolvente a pesar de estar rodeado de vidrio. Lo mismo sucede con las 11 salas. Algunas son enormes y otras muy pequeñas. Pero incluso en esos espacios cerrados, el arquitecto ha dejado su marca inclinando los muros, disparando la altura o abriendo claraboyas. Como la de la sala llamada La Capilla, cuya cubierta permite que los pájaros se cuelen en el interior del museo.

Esto no es un ‘remake’ de Bilbao. Veinte años después, ni el mejor arquitecto puede repetir el mejor edificio”

El consejero cultural de Bernard Arnault explica que su jefe “tenía en mente que el éxito del grupo debe pagar un tributo a la cultura, a lo que nos define como civilización”. Defiende que “el éxito mundial del lujo está profundamente basado en la cultura”. Y razona que “cuando compras un objeto de lujo compras valores”. ¿Cree que en el siglo XXI el lujo tiene que ver con la cultura más que con la imagen? “El lujo tiene raíces. La gente quiere hablar de sus valores con los objetos que adquiere”.

Con una facturación anual de 29.149 millones de euros, LVMH es la compañía francesa líder en mecenazgo. Lo explica Claverie. Aunque él habla de filantropía: la educación, las acciones humanitarias y el arte tejen una idea de cultura. Por eso, más allá de los millones de euros (no revelados) invertidos en este edificio, y de programas sociales –como el que realizan en Haití desde hace 20 años–, explica que la fundación “quiere descubrir talentos, indagar en otros creativos que no tienen nada que ver con la fabricación de nuestros productos, acercarse a la base de lo que vendrá mañana”.

“No sé cuántos arquitectos californianos podrían citar a Proust de memoria”, tercia Claverie para loar de nuevo a Gehry. “Cuando llegó hasta el parque se emocionó. En el avión de regreso no pudo dormir y aterrizó con un cuaderno lleno de croquis”. En esos dibujos se reconoce el edificio de hoy. “Todas las decisiones están ahí: la base líquida, que hace referencia a los estanques y los lagos del bosque, los reflejos de las copas de los árboles”. Es cierto que a pesar de su contundencia formal, el edificio se mezcla con el entorno, no hiere el lugar, habla con él. Además, permite ver otro París. Permite también soñar con otra vida para el barrio.

Claverie asegura que no le pidieron a Frank Geh­ry que diferenciara su Fondation del Guggenheim. Sin embargo, él lo hizo. Ocurrió poco a poco. El consejero cultural explica que Arnault y Gehry decidieron a la par el color de las partes opacas del edificio, los volúmenes que encierran las galerías. “Al principio, Frank propuso cubrir esos cubículos con titanio de diversos colores. Era divertido, pero cuando algo es demasiado divertido al final cansa y se convierte en efímero. Soy testigo de que el día en que Gehry propuso renunciar a esos colores Bernard Arnault quería hacerle justo esa propuesta. El blanco era el color atemporal que necesitábamos porque puede jugar con la luz y los elementos naturales. Y no resta un ápice a la expresividad de Gehry”, afirma. Y hay que darle la razón: un edificio así no necesita el color.

¿Teme a las críticas por haber elegido un arquitecto estrella en un tiempo que se cuestiona la arquitectura espectáculo? “Siempre faltan genios. El problema no son las estrellas arquitectónicas, un edificio no puede ser un capricho. Debe gestarse, pensarse con tiempo. Y solo los grandes artistas están dispuestos a arriesgar de verdad”. Gehry arriesgó al proponer un nuevo escalón en su carrera: “Esto no es un remake de Bilbao. Veinte años después, ni el mejor arquitecto puede repetir el mejor edificio”.

Puede que este nuevo Gehry parisiense –el arquitecto ya levantó en la ciudad el American Center en 1994– se explique mejor con un cuadro que el coleccionista Bernard Arnault tiene en su oficina. Es un rothko, pero no es un roth­ko más. Frente a los lienzos oscuros y dramáticos que pueden verse en la Tate Modern de Londres, el suyo es ligero, luminoso. Uno comprende ante una pintura así que Arnault busca algo más: lo distinto en lo diferente. Aunque… Claverie guarda un silencio irónico: no sabe si Gehry ha visto el rothko.

–¿Por qué quieren llegar a gente que no tiene dinero para comprar sus productos?

–Hace años que el grupo se dedica a transmitir valores a los jóvenes. Trabajamos para mantener los oficios artísticos de generación en generación. Y creemos que el siglo XXI es el de la mezcla. Las instalaciones de la fundación nos permitirán mostrar así el arte: relacionándolo con otras disciplinas.

–¿Será la moda una de estas disciplinas?

–Aunque los diseñadores estén muy cerca de los artistas, no podemos decir que la moda sea arte. Pero es creación. Expresa los valores del mundo. Los artistas detectan las tensiones de la sociedad. Nos hacen más conscientes. Intuyen el futuro. Son un antídoto ante la temporalidad de la vida. Uno puede descubrir cosas de sí mismo conmovido por obras de arte. Puede que el arte del siglo XXI sea más eficaz que el psicoanálisis. Voilà.

Por Anatxu Zabalbeascoa en El País.