22 julio, 2010

Fiel a los maestros

Mercedes Solé es una de los 60 copistas oficiales del Museo del Prado.

Exhibe en la Galería Orfila su primera exposición individual.

Puede que se haya cruzado con ella o con cualquiera de sus 60 compañeros en alguna de sus visitas al Museo del Prado. Nunca en la misma sala, ley de la casa. Mercedes Solé es una de las copistas oficiales de la pinacoteca, una de las artistas que tienen permiso para extender su sintasol frente a una de las obras maestras y, sin ocupar más de un metro cuadrado con su maletín, su paleta y su caballete, beber directamente de la genialidad de Velázquez, de Rubens o de El Greco.

Tras cuatro años de trabajo concienzudo en una facultad de Bellas Artes en la que muchos desearían formarse, la pintora exhibe sus cuadros en una exposición en la Galería Orfila de Madrid, a la que ha titulado simplemente ‘El Prado’. La muestra, en la que reúne a ‘Las Meninas’ con el ‘Agnus Dei’ de Zurbarán, o a ‘Los chicos en la playa’, de Sorolla con ‘La dama que enseña el seno’, de Tintoretto, estará abierta hasta el próximo viernes.

Mercedes Solé ha pintado siempre, aunque ésta es su primera muestra individual. Se formó de jovencita y, aunque nunca dejó del todo los pinceles, se casó y educó a sus cuatro hijos, por lo que durante muchos años fue sólo una afición. Aunque su especialidad eran los retratos, quiso dar un paso más y aprender de los más grandes. Le fascinaba la escuela veneciana, sobre todo Tintoretto y Tiziano, pero también la minuciosidad de Velázquez o la espiritualidad que desprende El Greco.

Frente a sus obras, prácticamente ha charlado con los maestros: “Aprendes muchísimo copiando estas obras y para mí es un gran privilegio poder pintar en una de las pinacotecas más importantes del mundo”. Y la verdad es que no puede acceder cualquiera que se lo proponga.

El Prado exige que los aspirantes presenten un curriculum que el comité encargado acepte y la autorización de un catedrático de Historia del Arte de la Complutense que todavía esté en activo. Además, se debe entregar un dossier de su obra y, tras el análisis de toda la documentación, la solicitud se aceptará o será denegada. Luego, una vez al año, el pintor deberá renovar su permiso. Si no hubiese cumplido las normas (por ejemplo, los cuadros jamás tendrán las mismas medidas que los originales o no se permite limpiar los pinceles en los lavabos), no podrá volver a desplegar allí su caballete.

Las anécdotas en el Museo son muchas y los curiosos que se acercan a sus lienzos son decenas. Como la vez que estaba tranquilamente encajando al ‘San Andrés’ de Ribera y se le aproximó un hombre para preguntarle si, cuando lo terminara, podría vendérselo y mandárselo a Miami, donde vivía. Ella se sorprendió porque todavía lo estaba esbozando, pero él le entregó sus referencias para demostrarle que su oferta iba en serio: resultó ser uno de los abogados más importantes de EEUU y se ha convertido en uno de sus principales clientes.

Su idea es seguir y, aunque espera vender sus cuadros, su principal meta sigue siendo su propia satisfacción. Además, tiene mucho trabajo por delante: “Todavía no he hecho nada de Goya y me quedan otros grandes maestros. Tengo para muchos años en el Museo”.

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