5 agosto, 2015

Fernando Trueba: “Las meninas es puro cine”

fernando-trueba

“¡Fernandito, Fernandito!”. Los copistas del Museo del Prado conocen a ese niño de trece años que se salta las clases y aparece por los pasillos de un museo sin masas, ni japoneses a la carrera. Le gusta especialmente el jardín de la Villa Medicis, que Velázquez parece haber hecho rápido, sin desatender los asuntos más anecdóticos de la pequeña vista. Dibujos del natural que ahora vemos como anticipos impresionistas. “Es un sitio cojonudo para esconderse”. Fernandito ha perdido el diminutivo, pero sigue refugiándose en las salas, ahora abarrotadas, del Prado.

Entramos a la sala desde la galería central, Las meninas se presenta al fondo, ya saben, imponente. Trueba para y mira la pintura a lo lejos, cruza despacio la estancia, como lo hacen los que comulgan, hasta quedarse a un metro del cuadro, entre el revuelo de visitas. Aislarse delante de una obra maestra, en medio de todo este berenjenal, hasta sacarle el jugo. Difícil.

Pero lo hace. Dice entre susurros: “Es un cuadro lleno de misterios. Lo habré mirado millones de veces, pero nunca me había preguntado por qué no es apaisado. ¿Y por qué la mitad superior es puro vacío?”. Velázquez ha concentrado toda la acción de mitad hacia abajo, cualquier otro pintor ajustaría las figuras a los límites del lienzo y eliminaría tanto “aire” para dejar la composición mucho más “compuesta”. El cineasta no tarda en usar el primer simil que ilumina el porqué de esa zona en sombra: “Es como si a una música le quitaras el eco. Parece que no aporta nada, pero si desaparece se cae todo”.
Cámaras y acción

“Tiene una cosa importantísima para mí: es puro cine”. Y se salta todas las reglas que impiden caer en los tópicos a quien le acompaña. “El cine o capta un momento de vida o lo inventa. Haces que ocurra delante de la cámara. Esa es la apuesta de captar el instante. Mira los demás retratos de la sala… Nada. Sí, puede que sean narrativos. Pero esto es otra cosa, esto es cine. Velázquez tiene un director de fotografía que le ha puesto un foco ahí [a la izquierda] y otro al fondo [por donde asoma José Nieto, aposentador]”.

De hecho, el tiempo ha terminado por convertir a la familia de Felipe IV en acción en personajes en plena actuación. El director de Belle Époque continúa la comparación y se fija en la profundidad de campo, en los personajes fuera de foco [Nicolasito Perusato azuzando al dócil mastín]. Repite que es un cuadro inagotable: “Lo ha incluido todo, a los niños, los trabajadores, el poder y a sí mismo. Él está ahí, no es narcisista. No es un relato en primera persona. Probablemente se ha pintado para no ocultar que estaba. A lo mejor, lo más narcisista habría sido quitarse”.

El último en apuntarse a las teorías sobre el cuadro más sobado por los historiadores del arte fue el hispanista Jonathan Brown, que escribió lo que apunta a vuela pluma Trueba: Velázquez se lo inventó todo, es un “producto de la imaginación del pintor”. “Los hechos se convierten en ficción”, explicaba Brown para señalar la maestría de montar en cuatro meses una interpretación manipulada de la realidad de la vida de palacio. “Velázquez deseaba crear el mejor cuadro que el rey hubiera visto jamás”.

Nos apartamos de la primera línea de fuego del cuadro que viene un grupo numeroso. Se acabó la tranquilidad y el director -que empieza nuevo rodaje en marzo- habla de la penumbra, de la atmósfera, de la percepción, la memoria. Cuenta lo que le gustó la interpretación del cuadro que hizo Michel Foucault en el libro Las palabras y las cosas. Va y viene de la literatura al cine continuamente. “A Velázquez le preocupaba algo más que la realidad y la verdad. Este cuadro se pinta porque tienes la necesidad de decir algo sobre lo que haces”.

Vuelve a girarse. Se encuentra con El príncipe Baltasar Carlos, a caballo, con Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo, con La infanta Margarita de Austria, Mariana de Austria, orante o El cardenal-infante Fernando de Austria. “El tiempo”, dice. “En Las meninas hay tiempo. No un instante congelado, no. El instante es mucho más que un frame, el instante es el momento. Por eso te digo que es cine, por el sentido de la escena y de la actitud de los personajes”.

El paseo continúa hacia la sala de Las hilanderas y Marte y Mercurio y Argos y… “Marte no envejece”, dice. Trueba saca toda la artillería para bromear con la derrota humana del mito griego: se encuentra con este bigotudo pensativo, semidesnudo, con casco y escudo por los suelos y ve a alguien de resaca de los años sesenta. Marte acaba de despertar la mañana siguiente del Festival de Woodstock, en 1969. “Es un motero de resaca”.

Al volver a la galería central del museo nos encontramos con los Picasso de Basilea. Esto le gusta mucho. “Nadie puede poner líneas al arte y decir dónde empieza el arte contemporáneo y dónde acaba el clásico”. El museo ideal de Fernando Trueba es uno en el que de Goya a Picasso no hay que visitar dos edificios. “Amo a Picasso por encima de todas las cosas. Soy puro fanatismo: cualquiera que haga una mala crítica sobre su persona se convierte inmediatamente en mi enemigo”.

Ha llegado el momento de reconocer que su “sensibilidad” está más cercana al arte de finales del siglo XIX y XX. La pintura antigua le interesa sólo por su modernidad. Véase Goya y Velázquez. Habla de Giacometti, de Balthus, de Lucian Freud, de “pintores con una individualidad asombrosa”.

“Qué maravilla, lo robaría ahora mismo”. Acaba de encontrarse, cara a cara, con Hombre, mujer y niño (1906), una pintura de Picasso que no conocía. “Las meninas no las robaría, porque no es un cuadro para vivir con él, es para visitarlo”. Vuelve a guardar silencio y a repasar de arriba abajo las tres figuras construidas sobre blanco. El niño y el hombre parecen la misma persona, dice. “Los dos son Picasso, ¿no te parece? Y ella, mira ese pezón tan marcado, ahí está pasando una cosa muy loca… probablemente antes iba desnuda y luego decidió taparla”.

En la tienda de merchandising se hace con el catálogo de la exposición temporal y en el último momento encuentra la postal con los tres personajes. Vuelve hacia el mostrador blandiéndola al aire, con una cara de niño que debe parecerse a aquella con la que visitaba el museo… “¡Fernandito, Fernandito!”.

Por Peio H. Riaño en El Confidencial.