22 abril, 2015

Europa, dos siglos naufragando

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Hace dos siglos el viaje era a la inversa y los que naufragaban y morían eran los colonizadores, que navegaban camino de Senegal, enviados desde Francia para reafirmar la colonia, camino de las nuevas oportunidades que esperaban en el continente ignoto. La fragata Medusa encalla ante la costa de Mauritania, el 5 de julio de 1816. El recuento aproximado de la muerte deja al menos 149 fallecidos, a la deriva sobre una balsa maltrecha. Mueren todos menos 15, que son rescatados tras pasar 13 días en el mar.

El suceso se convierte en escándalo internacional: como capitán dirige la nave un incompetente marino, pero fiel al gobierno de la Restauración borbónica. Conduce la embarcación al desastre y el suceso se convierte en un escándalo internacional. La oposición aprovecha la catástrofe para criticar al gobierno, mientras la prensa relata escenas de pánico, locura, sed, hambre y canibalismo. Entre los supervivientes, el cirujano de la fragata, que publica un libro en el que cuenta cómo durante las dos semanas en el mar se comen a los muertos y asesinan a los más débiles.

El pintor Théodore Géricault (1791-1824) lee todas aquellas escenas en el periódico, se entrevista con los supervivientes, estudia el cuerpo humano en cadáveres de la morgue, manda construir al carpintero que hizo la Medusa una maqueta de su propia balsa. En la composición final descarta incluir escenas de canibalismo que había ensayado. Pinta cerca de 150 bocetos antes de ponerse manos a la obra con el cuadro que alteraría las convenciones del género, por su tamaño y por su enfoque.

Por primera vez, “se aplicó la escala heroica, reservados hasta entonces a temas heroicos a la representación de los sufrimientos del hombre corriente”, ha escrito Hugh Honour sobre la obra trágica. Gericualt presenta el cuadro de cuatro metros de alto y siete de largo en el salón de 1819 y se convierte de manera inmediata en un símbolo de compromiso ideológico. La nave destrozada y semihundida, la repercusión de la desdicha recuerda estos días al mayor desastre en aguas del Mediterráneo, según ACNUR: el naufragio en las costas próximas a Libia de 850 personas, de las que han sobrevivido 28. En 2014, casi 3.300 muertos.

Arte con política

Dos siglos más tarde, Europa sigue naufragando en las colonias, como explicaba Juan Goytisolo ayer en la Biblioteca Nacional. “El peligro reside en pensar que la pobreza es algo que pertenece a la naturaleza del náufrago”, escribió la dramaturga Angélica Liddell, en 2003, en Y los peces salieron a combatir contra los hombre, obra de teatro en la que los fallecidos en el mar son la imagen muda de la conciencia de los políticos que toleran la situación.

Ante el silencio de la política, el grito del arte. La actividad artística, en los orígenes del Romanticismo, se mostró como vehículo de defensa de la razón de la libertad. “Tal libertad no sólo afectaría a los requisitos de la ejecución artística, concierne asimismo a las aspiraciones políticas”, ha escrito el investigador Javier Arnaldo. Una parte del Romanticismo defendió el posicionamiento político del arte. De hecho, Delacroix pinta once años más tarde La libertad guiando al pueblo, claramente inspirado en La balsa de la medusa de Gericault.

Los artistas románticos no omiten la política. “El presente requiere que el arte no le preste una mirada inerte, exige que se rompan las barreras entre arte y política, que el arte salga de su ensimismamiento”, cuenta Arnaldo sobre el siglo XIX y podría utilizarse para la actualidad. Las nuevas convicciones estéticas se vinculaban, en París, con los escritores radicales, el socialismo saint-simonista y otras corrientes revolucionarias.

Ernst Fischer habló de la necesidad del arte como medio indispensable para compartir experiencias e ideas. El filósofo, político, escritor y periodista esperaba del espectador algo más productivo que limitarse a observar. Algo más que mirar la foto del desastre. El arte debe invitarlo y estimularlo a reflexionar y a pensar. “Nuestro teatro debe fomentar la emoción de la comprensión y enseñar al pueblo el placer de modificar la realidad. Nuestros públicos no sólo deben ver cómo se liberó Prometeo, sino también prepararse para el placer de liberarlo”, aseguró Bertolt Brecht como objetivo del arte.

La monumental obra de Gericault descansa en el Museo del Louvre, descontextualizada y convertida en pieza contemplativa. Las fotografías que llegan en las portadas de los diarios agitan la condición del testigo desde la otra orilla, la del periódico, a salvo. El número y la reiteración parecen dejar la sensibilidad del lector bajo cero, a la espera de una lectura del arte que amenace sus propios sentimientos. Recuperamos de nuevo a Fischer para cerrar: “El arte es necesario para que el hombre pueda conocer y cambiar el mundo”.

Por Peio H. Riaño en El Confidencial.