17 febrero, 2016

Esta maravilla va a explotar

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El joven monje admiraba atónito a los trabajadores que extraían mineral de la tierra. Su llegada al centro budista de Mes Aynak, literalmente ‘pequeño pozo de cobre’, sobrepasaba todos sus sueños.

Los templos, las murallas y las estupas correspondían a las historias que había oído desde pequeño, pero no esperaba encontrar tal cantidad de gentes diversas en un lugar dedicado a la meditación y el recogimiento. Comerciantes, monjes, leñadores, mineros, aguadores… gentes de toda procedencia se congregaban en aquel santuario.

El joven monje avanzó hacia la puerta que lo llevaría a su monasterio dejándose envolver por el regateo de los comerciantes, el olor de las especias, la belleza de las esculturas que adornaban las murallas y el color morado del Baba Wali, la montaña a cuyos pies se levantaba aquel complejo religioso y comercial. Entonces cayó en la cuenta de que en el poco tiempo que llevaba allí había visto seguidores del hinduismo, el zoroastrismo, el budismo… Toda aquella riqueza comercial, cultural y espiritual se debía a que aquel centro era un lugar de asombrosa tolerancia. Antes de cruzar el umbral de su monasterio, pensó en que había llegado al mismísimo centro del mundo.

Dieciocho siglos más tarde las ruinas de Mes Aynak, a 40 kilómetros al sur de Kabul, capital de Afganistán, se han convertido en el objetivo de todo radicalismo posible.

Hace siete años se descubrieron las ruinas de este complejo espiritual. Y mostraron al mundo un lugar increíble. Había al menos siete monasterios budistas de los que se han extraído más de 400 estatuas de Buda, manuscritos, monedas, tallas y un largo etcétera que han convertido la excavación en uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de este siglo. Pero su descubrimiento también ha iniciado la cuenta atrás para su destrucción y un reto imposible para los arqueólogos que se juegan la vida por conservar la historia y la cultura de Afganistán.

Durante la década de 1980, los rusos sembraron de minas las inmediaciones del complejo.Después llegaron los talibanes y en la zona se levantó un campamento de élite de Al Qaeda. Con el riesgo de pisar una mina cada mañana, los arqueólogos tuvieron que convencer a los talibanes para que no destruyeran los restos arqueológicos tal y como hicieron con los budas gigantes de Bamiyán, a apenas 200 kilómetros al norte de Mes Aynak. Daban trabajo a los locales y permitían que algunos talibanes se llevaran piezas arqueológicas para venderlas en el mercado negro. Pero la cosa iba a empeorar poco después. Y esta vez las amenazas no venían del integrismo islámico.

Explotación china

Mes Aynak, el ‘pequeño pozo de cobre’, se levanta sobre la segunda mayor reserva de cobre sin explotar del mundo. Cuatro kilómetros de una veta de mineral que alberga, al menos, 12,5 millones de toneladas de cobre; un tesoro económico imposible de ignorar para un país que depende de la ayuda exterior desde el año 2002 y que tiene un déficit que ronda los 6500 millones de euros.

En 2007, la empresa estatal china China Metallurgical Group Corporation (MCC) obtuvo la concesión para explotar la mina durante 30 años. El Gobierno afgano no podía resistirse a los 2700 millones de euros que aportaba la corporación. Más aún cuando a su oferta económica sumaba el desarrollo de las infraestructuras en un distrito que carecía completamente de ellas.

Los arqueólogos, que aún no han logrado saber las dimensiones totales de este grupo monástico, están seguros de que si se explota la mina los tesoros de Mes Aynak serán completamente destruidos. El Gobierno afgano parece imperturbable. El dinero que necesita con desesperación el país manda. Ni siquiera el impacto ecológico y social que supondrá la mina en la zona parece afectarles. La extracción de cobre requerirá al menos siete millones de litros de agua por cada turno de ocho horas en una zona azotada por la sequía. Muchos lugareños tendrán que desplazarse y buscar nuevas tierras. Pero la extracción ofrecerá miles de puestos de trabajo: 4500 de ellos directamente en la mina. Desde 2007, historiadores y arqueólogos trabajan en una carrera contrarreloj contra esta destrucción. Están seguros de que los tesoros culturales no podrán frenar los puramente económicos. Pero la explotación de la mina no va a ser tarea fácil.

Terreno minado

En 2012 y 2013, el lugar donde se alojaban los trabajadores de la compañía minera china sufrió el ataque con misiles de los talibanes. Al año siguiente los talibanes asesinaron a ocho expertos empleados para localizar y suprimir las minas enterradas. La muerte ronda la mina de cobre.Mientras los trabajadores locales afirman que están acostumbrados a vivir con la muerte desde que nacieron, los chinos empiezan a cuestionarse si merece la pena jugarse la vida. El inicio de la extracción, que se había fijado para 2012, ya se calcula, con optimismo, para 2018. Es una prórroga para los arqueólogos que redoblan sus esfuerzos para salvar la historia de un país cuyo integrismo y barbarie recientes han ocultado 5000 años de brillante historia y envidiable tolerancia. Las excavaciones de Mes Aynak pueden ayudar a las nuevas generaciones a entender que su historia no solo está escrita con pólvora y sangre. Pero para eso necesitan que, por una vez, la cultura venza al integrismo religioso y a los beneficios económicos a corto plazo. Y eso es algo que nadie espera que vaya a suceder.

Los templos. Al menos siete monasterios budistas fortificados forman un arco alrededor de la segunda mina de cobre más grande del planeta. Los arqueólogos luchan por recuperar este patrimonio histórico, que data del siglo III al VIII, antes de que se destruya.

PARA SABER MÁS: Mes Aynak. Jesse Russell, Ronald Cohn. Editorial Book on Demand, Miami, 2015.

Noticia original en XL Semanal