6 mayo, 2014

En busca de Giacometti

giacometti

Son seres descarnados, hechos sólo de piel y huesos, paradigma en bronce del hombre que ha atravesado la peor de las tormentas, que ha bajado a los infiernos. Espectros reducidos a su más triste condición material, casi cadáveres, individuos solos, anónimos. Seres “a mitad de camino entre la nada y el ser”, según los definió el filósofo Jean Paul Sartre. “A primera vista parecen mártires consumidos salidos del campo de concentración de Buchenwald. Pero poco después se abre paso un concepto distinto: esas naturalezas delgadas y finas se elevan al cielo”.

Hablamos de los inquietantes hombres que el artista italo-suizo Alberto Giacometti (1901-1966) empezó a esculpir en bronce a partir de 1947 y que se han convertido en metáforas existenciales de la terrible experiencia que fue la II Guerra Mundial. Giacometti pudo ver algunos de sus más descarnados efectos de ese conflicto cuando, con su pasaporte suizo y huyendo de la invasión nazi de Francia, abandonó París junto con su hermano Diego antes de que entraran en la capital francesa las fuerzas alemanas. En su éxodo pasó por Etampes, una localidad a unos 20 kilómetros de París, y allí fue testigo de un atroz bombardeo aéreo en el que la aviación alemana ametralló a las filas de prófugos indefensos.

Ahora, y hasta el próximo día 25 de este mismo mes, las fantasmagóricas y siempre inquietantes esculturas de Giacometti se exhiben en un lugar inverosímil, que casi representa su opuesto: en medio de la opulencia del museo Galleria Borghese de Roma, con sus paredes y techos profusamente decorados con frescos y sus salas llenas de esculturas neoclásicas de mármol blanco realizadas por Antonio Canova y Gian Lorenzio Bernini y por el resto de obras acumuladas por la voraz pasión coleccionista del cardenal Scipione Borghese (1577-1633). El resultado es sencillamente fascinante, siempre que no se cometa la torpeza de tratar de convertir esta exposición en una estéril competición entre el escultor suizo y maestros como Bernini o Canova. Porque, como ya escribiera Ernst Gombrich en ‘Arte y progreso’, el progreso no existe como hecho en la historia del arte, no se puede pretender una visión del arte a través de un recorrido progresista en virtud del cual esto es mejor que aquello.

Son en total 40 las piezas de Giacometti entre bronces, escayolas y dibujos que componen la muestra de la Galleria Borghese. La exposición repasa la carrera del artista, desde su vertiente onírica y surrealista hasta su lado más existencialista; pero lo más interesante es el diálogo que las esculturas de Giacometti establecen con las obras de arte que componen la colección de ese museo. Comisariada por Anna Coliva, directora de la Gallería Borghese, y por Christian Klemm, el mas importante estudioso de Gioacometti y autor de varias monografías a él dedicadas, se trata de la muestra más importante que se le ha hecho nunca en Italia al escultor: todas, absolutamente todas sus piezas más sobresalientes están aquí. La sensual belleza de su ‘Femme couchée qui rêve’ (1929), una de sus esculturas surrealistas, se mide con la belleza clásica de la Paolina de Canova. Su famoso ‘Hombre que camina’ (1947) se mide con el ‘David’ de Bernini.

El efecto es altamente sugestivo, resulta sublime ver las delicadas esculturas de Giacometti, frágiles, quebradizas, reducidas en ocasiones a un simple trazo, frente a estatuas que derrochan carne marmórea, esplendor y belleza clásica. Porque la fascinación que suscita el trabajo de Giacometti probablemente se comprende mejor llegando a él a través de la gran tradición escultórica occidental. La muestra de la Galleria Borghese no deja de ser un viaje en la representación escultórica de la figura humana, una figura que en el caso de Giacommetti se disuelve hasta el punto de casi desaparecer pero sin llegar nunca hacerlo, manteniendo en todo momento sus rasgos antropomórficos.

Copiar a los maestros

De hecho, el propio Giacometti estuvo durante toda su vida copiando obras de los maestros clásicos, confrontándose continuamente y como ningún otro artista moderno con el arte de épocas remotas. Además, y aunque el escultor suizo-italiano fue uno de los artistas que con mayor agudeza supo captar en sus obras el sentido contemporáneo del periodo posterior a la II Guerra Mundial, convirtiendo sus trabajos en la visión plástica del existencialismo, el propio Giacometti sentía como contemporáneo y vivo el arte de todas las épocas. “Todo el arte del pasado, de todas las épocas y de todas las civilizaciones aparece ante mí, todo es simultáneo como si el tiempo tomase el puesto del espacio”, subrayó en alguna ocasión.

Por todo eso, a buen seguro que a Giacometti le gustaría saberse aquí, en la Gallería Borghese, un lugar que conocía muy bien. “De golpe me veo en Roma, en la Gallería Borghese, mientras estoy copiando un Rubens”, recordaría con nostalgia en el barco que le llevó a Nueva York para participar en la gran exposición antológica que tuvo en la Gran Manzana, mientras trabajaba en un catálogo con sus copias de grandes obras del pasado. No mucho después moría en un hospital de Suiza pero ahora, casi medio siglo después de su muerte en 1966, vuelve a la Galleria Borghese donde tantas tardes pasó estudiando a los clásicos.

Al fin y al cabo, este suizo nacido la noche del 10 de octubre de 1091 en la localidad de Borgonovo de Stampa, en las montañas del cantón de Grigioni, hijo de un pintor postimpresionista de bastante talento y apadrinado por un pintor fauvista llamado Cuno Amiet, comenzó sus primeros pinitos como artista copiando las obras de los maestros antiguos cuyas reproducciones veía en lo volúmenes de la biblioteca de su padre. Y no sólo eso: cuando en la primavera de 1920, con sólo 19 años, su padre le llevó a la Bienal de arte de Venecia, no sólo descubrió a los grandes protagonistas del arte contemporáneo de la época como por ejemplo Archipenko, sino que también buceo entre los tesoros artísticos de la ciudad de los canales y quedó fascinado por Tintoretto. Tan hipnotizado como luego, en el viaje de regreso a Suiza, le dejaría su paso por Padua y el descubrimiento de Giotto y de sus frescos de la capilla de los Scrovegni.

Tal era la sugestión que los maestros italianos ejercían en él que a finales de ese mismo año se trasladó para completar sus estudios arte a Florencia, donde pasó la mayor parte de su tiempo en las salas del Museo Arqueológico mirando sobre todo una escultura egipcia que le fascinaba. Después de visitar Perugia y Asís, donde se quedó boquiabierto con el arte de Cimabue, nuestro hombre recaló en diciembre de 1920 en Roma, donde permaneció seis meses alojado en casa de unos familiares y donde llenó numerosos cuadernos con copias de cuadros, esculturas y mosaicos. También visitó Nápoles y las cercanas ruinas de Pompeya.

Pero fue en París, a donde se trasladó en 1919, donde creció como artista, donde prácticamente vivió hasta su muerte en 1966 con 64 años y donde en 1928 entró a formar parte del grupo surrealista. Y fue en París donde en 1938, con 37 años, Giacometti tuvo una revelación al ver a su amiga la modelo Isabel Lambert alejarse en medio de la noche hacia el boulevard Saint-Michel. Observó cómo se hacía cada vez más pequeña, pero sin perder intensidad y conservando intacta su propia identidad. Giacometti, que siempre se había interesado por llegar allá donde la forma humana empieza a disolverse pero sin desparecer totalmente, tuvo a partir de ese momento una obsesión: transformar esa visión de Isabel Lambert en una escultura.

Con esa idea entre ceja y ceja, a partir de 1940, Giacometti comenzó a esculpir sólo obras de dimensiones minúsculas, por lo general de sólo 10 o 12 centímetros de altura, y en ocasiones sólo de cinco centímetros, mientras que los pedestales adquirían un importancia desmedida. “Con gran terror, mis estatuas han comenzado a reducirse. Se trata de una catástrofe pavorosa”, declaró en 1940 con auténtica angustia, porque fiel al espíritu de su tiempo Giacometti observaba sus obras desde la insatisfacción perpetua, hasta tal punto que pasaba regularmente por periodos de desesperación. “Debo lograr reducir mis esculturas al formato de un mechero. Una figura que pueda ser abrazada completamente, de un solo vistazo, en su totalidad. La mirada no debe saltar de una esquina a otra, vagar de un detalle a otro. La visión debe de ser total, absoluta”, le confesó al escritor, editor y coleccionista Nesto Jacometti.

Avanzando por ese camino, por ese despojar a sus obras cada vez, por su obsesión de reducir la figura humana a su esencia, Giacometti realiza en 1947 una escultura que marca un punto de inflexión en su carrera y en la historia del arte. Lleva por título ‘Hombre que camina’ y es una reinterpretación de la obra del mismo título que en 1878 realizó su colega francés Rodin. Pero la diferencia fundamental es que el hombre de Giacometti ha renunciado a su corporeidad: es un ser descarnado, un saco de huesos, con la carne devorada por el vacío que le rodea. Jean Paul Sartre, en un texto titulado ‘La búsqueda de lo absoluto’ que se publicó en 1948 en el catálogo que acompañó a la exposición de Giacometti en la galería Maeght de Nueva York, definió al escultor como el “artista existencial” por excelencia, considerándole autor de una revolución copernicana en el mundo del arte. Para el filósofo francés, admirador de Giacometti, es uno de los protagonistas principales del contexto filosófico que surge después de la II Guerra Mundial y el arquetipo del artista moderno, una especie de mártir que se autoinmola en nombre del arte.

“He visto las esculturas de Giacometti, son muy potentes y al mismo tiempo tan delicadas que te entran ganas de describirlas como nieve que conserva la huella de las pisadas de un pájaro”, dejó dicho Jean Cocteau, quien junto con Sartre, Picasso, Miró, Max Ernst o Jean Genet fue uno de los muchos admiradores del trabajo de este escultor suizo obsesionado con el vacío.

Por Irene Hdez. Velasco en El Mundo.