20 enero, 2014

Elogio de la antigüedad

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– Anton Raphael Mengs, pintor de cámara de Carlos III, ‘apostol’ del neoclasicismo en España, fue una especie de instructor, no siempre desinhibidor, para Francisco de Goya

-La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando ‘redescubre’ su obra, hoy en parte olvidada, pese a su presencia en El Prado

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando vuelve a traer a primer plano, con una pequeña y significativa exposición, a una figura muy influyente (en su momento) en la evolución del arte español y muy vinculada a la institución. Anton Raphael Mengs determinó, durante el reinado de Carlos III y bajo las luces de la Ilustración, el tránsito del Barroco al Neoclasicismo en la pintura y en el patrimonio artístico españoles. Protagonizó, con el amparo del monarca, una tarea hoy descriptible en su alcance y sujeta a controversia.

Carlos III, hijo de Felipe V y de Isabel de Farnesio (gran amante del arte), que había sido rey de Nápoles, paradigma del déspota ilustrado, trajo a la corte madrileña a artistas italianos (Giambattista Tiépolo, el arquitecto Francesco Sabatini, etcétera) destinados a introducir un discurso estético renovador frente a las sombras y oscuridades dislocadas del Barroco español -un discurso europeo-. Pero el caso es que ese discurso remitía a la antigüedad clásica -modelo del pasado- y fue superado de forma inmediata por un pintor genial como Francisco de Goya, que prefirió al barroco Velázquez como punto de partida en vez de al renacentista Rafael, referente de Anton Mengs. Hay que decir, sin embargo, que Mengs, al final de su estancia en España, acabó recomendando la pintura velazqueña a sus discípulos.

Anton Mengs vino de Italia, sí, pero era alemán. Nacido en Bohemia, su padre, Ismael Mengs, fue un pintor danés que se estableció en Dresde y guió los primeros pasos de su hijo, que se destapaba como un joven brillante con especial habilidad para el retrato. En el Museo del Prado hay una veintena larga de lienzos de Mengs -un artista que hoy no despierta una gran curiosidad entre el público- y, amén de algunas pinturas religiosas, los retratos forman el grueso de lo expuesto, testimonio de las habilidades que le dieron, junto a los frescos en templos y palacios, crédito y encargos.

Por dos veces, sucesivos príncipes electores de Sajonia quisieron tener a Mengs en su corte y le proporcionaron trabajo y sueldo, pero -pese a cumplir brevemente con las comisiones en una segunda oportunidad- su formación y crecimiento, a instancias de su padre, se desarrolló en Roma a partir de 1741.

En Roma, Mengs copió a Rafael y se empapó de la pintura renacentista, puente hacia los cánones de la antigüedad clásica que constituyeron su ideal de belleza, tanto desde la práctica como desde la especulación teórica, pues el bohemio -tenido por filósofo en su tiempo- escribió también tratados de estética. En Roma, Mengs se casó con una muchacha de extracción humilde, Margarita Quazzi, que le había servido de modelo y, previamente, se convirtió al catolicismo. Parece ser que Mengs era de origen judío y que su conversión romana -convicciones aparte- tuvo también como fin no tanto desprenderse, en el epicentro católico, del luteranismo en el que había crecido como borrar las posibles huellas de su judaísmo.

La Academia de San Fernando presenta en estos días una edición de ‘Historia de las Artes entre los antiguos’, libro de grandísima influencia del tratadista alemán Johann Joachim Winckelman (1717-1768), amigo que fue de Mengs y coincidente con él en la necesidad de recuperar las pautas del arte clásico, lo que fundamentó el auge del Neoclasicismo.

Habiéndose lucido en Roma -iglesia de San Eusebio, Villa Albani-, Mengs recaló en Nápoles y ahí se puso a tiro de Carlos III, quien lo trajo a Madrid -ya rey de España- en setiembre de 1761 y lo puso al mando de sus principales proyectos artísticos: redecoró estancias del Palacio Real y del Palacio de Aranjuez, estuvo al frente de la Real Fábrica de Tapices y ejecutó, como pintor del rey, numerosos retratos.

Mengs tuvo el máximo poder en la corte del monarca ilustrado, lo ejerció sin contemplaciones y despertó reticencias por su carácter y complicidades interesadas. Vivió en la plaza de San Ildefonso. No se encontraba bien en la capital española -salud, incomodidad-, y regresó a Roma después de ocho años. Pero volvió en 1774, permaneció otros dos años, y volvió a irse a Roma, donde primero falleció su esposa y donde él mismo murió de tuberculosis en 1779. Dejó un montón de hijos, algunos socorridos por Carlos III.

No hay biografía de Francisco de Goya que no glose las decisivas y ambivalentes relaciones del aragonés con Mengs, quien le dio clases en sus comienzos e influyó obligadamente en su primera pintura. Fue Mengs quien trajo después a Madrid a Goya -que estaba en Italia buscándose la vida-, lo recomendó al rey y le hizo encargos de cartones para tapices, lo que permitió estabilizarse al pintor de Fuendetodos. Pero lo que vienen a consignar los especialistas es que, al final, Mengs y su pintura neoclásica terminaron siendo un tapón para Goya, que quería volar y voló en cuanto pudo por otros derroteros, más sueltos y apasionados, indiferentes al logro de la máxima perfección formal, alejados de la belleza fría e inexpresiva que se acabó atribuyendo al Neoclasicismo.

Pero Anton Mengs gozó también en España de una sólida reputación en los ambientes culturales y políticos ilustrados. Iriarte, Nicolás Fernández de Moratín, Campomanes, Olavide o Ventura Rodríguez se encontraron entre sus amigos y admiradores. Jovellanos fue un gran entusiasta de su obra, cuyos prestigiosos ecos llegaron a varias cortes europeas (Federico II el Grande de Prusia, por ejemplo) y recibieron el elogio de intelectuales como Diderot.

Anton Mengs y Giacomo Casanova se vieron en Madrid en 1767. El escritor y aventurero veneciano dio fe de ello. Hay un retrato de Casanova que se ha venido atribuyendo a Mengs, pero parece que ahora hay dudas sobre su autoría.

La Academia de San Fernando muestra manuscritos, documentos y vaciados en yeso de esculturas antiguas que Anton Mengs trajo de Italia a Madrid. Sirvieron para el estudio y dan noticia de la propuesta estética de Mengs. Los visitantes de la sede de la calle Alcalá pueden ver también el diálogo entre el videoartista Bill Viola -con doblete operístico en el Teatro Real- y algunos maestros, sobre todo, del Barroco español, el que Anton Mengs quiso dejar atrás.

 

 

por MANUEL HIDALGO, EL MUNDO