22 julio, 2010

El vagabundo millonario

Una exposición de 150 obras en la Fundación Beyeler de Basilea descubre las tres dimensiones de Basquiat, uno de los hijos perdidos del arte moderno.

El mito describe a un chico negro de la calle, un vagabundo adolescente en el Nueva York sórdido de finales de los setenta y principio de los ochenta -cuando los yuppies se mudaron a los suburbios y las calles se volvieron peligrosas-, que hacía grafitis en las paredes del SoHo, empezó a pintar de manera autodidacta y fue descubierto  por galeristas ávidos de sangre joven. Se hizo famoso, millonario, sucumbió a las drogas y murió a los 27 años de una sobredosis. Se convirtió en leyenda y su cotización siguió subiendo. Pero la vida y la obra de Jean-Michel Basquiat discurrió por otros derroteros que han quedado reducidos a la letra pequeña de su historia. Y son los que realmente lo hacen grande. Un artista de genio. Algo que puede comprobarse, en la retrospectiva que le dedica la Fundación Beyeler, en Basilea (Suiza), hasta el 5 de septiembre.

Rebobinemos. Matilde, la madre de Jean-Michel Basquiat, solía llevarlo desde niño a los museos de Nueva York. A los ocho años ya tenía carné en el MoMA y su principal impacto, confesó, fue el que sintió ante el Guernica de Picasso, que se exhibía entonces en sus salas. El malagueño fue su primer héroe y en cuanto le cayeron unos cuantos millones, lo primero que hizo Basquiat fue comprar una pintura suya. Su padre era haitiano, un contable que pudo ofrecerle buenos colegios donde le estimularan su creatividad. Los padres se divorciaron. La madre ingresó en un psiquiátrico. Jean-Michel se fue de casa a los 15 años. Vivió casi dos años sin techo, alrededor de Washington Square. “Era algo naif”, decía él. A los 17 regresó a casa, intentó terminar el Bachillerato. No lo consiguió. Volvió a la calle.

Ese año empezó a pintar en las paredes del SoHo, junto a su amigo Al Diaz, frases enigmáticas, políticas, poéticas, que firmaba SAMO. Sus pintadas llamaron tanto la atención en la Gran Manzana que fue objeto de un artículo de The Village Voice (1978) en el que se reveló su identidad. Mientras tanto, Basquiat se ganaba la vida vendiendo tarjetas postales y tocaba en una banda con cuatro amigos llamada Gray, en alusión al libro que lo fascinaba desde su infancia: Anatomía de Gray.

A los 18 años leía a Kerouac y Burroughs, también a Mark Twain. “Era educado, se expresaba con soltura, parecía un adulto y lucía como un niño algo ingenuo, como una fiera tranquila”, según el periodista televisivo Glenn O’Brien. La descripción se completa con su extraordinario gusto y personalidad al vestir, que convertían cualquier prenda de trapillo en un atuendo con clase. Su pelo parecía una escultura en eterno proceso. Emanaba una belleza magnética que le duró hasta el final de sus días. Solo una fuerza y entusiasmo semejante podían llevarlo a emprender la creación enfebrecida a la que se entregó durante los escasos años en que pudo hacerlo.

Andy Warhol fue su amigo y realizaron al alimón una serie de pinturas. Buena parte de la obra de Basquiat pasó a manos privadas porque sus precios subieron demasiado rápido para los presupuestos de los museos. Basquiat ganó y repartió mucho dinero entre sus amigos y entre los homeless que encontraba a su paso. Cuando era pobre consideraba que cualquier persona con más de 10 dólares era rico. En una década llegó a pintar un millar de obras. Las 150 que se han reunido en Basilea reflejan una tercera realidad del mundo y la figura de Basquiat. La que sostiene a las otras dos. Hasta que no se tiene la oportunidad de ver de frente sus pinturas es difícil apreciar la fuerza y el dominio que expresó en cada una. Le gustaban los lienzos de gran formato. Su presencia impone. A Basquiat le gustaba el jazz, Miles Davis. Lo suyo tiene ese tipo de musicalidad. De precisión fluida. Basquiat habría cumplido 50 años el próximo 22 de diciembre. Su obra sigue vibrando como pintura fresca.

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