25 septiembre, 2014

El Thyssen se niega a restituir un ‘Pissarro’ expoliado por los nazis

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La obra impresionista de Camille Pissarro La calle de Saint Honoré después del mediodía. Efecto de lluvia, valorada en 13 millones de euros, colgaba de las paredes del salón de la casa de Lilly Cassirer, en Múnich, cuando un miembro del partido nazi se lo arrebató en 1939. Otra de las miles de obras de arte expoliadas durante el periodo del Tercer Reich, que siguen apareciendo, lejos de las familias de propietarios originales, en colecciones y museos privados y estatales, 70 años después de que terminara la Segunda Guerra Mundial.

Su nieto Claude Cassirer, ya fallecido, no supo nada de él hasta el 2000 cuando un familiar lo descubrió en una de las salas de la colección permanente del Thyssen en Madrid donde cuelga desde 1992. Antes de morir comenzó una batalla legal contra la Fundación Thyssen -y el gobierno de España- que han continuado sus herederos. Después de que el el juzgado de Distrito de California en los que se presentó la demanda desestimara el caso en 2012, un tribunal de apelaciones revocó en diciembre de 2013 la decisión abriendo la enésima batalla de los Cassirer para que el cuadro sea restituido.

Voluntad política

Suart Dunwood, abogado de la firma Davis Wright Tremaine LLP que representa a los herederos ha explicado a La Aventura de la Historia que el Gobierno de España a través del Ministerio de Cultura es quien está bloqueando la decisión de restituir el cuadro a sus legítimos propietarios. Aunque la demanda está interpuesta contra la Fundación Thyssen, cuyos abogados defienden la titularidad de la colección desde que se iniciara el proceso, lo cierto es que es el gobierno quien ostenta en último término la propiedad de la misma, según el decreto ley de 1993, y el que decide en el seno de la Fundación.

“Al menos dos tercios del consejo de dirección de la Fundación deben ser representantes del Reino de España” explica Dunwood, “de hecho, cuatro de los miembros, ex officio, ostentan cargos importantes en la cúpula del estado: el ministro de Cultura, el secretario de Cultura, el secretario de Hacienda, y el subsecretario de Cultura. No hay duda de que el gobierno del reino de España controla de facto la Fundación y que podrían decidir restituir el cuadro si quisieran”.

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Dunwood especifica que el Estado español firmó los Principos de Washington de 1998 y la Declaración de Therezin en 2009 -en medio del proceso legal- , ambos auspiciados por la Comisión para el Arte Expoliado en Europa, en la que junto a otros 40 gobiernos suscribían el compromiso de perseguir las obras expoliadas durante el Tercer Reich así como proceder a su identificación y restitución en caso de confirmarse la propiedad. Una política que refrendó el pasado mes marzo Francia, otro de los países firmantes de las dos declaraciones, cuando devolvió tres obras en posesión del Louvre a los herederos de las familias expoliadas.

¿Por qué España se resiste en cambio a entregar el cuadro? Fuentes del Ministerio de Cultura, Educación y Deporte consultadas por La Aventura de la Historia explican que no se trata de que la obra no fuera expoliada en un “origen remoto” ya que “fue efectivamente la extorsión que sufrió Lilly Cassirer al verse obligada a entregar la pintura a los nazis a cambio de que se le diera un visado para salir de Alemania y como tal lo reconoció el gobierno Alemán cuando pagó una indemnización después de la guerra a la Sra. Cassirer” y añaden que no es que “España no sea consciente del drama sufrido durante la II GM, sino de si la propiedad corresponde a los herederos de Cassirer o no. Y los tribunales han dicho que no”.

Los responsables de Cultura aluden a que el barón Thyssen compró legalmente el cuadro hace más de 30 años y que Lilly Cassirer aceptó en 1958 una compensación del gobierno federal alemán, de 120.000 marcos por la que según los abogados de la Fundación Thyssen renunciaron a su propiedad.

No obstante, el tribunal de EE UU que desestimó la causa hace dos años no esgrimió este argumento, sino que los Cassirer habían agotado el plazo para presentar la demanda según la ley estadounidens para reclamar obras de arte expoliadas que les amparaba. Una decisión que ha sido revocada por un tribunal de apelaciones y que devuelve de nuevo el caso a los juzgados.

De Múnich a Madrid

Las peripecias del polémico cuadro antes de recalar en la sede del Museo Thyssen-Nornemisza en el paseo de Recoletos de Madrid, arroja luz a la forma en la que desaparecieron grandes cantidades de piezas de arte durante la guerra, en la que no solo los nazis ejercieron de expoliadores sino también las propias galerías de arte de países como el propio EE UU que compraron las obras aun a pesar de la sospechosa procedencia, aprovechando la confusión de la guerra. Cuando Lilly Cassirer se vio forzada en 1939 a cambiar Rue de Saint Honoré aprés midi por un pasaporte que la alejara de los campos de exterminio, el cuadro, una de las 15 obras que Pissarro pintó desde la ventana de su hotel parisino durante el invierno de 1897/98, comenzó un recorrido por medio mundo.

Durante la guerra, en Alemania, fue objeto de transacción entre varios marchantes nazis. Estuvo a punto de embarcar a Brasil, pero se quedó en el puerto holandés de Havre y retornó a Berlín. Allí fue subastado en 1943 y desapareció de la faz de la tierra. Terminada la guerra, a los Cassirer les resultó imposible seguirle la pista. Como muchas de las más de 600.000 obras que los jerarcas nazis saquearon.

“Durante años, Claude y Lilly buscaron sin resultado la obra de Pissarro”, comentó en una conversación telefónica otro de los abogados de la firma Victor Kovner. “En los años 50 no se había puesto en marcha la investigación sobre estas obras, no existían registros, ni comisiones que rastrearan las pistas, estaban solos”.

Desde la subasta de 1943, el lienzo pasó secretamente de mano en mano, de coleccionista en coleccionista, durante 33 años. Estuvo en tres galerías de Nueva York y en la mansión de un millonario de San Luis (Missouri). Un viaje de ida y vuelta que culminó con la adquisición por parte del barón Thyssen en 1976 -el precio nunca ha trascendido- para gloria de la colección que atesoraba en su castillo de Lugano, Suiza.

Del barón a Carmen Cervera

De Lugano, aún viajaría más. Su presentación nuevamente en sociedad fue obra del difunto esposo de Carmen Cervera, quien permitió en 1980 que el lienzo saliera a la luz en una exposición de su colección en Australia. Regresó al castillo, de donde partiría nuevamente -para no volver ya-, en 1992, cuando el Estado español adquirió la colección que hoy llena las salas del Thyssen.

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El origen de la propiedad de Claude es indiscutible. Paul Cassirer, quien vendió el cuadro al tatarabuelo de Claude, Julius Cassirer, había comprado la célebre obra en 1900 al marchante y amigo de Camille Pissarro Durand Rouel, quien se lo había comprado al artista dos años antes. La acaudalada familia judía de los Cassirer era por entonces célebre en Munich ya que poseían una galería de arte y una editorial.

El Pissarro fue pasando de generación en generación hasta llegar a Friedrich Cassirer, casado con Lilly, que obtuvo la propiedad del cuadro una vez que su marido falleció, en 1927. El ascenso del partido Nazi en Alemania en los años 30 comenzó a torcer su destino. Las leyes contra los judíos promulgadas por Hitler previnieron a la mayoría de acaudalados banqueros, burgueses e intelectuales. Todos los que pudieron abandonaron Alemania.

Lilly Cassirer no fue una excepción. Decidida a marcharse, cargó con el cuadro hacia Berlín en busca de un pasaporte a Londres. La historia la pudo reconstruir, Melissa Mueller, investigadora y autora de un libro sobre el expolio nazi a los judíos (Cuadros perdidos. Vidas perdidas, editado en Alemania por Elisabeth Sandmann). “Para conseguir salir del país, Lilly se vio forzada a malvender el cuadro a un marchante de arte alemán, Jacob Scheidwimmer, miembro del partido nazi, por una cantidad irrisoria: 900 marcos, más de cien veces menos de su valor. Era además una condición indispensable para no acabar en uno de los campos que ya existían”.

La contrapartida económica era, además, ficticia, porque se depositó en una cuenta bloqueada a la que nunca tuvo acceso. Lilly dejo atrás la pintura pero, como explica el abogado Víctor Kovner, logró llevarse el marco. “La madera no tenía especial valor en sí, pero resultó valioso por representar una prueba más de a quién pertenecía la obra. La foto que guardó con el Pissarro en la casa Munich muestra el mismo marco inconfundible que realzaba la pieza”.
Después de la guerra

Carmen Cervera posa junto a la obra impresionista.

Claude y su abuela se encontraron después de la Guerra en Londres en 1946 y otra vez en 1951. Durante esa época buscaron infructuosamente el cuadro en Europa. En 1952 lo adquirió la Galería Knoedler de Nueva York, que se lo vendió en el mismo año a un rico hombre de negocios de San Louis, Missouri, llamado Sydney Schoenberg. Allí permaneció 24 años hasta que otro gigante de las transacciones artísticas, Steve Hahn, lo adquirió de Schoenberg para vendérselo al barón en 1975.

En 1958, cuatro años antes de morir, Lilly consiguió el reconocimiento de su propiedad por parte del Gobierno Federal Alemán y una compensación de 120.000 marcos. Los abogados que representan a la Fundación Thyssen consideran que, con este acuerdo, renunció a la propiedad, un argumento que esgrimen desde que se inició el proceso y que mantienen ahora. Mientras que los abogados de la firma estadounidense aseguran que sólo sirvió para reconocer su derecho sobre el cuadro y compensarla por los daños.

No hay duda de que el barón compró de buena fe y conforme a la ley. Tampoco de que se trate de un expolio. A diferencia de las obras subastadas, algunas de las custodiadas por los Nazis pudieron ser recuperadas y devueltas a sus dueños. Pero los cientos de piezas adquiridas por marchantes y coleccionistas siguen escondidas o en los Tribunales. Ahora, la defensa parece haber elevado la cuestión al compromiso político por parte de las autoridades españolas, que han firmado combatir el expolio si bien tanto los Principios de Washington como la Declaración de Terezin no son vinculantes, lo que quiere decir que no obligan en ningún caso a España.
Un dilema ético

Los representantes de Cultura matizan que no se puede convertir lo ocurrido en este caso en una postura ‘oficial’ del Gobierno de España en relación con el expolio nazi: “Esta es la única obra de la que hasta hoy se tiene conocimiento en España que proceda de lo ocurrido en aquellos años en Alemania. Si aparecieran otras habría que estudiar las circunstancias de ese caso concreto y de cómo terminó en España para poder actuar de la mejor manera posible”.

En cuanto a su posible salida insisten en que “en el hipotético caso de que la obra fuera devuelta y por tanto abandonara España sería efectivamente una perdida para todos ya que dejaría de exhibirse en un museo abierto al público para volver a manos de un particular” y añaden que España es signataria de todos los convenios de restitución de bienes culturales a nivel internacional, ya sean estos de la UNESCO, de la UE o de UNIDROIT y que ha restituido multitud de bienes culturales de origen ilícito en los últimos años -Colombia, Perú, Irak, Suecia…- “por todo ello no se puede poner en duda su absoluto compromiso con la lucha contra el tráfico ilícito de bienes culturales”.

La intención, más que probable, de los herederos de Cassirer es obtener una compensación económica por un cuadro que les fue arrebatado y cuyo valor en la actualidad multiplica en varios milllones al de los años 30. Legítima aspiración o no, lo cierto es que como señalan desde el ministerio de Cultura, la devolución de la obra significaría una pérdida para los visitantes del Museo Thyssen, un argumento que tampoco puede eclipsar la injusticia sufrida por una familia cuya propiedad fue rapiñada primero por los nazis y después con la connivencia de aprovechados marchantes de arte de su propio país de adopción.

Los tribunales, espoleados por el escándalo del caso Gurlitt en Alemnaia podrían ser proclives a una mayor presión respecto a las colecciones fracturadas por los nazis. De ser así, quizás pagarían justos por pecadores; una compensación por el cuadro resultaría en otra injusticia, pagar por una misma obra, adquirida legalmente, dos veces.
Suiza: el puente entre Múnich y Nueva York

El avezado marchante nazi Scheidwimmer que se quedó con la pieza de los Cassirer estaba interesado por “efecto de lluvia” relativamente. Como pintor judío, Pissarro, no era tan apreciado en Alemania como los holandeses Rembrandt o Vermeer. Jakob necesitaba sacarlo fuera de Alemania o, mejor aún, intercambiarlo para obtener un buen provecho de él. Pensó en un coleccionista de arte, Julius Sulchbacher, con el que ya había hecho transacciones similares. Al igual que Lilly, Sulchbacher era judío y Jakob supo sacarle partido a la situación. Con la amenaza del campo de exterminio de Dachau como telón de fondo, obtuvo la importante colección de Sulchbacher a cambio de 3.000 marcos y de entregarle el famoso La calle de Saint Honoré después del mediodía. Efecto de lluvia. De inmediato, el coleccionista judío preparó su huida a Brasil a través del puerto holandés de Havre con la valiosa pieza. Consiguió escapar, pero el cuadro se quedó en tierra, con el resto de sus pertenencias. Allí mismo los oficiales nazis interceptaron el paquete. Según las investigaciones de Melissa Mueller, la historia llegó entonces a su punto clave: “No se sabe cómo ni por qué razón, un conocido pintor alemán, Ari Kampf, se hizo con él y lo llevó a la subasta que organizó la casa Hans. W. Lange que lo vendió entre el 27 y el 28 de mayo de 1943”. Según los archivos facilitados por el Museo Thyssen, se vendió como el lote numero 191 a la Perls Gallery de Nueva York. Los registros alemanes certificaron la cantidad: 95.000 marcos, 105 veces más, en sólo cuatro años, que la cantidad pactada -que no abonada- a la legítima dueña, Lilly Cassirer.

Por Julio Martín Alarcón en El Mundo.