30 mayo, 2013

El Tàpies más emocional y oculto se desvela en Venecia

TAPIES

Artista prolífico hasta su último aliento, Antoni Tàpies (Barcelona, 1923-2012) falleció dejando en su casa y estudio un gran número de pinturas acabadas y nunca expuestas. También dejó una amplia y heterogénea colección de obras, que reunió a lo largo de toda su vida, adquiriéndolas de marchantes o intercambiándolas directamente con otros creadores. Son estas las piezas que su hijo Toni Tàpies y la mujer de éste, la crítica y comisaria Natasha Hébert, han decidido mostrar en el Palacio Fortuny de Venecia, en la exposición La mirada del artista, que como evento colateral de la Bienal permanecerá abierta hasta el 24 de noviembre.

“Hemos realizado una selección para revelar cómo Tàpies veía el arte y concebía la creación desde su vertiente más íntima y oculta. Son las obras con las que vivía, que le rodeaban en sus espacios cotidianos y también las que mi madre no quería que se fueran, como una esfinge de 1989”, explica Toni Tàpies, que ha dejado la galería que regentaba en Barcelona para dedicarse al legado de su padre. Nada que ver con la gran muestra, comisariada por Vicente Todolí, que la Fundación Tàpies y el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), inaugurarán en junio. La del MNAC será una retrospectiva con más de 120 obras, mientras que esta veneciana es del todo ajena a preocupaciones cronológicas. En total reúne algo más de 80 obras, la mitad de Tàpies, realizadas entre finales de la década de 1980 y su muerte, y las otras de diferentes artistas de su colección particular. “Era un coleccionista ecléctico. Necesitaba estar rodeado de las obras que le gustaban y nunca dejó de buscar un gesto universal, que le aproximara a la naturaleza humana”, añade Natasha Hébert.

El recorrido se abre con una pequeña pintura de tres ojos, utilizada como metáfora de toda la propuesta, pero es la primera sala la que deja al visitante sin aliento, no sólo por lo poderoso de las telas sino por su espectacular formato. Traer a Venecia pinturas de estas dimensiones no ha sido fácil, pero el resultado demuestra que ha valido la pena, así como el esfuerzo de establecer un diálogo entre las obras de Tapies y la abarrotada sala que contiene todos los objetos y las memorias de Marià Fortuny. “Eran de generaciones diversas pero hay un hilo sutil que los vincula”, asegura Toni Tapies, que ha escogido con cuidado piezas representativas y nunca exhibidas antes, tanto de su padre como de los artistas que coleccionaba: Motherwell, Rothko, Miró, Arnulf Rainer y su gran amigo el japonés Kazuo Shiraga, del grupo Gutai, que pintaba con los pies.

En el bullicio veneciano repleto de estímulos visuales, Tàpies ha conseguido recortar un ámbito de paz, capaz de trasmitir aquella actitud zen, que su obra perseguía. Hay momentos de sosiego y nostalgia, como la sala homenaje, la única con un suave hilo musical, donde cuelgan enfrentadas una cama símbolo del Tàpies más terrenal y realista y uno de sus últimos trabajos, una madera con unos trazos minimalistas en carbón, que suena a despedida. No es el único tributo, hay otros diseminados por las salas, como el mapa orográfico de una obra de Tàpies realizado por Perejaume y una impactante escultura parecida a un antiguo ídolo sacrificial, que Gunther Uecker creó poco después de la muerte del artista. Cada pared reserva una sorpresa: las de la planta noble recubiertas de brocados antiguos así como los muros desconchados del ático, donde los cristales devuelven las obras de Tàpies mezcladas con los techos de Venecia.

Por Roberta Bosco en El País