13 abril, 2012

El tacto

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Laura Pais Belín

Autor: José de Ribera.
Título: El tacto
Cronoligía: 1613-1616
Localización: North Simon Museum. Pasadena
Técnica: Óleo sobre lienzo

El estilo conocido como Barroco campaba a sus anchas por toda Europa a principios del siglo XVII, encontrándose su génesis a finales del siglo anterior. Un estilo marcado desde sus inicios por los cambios con respecto al estilo renacentista y que defendió para renovarse la teatralidad, la exuberancia, el movimiento y la búsqueda de naturalismo. En lo que a la pintura se refiere hubo una importante transformación basada en la libertad expresiva de los artistas y dirigida por el subjetivismo, por lo que podemos encontrarnos con cierto individualismo creativo y la proliferación de diferentes escuelas a lo largo de todo el territorio europeo.

Pero hay una característica técnica que las unirá a todas y esta será el triunfo definitivo del color sobre el dibujo, de la mancha sobre la línea. Y a ello se une un elemento que gana en protagonismo, la luz, una luz que se encargará de definir el espacio compositivo y de realzar la fuerza expresiva, de esta manera podemos afirmar que el color y la luz se convierten en el tándem perfecto para crear la obra pictórica.

En lo que a España se refiere, no podemos olvidar que estamos ante un periodo de esplendor, el llamado “Siglo de Oro” un momento de álgida creatividad, en el que se proclama con rotundo éxito una escuela de rápido pincel y extraordinario cromatismo. La originalidad nace de un realismo diferente y a partir de una sensibilidad originada en las más puras esencias nacionales, que desembocarán en la creación de diferentes focos y de la proliferación de grandes personalidades artísticas como Ribera, Velázquez, Alonso Cano o Murillo.

De entre todos estos grandes maestros, y situándonos en el devenir del estilo Barroco a principios de siglo, hay una figura que cobrará gran protagonismo y esta será José de Ribera, porque aunque de origen español y formado en la escuela valenciana, desarrollará su carrera en Italia, convirtiéndose con el paso del tiempo en una de las figuras más relevantes de la pintura europea del siglo XVII.

Considerado el maestro indiscutible de la escuela napolitana, su influencia no sólo se extiende por España e Italia, sino también por centro Europa y Holanda. Una personalidad artística arrolladora porque en su obra supo combinar a la perfección dos de las grandes escuelas europeas, la italiana y la española. Ya que su estilo mezclaba armónicamente las dos escuelas, por un lado supo mantener la profunda carga emotiva, la fuerza expresiva y plástica de la pintura religiosa española de su breve aprendizaje en Valencia. A ello unió el dominio del color que logró a través del estudio de los grandes maestros renacentistas italianos. Pero sin olvidar el estilo con el que convivió en tierras italianas, las fórmulas tenebristas y la influencia del naturalismo de Caravaggio. Gran admirador desde el principio del maestro de la luz reinterpretó su naturalismo y creó obras llenas de dureza y realismo sobrecogedor.

Así rápidamente y con fuerte tesón adaptándose en el contexto italiano y manteniendo la tradición española fue como logró su estilo original, directo, lleno de solidez técnica y abrumadora expresividad.

ribera-el-tactoJosé de Ribera nacía en Xátiva, Valencia durante el año 1591. Hijo de un zapatero, crecería en el seno de una familia humilde. Se cree que desde muy joven debió destacar por sus dotes para el oficio de las artes y aunque poco se sabe de sus inicios, como hijo de un artesano el joven maestro empezaría su formación artística en algún taller local y, como marcaba la tradición, posiblemente se trasladaría después a Valencia para poder continuar su formación con algún maestro de renombre.

Poco se sabe de sus primeros años de aprendizaje; durante tiempo se supuso que fue discípulo de Ribalta, pero no hay prueba alguna de este hecho.

Sus primeros datos biográficos sitúan la presencia de Ribera en Italia en 1611 puesto que se localiza una de sus primeros encargos en Parma, donde realizó una obra religiosa. Tenía tan sólo 20 años y ya había alcanzado un importante encargo en un centro artístico de gran prestigio. Por todos estos datos se llega a pensar que Ribera se trasladaría a Italia hacia 1609. En 1613 se vuelven a tener noticias sobre el artista, ya que se sabe que se estableció junto a su hermano menor, Juan, y otros dos pintores zaragozanos en Roma, viviendo en la Via Margutta, la calle en la que se reunían todos los pintores, asimilando en este momento el estilo naturalista que imperaba en la capital italiana. Pero al mismo tiempo se dejaba llevar por las influencias de la pintura flamenca ya que en la zona donde vivía también había un buen número de artistas flamencos con los que tuvo estrecha relación. Se sabe que desde mayo de 1613 forma parte de la Academia de San Lucas romana lo que implica un importante prestigio.

El pintor se integra muy pronto en la ciudad, recibe encargos y trabaja activamente, tanto para clientela española como por la italiana.

Será en esta época en la que se cree que realizó una de sus series más famosas y sublime, la serie sobre los Cinco Sentidos, interpretados cada uno de ellos como una figura con algún elemento indicativo. En ellas mostraba su gusto por los modelos elegidos entre el pueblo romano y normalmente de tosca presencia. La búsqueda incansable de naturalismo lleva al pintor a representar con la máxima fidelidad posible cada uno de los detalles consiguiendo un acabado casi fotográfico. Por ello sus modelos son personas tomadas de la vida cotidiana, buscando humanizar la pintura, tanto profana como sacra. Retratos en los que se podía permitir jugar con la búsqueda de expresividad, los acabados táctiles y los juegos de texturas. Y todos ellos representados bajo la luz del tenebrismo.

Una de las piezas más destacadas de esta serie será la que representa el sentido del tacto, se sabe que es uno de los sentidos que más investigó el maestro y que más le atraían, y prueba de ello es que años después de crear la obra de El Tacto la repetiría en otro lienzo fechado en 1632.

Para representar dicho sentido el artista elige a un hombre con los ojos cerrados que, al ser ciego, no puede ver una pintura en la que se presenta una cabeza masculina y que nos la muestra encima de la mesa. Eligiendo descubrir esa imagen a través del tacto de una cabeza clásica deliciosamente esculpida que contrasta con sus ásperas manos.

La atención de la figura se centra en las manos y en el excelente rostro, cargado de naturalismo, y todo ello gracias al foco de luz procedente de la izquierda que baña toda la figura. Las tonalidades pardas del fondo y el rostro curtido y surcado por las arrugas realistamente representadas contrastan de manera magistral con la delicadeza de la cabeza, su plasticidad y el blanco material pétreo al igual que la túnica rojiza elegida para el protagonista de la obra. Elementos que recuerdan al estilo de Caravaggio, al que Ribera sigue durante sus primeros años de trabajo.

Pero no sólo en el contraste de tonalidades y en el tratamiento de las texturas podemos ver la influencia del artista italiano, a él también nos une el empleo de la luz, Ribera emplea una fuerte iluminación que recorta la figura ante un fondo neutro y crea intensos contrastes de luces y sombras, utilizando un descarado tenebrismo.

La suavidad con la que palpa la cabeza marmórea resulta de una increíble belleza, recreándose al mismo tiempo en el realismo de las trabajadas manos del hombre que sobresalen quizá aun más al compararlas con la superficie fría y delicada de la escultura. Ese perfecto naturalismo se presenta también en la facilidad del artista para interpretar las calidades de las cosas como podemos observar en los ropajes de la figura, su barba o la propia escultura. Pero si hay algo que debemos destacar es la clara representación del gesto de concentración del hombre porque de esta manera Ribera se muestra como un increíble maestro a la hora de captar la expresividad de sus personajes. Cabe señalar que seguramente tomaría como modelo a una persona ciega para buscar con precisa certeza los gestos y el directo realismo de los mínimos detalles.

Al mismo tiempo con este tema el artista español nos hace ver de forma consciente el contraste entre la realidad táctil de la escultura y al mundo puramente visual de la pintura.

Como en los otros lienzos de los Cinco Sentidos, realizados muy probablemente entre 1613 y 1616, el artista muestra su preocupación por la representación de la materia y para ello utiliza una pincelada apretada y delimitadora, muy elaborada que destaca también por su densidad.

Pero algo destacable es que aunque la influencia de Caravaggio está presente en casi toda su obra de primera etapa la forma de trabajar de ambos artistas era totalmente diferente mientras que el maestro italiano conseguía un acabado de superficies lisas modulando las tonalidades para Ribera los tonos y la textura de la materia se conseguían a través de capas de color más oscuro que salían en las fisuras del lienzo creadas por el pincel al arrastrarlo sobre la pintura cuando esta aun estaba húmeda.

En la época en la que realizaba esta serie el artista se dejó llevar por una vida desordenada llena de excesos y siempre acompañada de deudas. Una vida tal vez demasiado bohemia y demasiado agitada. Y a pesar de recibir buenos encargos y comenzar a ser reconocido, en 1616 abandonó la ciudad de Roma en busca de otras metas. Será en el sur donde encuentre su sitio, en Nápoles, virreinato español que por aquellas fechas vivía una etapa de gran auge económico debido a ser una fructífera zona comercial. Una situación que favorecía el mecenazgo artístico, logrando que en poco tiempo la Iglesia Católica y las colecciones privadas se convirtieran en sus principales clientes consiguiendo en este momento no sólo la estabilidad profesional sino también la personal.

José de Ribera, conocido también como “El Españoleto” debido a su origen español y a su escasa estatura, y porque este sobrenombre fue utilizado por el propio artista para firmar sus obras. Admiró a Caravaggio, reinterpretó su naturalismo y creó su propio estilo duro, dramático y sobrecogedor.

Pero después de estos firmes inicios, llegó la madurez, su paleta de colores fue mucho mas colorista y dinámica, su pincelada se volvió mucho más densa, su acabado más pastoso pero increíblemente modelado por el pincel y la luz. Pero si hay algo que el maestro nunca abandonó fue su personal sentido de mostrar la realidad. Un realismo que nos atrapa y que nunca deja indiferente, porque el maestro buscaba representar todo lo que encontraba en la naturaleza fuese bello o desagradable, precisos momentos de realidad acompañados de una impecable maestría técnica.