5 mayo, 2014

El sur de Egipto agoniza sin turistas

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Un silencio monacal habita el Valle de los Reyes, la tumba de decenas de faraones. Un puñado de turistas se desliza por las entrañas de sus colinas escarpadas y blancuzcas sin aglomeraciones ni prisas. La instantánea de inmenso vacío se repite por los templos y necrópolis que salpican el sur de Egipto. Los últimos diez meses de agitación política han dado la puntilla al turismo, un sector vital para la deprimida economía del país más poblado del mundo árabe.

A 600 kilómetros al sur de El Cairo, Luxor -la antigua Tebas- es una ciudad fantasma. Sus tesoros, desparramados por las orillas del Nilo, han olvido las hordas de peregrinos de hace tan solo cuatro años. “Estábamos acostumbrados a recibir cuatro millones de turistas al año. En 2013 solo llegaron 600.000 visitantes. No es nada”, lamenta el director de la autoridad turística de la ciudad Osama Abdelhafiz en declaraciones a EL MUNDO. “El 90 por ciento de los habitantes de Luxor dependen del turismo directa o indirectamente”, precisa.

Los años previos a la caída de Hosni Mubarak en 2011 fueron tiempos de bonanza y afluencia récord. “Disfrutamos de temporadas muy buenas y la gente se hizo con ahorros que han usado desde entonces para sobrevivir”, recuerda Abdelhafiz. Desde el ocaso del dictador, precipitado por décadas de corrupción y estado policial, nada ha sido igual. Las protestas -primero contra la junta militar que administró una transición catastrófica y más tarde contra el primer presidente elegido en las urnas- malograron la recuperación.

Tras un primer semestre de 2013 esperanzador, el golpe de Estado del pasado julio volvió a hundir al sector. Las dramáticas consecuencias de la asonada -con un represión gubernamental que ha dejado más de 3.000 muertos y una ola de ataques terroristas contra fuerzas de seguridad que se ha cobrado medio millar de vidas- han condenado al ostracismo a la oferta turística del Alto Egipto. “Luxor llora a diario. El negocio es apenas el 5 por ciento de lo que fue. Somos más de 650 taxistas y no tenemos clientes”, se queja Manduh mientras circula por las calles polvorientas de la ciudad.

“Luxor es seguro y agradable”, dice el conductor repitiendo el mantra que vocean los vendedores de baratijas y los dueños de las falucas (las pequeñas embarcaciones que surcan el Nilo). Y lleva razón: la violencia que desangra la península del Sinaí, El Cairo y las provincias del delta del Nilo queda lejos de Luxor o Asuán, que sufrieron en la década de 1990 los zarpazos de la ex organización terrorista Al Gamaa al Islamiya. “Pero si dios quiere los turistas volverán cuando tengamos presidente”, apunta Mohamed, dueño de un barco que lleva a los visitantes hasta el complejo de la isla de Filé, en Asuán.

“En cuanto haya seguridad y estabilidad, los turistas regresarán”, recalca el director de turismo de Luxor. El axioma resuena en vísperas de las elecciones presidenciales previstas para los próximos 26 y 27 de mayo en las que el ex líder del ejército Abdelfatah al Sisi aparece como un “héroe” capaz de devolver el orden tras tres años y medio de polarización política y reclamaciones laborales. Pero, de momento, el porvenir resulta sombrío. “La ocupación hotelera no llega al 12 por ciento”, explica el funcionario.

En el primer trimestre de 2014, los ingresos por el turismo -que generan el 11,3 por ciento del PIB y uno de cada ocho empleos- cayeron un 43 por ciento respecto al mismo período de 2014, marcado por una ligera mejoría. El número de visitantes -unos dos millones de personas- también se desplomó un 30 por ciento, según datos del ministerio de Turismo publicados la semana pasada por Reuters. La distancia con las cifras anteriores a la revuelta de 2011, que había ido reduciéndose en los últimos años, ha vuelto a la casilla de partida. Los números de 2010, cuando 14,5 millones de forasteros desfilaron por Egipto, son una utopía.

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La depresión económica ha obligado a algunos habitantes de Luxor y Asuán a abrazar la resignación de arañar unas cuantas libras. Apostado a las puertas del templo de Luxor, Mohamed Ali ofrece un paseo en calesa, un negocio otrora boyante que ya ni siquiera da dinero para alimentar a los caballos. “Antes ganaba al día 300, 400 e incluso 1000 libras egipcias (unos 100 euros). Ahora nada. Entre unas 5 y 20 libras que gasto en comprar el pienso”, relata el treinteañero que chapurrea unas palabras en español.

Pese a los números rojos que le quitan el sueño, Mohamed reconoce que es un afortunado. Otros compañeros se han retirado de la circulación tras vender o dejar morir a sus jamelgos. “Me gustaría que los turistas volvieran y todo fuera como antes”, confiesa sin demasiada fe.

El pasado febrero el atentado suicida contra un autobús en Taba, el sur del Sinaí, se cobró la vida de tres surcoreanos y amplió la ya de por sí duras advertencias de gobiernos y organismos extranjeros. España, por ejemplo, sigue desaconsejando el viaje a todo el país salvo a Luxor, Asuán y los centros turísticos de la costa continental del mar Rojo. En los tres destinos, aconseja “extremar la precaución”.

En medio de la sangría, las autoridades han decidido aumentar cinco dólares el precio del visado que los turistas deben adquirir al llegar al país. La nueva tarifa de 20 dólares entrará en vigor en mayo. Una medida que, a juicio del ministro egipcio de Turismo Hisham Zaazou, no afectará a una recuperación incierta.

En una entrevista a este diario el pasado septiembre, Zaazou culpó a los países europeos de agravar la situación del sector a golpe de alertas. “Los países europeos están penalizando al pueblo y agravando las penurias económicas de los cuatro millones de egipcios que viven directamente o indirectamente del turismo. Desde un simple vendedor ambulante hasta el dueño de un hotel o un crucero. Todos están sufriendo”.

Por Francisco Carrión en El Mundo.