28 julio, 2011

El robo de nueve siglos de Historia

Publicado en ABC

Empezó con un escalofrío junto al corazón, un desasosiego repentino, señal de que las cosas no iban bien. Eso fue lo que sintió José Sánchez cuando miró hacia el tapete. El paño bordado, que habitualmente cubría el tesoro más valioso que contenían aquellas paredes, estaba descolocado. El cojín que lo sostenía, ligeramente cambiado de sitio. Y entre ambos, el aire.

El medievalista, una persona de natural prudente, miró por todas partes antes de preguntar a los empleados del Archivo de la Catedral. Al principio hubo desconcierto, teñido de cierto fastidio. Era la hora de cerrar, y todos querían volver a casa. Pero cuando fueron conscientes de que ninguno conocía el paradero del libro, se contagiaron del nerviosismo de Sánchez. Entre todos registraron las salas del Archivo de manera exhaustiva, en busca de la familiar silueta. En vano. Y entonces fue cuando Sánchez tuvo que hacer una amarga llamada telefónica, decir cinco palabras que desearía no haber tenido que pronunciar nunca.

—El Códice Calixtino ha desaparecido.

El Deán se presentó enseguida en el Archivo. A sus ochenta años de edad, José María Díaz es un hombre que todos sus colaboradores y amigos describen como afable y cercano. Cuando vio con sus propios ojos el hueco sobre el cojín se sintió desfallecer. En ese momento se vivieron minutos muy duros en aquella sala recubierta de estanterías de nogal. Los responsables de custodiar el Códice se miraron entre sí e intuyeron la pesadilla que se les venía encima. Las cámaras, los micrófonos, las críticas. Por un momento la tentación tuvo cabida en aquellos santos muros, y alguien planteó que tal vez no habría que decírselo a nadie. Y después el sentido común y la virtud se impusieron, y alguien llamó a la policía.

Cuando los primeros investigadores aparecieron en el archivo comprendieron que aquel era un caso especial. Se activaron protocolos de seguridad para casos similares. Se destacó a una docena de profesionales, nueve de ellos de la Policía Científica de Santiago y Coruña, y otros tres venidos expresamente desde Madrid, de la Brigada General de Patrimonio Histórico. Mientras volaban a Compostela, consultaban en sus portátiles el dossier que describía el objeto robado. Frases breves, frías, forenses.
«Códice del siglo XII, fechado en torno a 1109, de unos 30 centímetros de alto, 225 folios. Una de las cuatro únicas copias que existen en el mundo del Liber Sant Jacobi, y la mejor conservada. Valor estimado de mercado, diez millones de euros».

Cuando acceden al claustro, los investigadores comprueban que varias cámaras de seguridad cubren cada centímetro del mismo. Que para llegar a la puerta del Archivo no se puede hacer sin pasar bajo su escrutinio. Que la puerta está enrejada y hay que llamar a un telefonillo para acceder. Y después otra reja, y unas escaleras de piedra, y otras dos antesalas, en la esquina de una de las cuales hay una sala de piedra sin ventanas, bloqueada con una gruesa puerta de acero.

Que tenía la llave puesta en la cerradura.

HOMBRES DE IGLESIA, INTACHABLES
«Los muros más gordos no sirven de nada si te dejas siempre la puerta abierta», gruñe un representante de la policía que prefiere no dar su nombre. Y es que el estupor y la frustración entre los agentes fue total al encontrarse con aquello. Oficialmente sólo tres personas tenían acceso a esa sala. El propio Deán, José Sánchez y el canónigo Salvador Domato. Hombres de Iglesia, intachables y libres de toda sospecha. Por desgracia, también libres de toda suspicacia. Eran tantas las ocasiones en las que se entraba en aquella habitación, tantos los documentos valiosos que se solicitaban de ella, que la llave solía estar puesta. Nadie podía mostrar el Códice Calixtino sin estar presente el Deán. Los investigadores accedían a un facsímil o a las imágenes digitalizas. El original desaparecido muy raras veces salía de la cámara, la última hacía dos meses para una visita ministerial. Pero la llave estaba en la cerradura.

Los investigadores habían desplegado un helicóptero para fotografiar la estructura completa de la Catedral, sospechando que los ladrones podían haber accedido al interior mediante un butrón en el tejado. Fue inútil. La teoría más plausible apuntaba en otra dirección. E incluso facilitaba un retrato robot del sospechoso.

«Un hombre de mediana edad, tal vez entrado en años. Muy culto, un ex profesor universitario con perfecto dominio del castellano. Capaz de ganarse la confianza de las personas».

Los investigadores interrogan de manera exhaustiva a los setenta empleados de la Catedral. Quieren saber si algún personaje singular ha hablado con ellos en las últimas semanas. «Conversando sobre la historia de la Catedral, y tal vez deslizando alguna pregunta sobre seguridad, como al descuido». Sacristanes, ayudantes, voluntarios. Un grupo de ellos aguarda para hablar con la policía, cruzándose miradas nerviosas, entre ellos y al suelo. Sienten la desazón de que uno de ellos, inadvertidamente, haya podido facilitar el robo.

La incomodidad de los trabajadores está más que justificada. Las críticas se han alzado desde múltiples sectores de la sociedad, una reacción tan humana como comprensible. En ausencia del ladrón, se juzga al custodio, ignorando que es víctima. Pero eso no es algo que sorprenda a los canónigos de la catedral, quienes prefieren guardar silencio para no exponerse a las críticas. «No será tan mala la Iglesia cuando hemos cuidado del libro durante novecientos años», apunta uno en conversación telefónica. Elude responder a las críticas de Xosé Freire, del Sindicato Unificado de Policía, quien afirmaba el jueves que las medidas de seguridad en torno al Códice Calixtino eran mínimas. «Las llaves se llevaban en un régimen de compadreo, ahora la tienes tú, ahora la tengo yo, ahora la tiene el otro», además de insinuar que había más de quince personas que tenían acceso al códice, no tres. «Sería necesario que hubiera un vigilante de seguridad permanente, pues don José María (por el Deán) ya está cansado». No es el único que afirma que las historias que han salido a la luz al preguntar por el códice «hacen todo esto un poco ridículo, podía haber ocurrido en cualquier momento». Del entorno del Archivo surgen rumores, anécdotas y chismorreos sobre lo poco cuidado que estaba el códice, aunque pocos se molestan en señalar que fue precisamente el Deán quien elevó en 1993 las medidas de seguridad en torno al manuscrito. En lo que coinciden todos es en que se podía haber hecho más, incluso había establecido un plan para dotar de sensores de movimiento, infrarrojos y escáner dactilar a la entrada del archivo y en la cámara acorazada, a la altura del que protege ejemplares similares —pero de inferior valor al estar incompletos— en el British Museum o en la Universidad de Salamanca.

Ajena a la polémica, la Científica espolvorea las superficies con ninhidrina y negro de humo, peina cada sala del Archivo en busca de huellas, pelos y fibras, estudian exhaustivamente las 400 horas de vídeos de seguridad. Porque están seguros de que quienes robaron el códice son viejos conocidos. «Hay una alta probabilidad de que estén fichados», explica un investigador. El ex profesor sería el cerebro de la operación, y al menos habría otras dos personas implicadas. El modus operandisería tan audaz como astuto.

Esta es la hipótesis que se baraja como más probable. Entre el jueves por la tarde, momento en el que alguien se fijó por última vez en que el Códice estaba en su sitio, y el martes por la tarde, cuando se le echa en falta, los ladrones actuaron. Muy probablemente en la noche del viernes al sábado. Esperaron escondidos dentro del inmenso recinto de la catedral, aprovechando la cantidad de recovecos que posee, al momento en el que se cierran las puertas y se apagan las luces. Justo después un vigilante recorre el perímetro, iluminando cada hueco con su linterna, pero es posible burlarle haciendo el mismo recorrido que él, pero a su espalda. Con los zapatos envueltos con varios pares de calcetines de lana, los pies de los ladrones no arrancarían ni un sonido de los fríos suelos de mármol. Las escasas rondas que se hacen en el interior de la Catedral por la noche harían más sencilla la incursión.

Y después, amparados por la madrugada, ir superando cada uno de los obstáculos hasta llegar a la cámara acorazada. Las rejas, saltándolas por el hueco que queda entre estas y el techo, evitando las púas que las coronan. Las escaleras, normalmente custodiadas por una religiosa, desiertas. Y la puerta de acero, con el precioso regalo de la llave en la cerradura, simplemente tirando de ella. Hasta llegar a la mesa con la joya bibliográfica del medievo, que cabría fácilmente en una mochila. Después volverían a la Catedral, donde saldrían a la mañana siguiente con total normalidad cuando se abriesen las puertas, confundidos entre los centenares de peregrinos cargados con mochilas.

Una operación limpia, preñada de riesgos, pero con una atractiva recompensa. Al menos un millón de euros para el equipo, si era un trabajo por encargo. Tres veces más, si el cerebro había planeado el asunto por libre y se atrevía a ofertar el códice a posibles compradores, lo que entrañaría mucho peligro. No solo para los delincuentes, sino para el propio Códice. En estos casos lo habitual es arrancar una página como prenda de que se posee la pieza. Y la última posibilidad, que pone los pelos de punta a los investigadores, es que los ladrones decidan trocear el manuscrito y venderlo página a página.

«Si llegan a hacer esa locura será imposible recuperarlo íntegro», dice Manuel Moleiro, editor y experto en códices. «Paradójicamente, tendremos más posibilidades cuanto más profesionales sean los autores del robo».

CÓMO BUSCAR UNA AGUJA EN UN PAJAR
No existe un mercado negro para antigüedades tan importantes. La propia naturaleza única de la obra hace que sea muy deseada, pero no sencilla de colocar. «En los últimos tiempos ha aumentado el número de compradores de arte procedentes de Oriente Medio, fortunas inmensas y escrúpulos reducidos», señala uno de los investigadores, que se asoma al claustro a fumarse un cigarro, no sin antes haberse despojado discretamente del chaleco policial amarillo. Las profundas ojeras en su rostro y la ropa llena de arrugas revelan el cansancio de quien ha pasado en vela toda la noche. Se encoge de hombros antes de apagar el cigarro en la suela del zapato y guardarse la colilla en el bolsillo. «Necesitamos atraparles cuanto antes, porque si salen de España será mucho más difícil dar con ellos».

Una posibilidad que ya contemplan las fuerzas del orden, pero que no ha impedido que Santiago de Compostela se vea plagada de policías que realizan controles de carretera aleatorios en los accesos a la ciudad y las vías principales. Como buscar una aguja en un pajar. Al detener el coche donde viajaba este periodista, uno de los agentes consultaba una hoja de papel fotocopiada con rostros de varias personas. Al pedirle por favor que me dejase echarle un vistazo, el policía se la guardó en un bolsillo del pantalón. También declinó responder a la pregunta de si estos eran sospechosos habituales en casos de robos de alta especialización.

La desaparición del Códice Calixtino no es, por desgracia, un asunto sin precedentes. El 26 de septiembre de 1996, un medievalista francés llamado Gilbert Felix Ollier organizó el robo del «Beato de Liébana» en el museo ilerdense de la Seo de Urgell, usando en este caso la violencia contra una empleada. El valioso ejemplar del siglo IX estaba valorado entonces en dieciocho millones de dólares, y como ahora se pensó en un robo por encargo. No había pistas, ni indicios físicos. La Guardia Civil montó un operativo especial desplegando medios técnicos y humanos como nunca antes se había hecho. El resultado arrojó el nombre de Ollier, un charlatán con estudios y grandes conocimientos de idiomas, que se movía por los clubes de ambiente gay de Barcelona. Un joven agente de incógnito se acercó a él enarbolando una revista de arte y consiguió ganarse su confianza. La semana siguiente, una serie de registros en domicilios y oficinas que Ollier solía visitar dio como resultado la aparición del «Beato» en las estanterías de un psiquiatra valenciano que afirmó haberlo adquirido en el mercado negro. La obra estaba intacta, a excepción de una hoja que había sido arrancada con una cuchilla de afeitar, y que nunca apareció. Ollier dio con sus huesos en la cárcel, donde se convirtió en una celebridad entre los presos a los que daba clases de inglés. Su buen comportamiento le granjeó un permiso de fin de semana, que este hombre excepcionalmente inteligente aprovechó para fugarse a Brasil, desde donde mandó una postal a un compañero. Aún continúa suelto.

Como en el caso del «Beato», la esperanza de la policía pende en la primera fase de la investigación de un hilo muy fino, por eso sus responsables guardan silencio. Frente a ellos, al otro lado de la cinta blanca policial, la tormenta mediática. El Deán, recurriendo a toda su fuerza de voluntad, se sentó en la rueda de prensa frente a la nube de flashes y de preguntas comprometidas e intentó dar la cara. Fue, sin lugar a dudas, el momento más difícil de su vida. Porque quienes le conocen saben de su dedicación, del orgullo que ha mostrado de ser el custodio del Archivo durante décadas. Porque cuando los periodistas le preguntaron «¿Cuánto vale el libro?», él no fue capaz de darles la única respuesta que le dictaba su corazón. El libro vale todo, todo lo que les rodeaba. Hasta la última piedra de la Catedral. Porque Compostela se edificó sobre la fe y las ideas, y estas son más perdurables que los monumentos y a la vez más frágiles. Pero esas no son palabras que quepan en los titulares.

Ahora mismo, en algún lugar del mundo, alguien sostiene en sus manos nueve siglos de nuestra Historia. Podrá deslizar las yemas de los dedos por la superficie del pergamino, apreciando el tacto rugoso de la piel de cabritilla, las exquisitas imperfecciones e irregularidades de su superficie, que desprende un olor singular. Las depresiones causadas por la tinta de nuez de agalla que el paso del tiempo ha tornado de negra en cobriza. El relieve de las imágenes creadas a la luz de las velas por pacientes monjes que arquearon su espalda sobre aquellas páginas, tal vez conscientes de que su obra perviviría largo tiempo después de que sus dolientes huesos se redujeran a polvo. Una obra formada por las historias de cómo Santiago viajó de Judea a Gallaecia, de cómo se apareció a Carlomagno, de cómo se creó la ruta jacobea siguiendo el Campus Stellae. Una guía que detalla caminos, posadas y fuentes de agua potable que incontables peregrinos siguieron en pos de su fe, inadvertidos de que cada paso que daban hacia su propia salvación era un paso más hacia la fundación de Europa. Alguien tiene ahora nueve siglos en sus manos, haciéndonos a todos más pobres.

juangjJUAN GÓMEZ-JURADO ES PERIODISTA Y ESCRITOR.
NACIDO EN MADRID EN 1977, Y AFINCADO EN SANTIAGO, ES UNO DE NUESTROS AUTORES MÁS INTERNACIONALES, GRACIAS A NOVELAS DE MISTERIO COMO «ESPÍA DE DIOS», «CONTRATO DE DIOS» Y «EL EMBLEMA DEL TRAIDOR», PUBLICADAS EN 45 PAÍSES