1 octubre, 2013

El Renacimiento renace en París

Spiritelli

“Es difícil explicar un milagro”. Con esta frase, la conservadora italiana Beatrice Paolozzi Strozzi, directora del florentino Museo dil Bargello, valoraba la apertura hace unos días de la exposición La primavera del Renacimiento en la sala Napoleón del Museo del Louvre. La pinacoteca aloja una muestra concebida junto con el Palazzo Strozzi con la que se quiere ahondar en el surgimiento de lo que Ortega y Gasset llamó, en 1933, “el más confuso y hoy por hoy indominado de entre todos los periodos de nuestra historia occidental”.

¿Por qué utilizar la palabra milagro (del latín miraculum, y esta del verbo mirare, maravillarse)? Paolozzi, que ha comisariado la exposición junto con Marc Borand, conservador jefe del departamento de Esculturas del Louvre, considera que, “incluso hoy día, el Renacimiento es considerado un milagro de transformación, no solo en las artes sino en la concepción del hombre. Un cambio que afecta a la sociedad, la política, la moral individual y la del colectivo”.

La muestra, subtitulada La escultura y las artes en Florencia. 1400-1460, rinde homenaje a esa transformación proponiendo un viaje a la Florencia del siglo XV, cuyos artistas, que habrían de provocar la admiración del mundo entero, hallaron en los clásicos de la antigüedad grecorromana la inspiración necesaria para trascender las imposiciones del gótico y esculpir un arte nuevo. El trayecto histórico y artístico presentado logra, así, abstraer al espectador de la atención recibida por la celebrada pintura renacentista y hacerle reparar en la fuente de inspiración que, para maestros como Donatello, Lorenzo Ghiberti, Filippo Brunelleschi, Luca della Robbia, Nanni di Banco, Desiderio da Settignano, Filippo Lippi, Mino da Fiesole y Michelozzo, supusieron sus antecesores.

En el recorrido cronológico de la exhibición, que alberga 140 obras divididas en diez secciones, se pretende ilustrar las innovaciones formales que alumbran el Renacimiento, pero también la traslación a la escultura del humanismo, “un movimiento filosófico y literario que buscaba en las raíces de la Antigüedad, en la Roma republicana, el saber del hombre antiguo”, en palabras de Beatrice Paolozzi.

Bormand destaca “los préstamos de obras excepcionales” que han permitido a las pinacotecas francesa e italiana articular “un recorrido temático en torno al cruce de cuestiones de estilo con el contexto histórico, social y cultural de algunas de las obras más importantes de este periodo”. El conservador del Louvre alaba también las labores de restauración de algunas de las obras presentadas y “la generosidad de pinacotecas como el museo estatal de Berlín, que ha cedido tres de sus obras maestras: entre ellas, la Madonna Pazzi de Donatello”.

La entrada a la muestra está presidida por la monumental Cabeza de caballo o Protomé Carafa de Donatello, fechada en torno a 1455, que aparece emparejada con su antecesora, una Protomé Médicis escupida en bronce en el siglo IV a.C. Pero el elemento fundamental de la exposición son los relieves sobre El sacrificio de Isaac realizados para las puertas del Baptisterio de San Juan en Florencia por Ghiberti y Brunelleschi en 1401, en respuesta a un concurso público que anuncia la irrupción del Renacimiento. En ellas, observan los comisarios, se advierte la influencia del Spinario o Niño de la espina y el Torso de Centauro; un ejercicio de análisis comparativo que planea sobre toda la exposición.

Según Paolozzi, los relieves “son un ámbito de la escultura que permite, por primera vez, aplicar en el arte figurativo el principio de la perspectiva de Brunelleschi”. A ellas les acompaña la maqueta del Duomo de Florencia realizada por el arquitecto y escultor florentino.

La Primavera del Renacimiento que ofrece en su rentrée el museo parisiense es un inventario de motivos, musas y mecenas que fueron obrando la mencionada transformación en la república florentina: la escultura funeraria, los cambios estilísticos en la imaginería religiosa, los spiritelli o niños alados, los condottieri, las figuras ecuestres, las figuras religiosas, la revalorización de la terracota mediante la policromía, la introducción de la perspectiva en la pintura y la escultura, la presencia del mecenazgo institucional y privado…

Cuando aparece la pintura en la exposición, es para realzar su huida del plano y su mímesis de la escultura: los comisarios la encuadran en un epígrafe denominado La pintura esculpida, donde se entremezclan los frescos de Hombres y mujeres ilustres de Andrea del Castagno, encargados por Filippo Carducci, con el San Pablo de Masaccio.

De la escultura tallada en mármol San Jorge y el dragón de Donatello —omnipresente en la muestra— destacan los comisarios en el catálogo que “conjuga por primera vez en una obra de arte la perspectiva lineal y la perspectiva aérea”. Para ello, el maestro “crea la técnica del stacciato o muy bajo relieve, con la que el relieve se atenúa progresivamente hacia el fondo para donar una impresión de profundidad”.

Cierra el recorrido en el Louvre la maqueta del Palazzo Strozzi de Florencia, atribuida a Giuliano da Sangallo y Benedetto da Maiano. Un ejemplo, para los comisarios, de la “magnificencia” anhelada por los mecenas privados para perpetuar su memoria a través del arte y de la arquitectura.

Por Juan Peces en El País.