8 abril, 2014

El puente del Arsenal

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Autor: Canaletto
Cronología: Antes 1735
Localización: Museo de Woburn, Woburn Abbey
Técnica: Óleo sobre lienzo

Durante el siglo XVIII Italia perdía su hegemonía sobre el devenir de las artes; perdía el protagonismo a la hora de dirigir los caminos de la pintura europea.

Y en este momento marcado por los cambios y en plena transmisión de poderes artísticos, la ciudad de Venecia como siempre había sido, se mantenía independiente, única y extravagante. Aunque en los inicios del siglo se encontraba en decadencia después de tres centurias de expansión, contradictoriamente el mundo cultural seguía estando vivo y lleno de éxito. Crecía a su propio ritmo, algo que no fue impedimento para que siguiese siendo cuna de grandes artistas y movimientos muy personales. Siempre marcados y relacionados con la peculiar vida de la ciudad de los canales. Llena de fascinación y misterio era la ciudad preferida para aristócratas europeos, turistas acaudalados y jóvenes artistas.

Quizá por todo ello un género novedoso surgía en la ciudad y era reclamado por los extranjeros que a ella llegaban, fueron las famosas “vedute” o pinturas de vistas. En ellas se encontraba el placer en la interpretación de sitios famosos, paisajes en los que se exigía que los elementos que formasen la vista panorámica tuviesen precisión casi fotográfica, aunque también había libertad a la hora de interpretar los sitios con imaginación. En ellas se describían con minuciosidad ruinas, monumentos, canales, palacios y puentes rebosantes de vitalidad al mismo tiempo que era obligado añadir personajes a la escena para que así se diese carácter local a la composición. Y aunque fueron pensadas al principio como pequeños recuerdos para los viajeros extranjeros, con el paso de los años se convirtieron en estimadas obras de arte.

De esta manera los pintores de vistas fueron muy abundantes, y entre ellos encontraremos verdaderos genios que lograron ennoblecer dicha profesión. Destacando entre todos ellos la figura del inolvidable Canaletto.

Unido desde sus orígenes a Venecia había nacido y se había educado en un ambiente asociado a la efervescencia cultural de la ciudad, un ambiente lleno de humor, gusto por las modas y extravagancia cultural que no era comparable a cualquier otro lugar de Europa. Por eso la ciudad de los canales, que no había encontrado competidora, se había coronado como el gran mito de cultos y ricos extranjeros. En este contexto será donde el maestro italiano sabiendo perfectamente lo que estaba de moda, comenzó su carrera y a formar su estilo que tiempo después le daría fama.

Zuane Antonio Canal, llamado Canaletto, nacía el 28 de Octubre de 1697, en el centro de Venecia, no lejos del puente de Rialto. Es curioso pero pocos datos más se saben de su biografía, teniendo en cuenta que fue un artista veneciano de fama internacional. Se conocerá su carrera artística, pero muy poco de su vida. Se sabe que no se casó, que no tuvo descendencia y que no dejó escritos tras su fallecimiento. En cambio si sabemos cómo comenzó en el mundo de las artes. Sería junto a su padre, un conocido escenógrafo de la ciudad, con fama dentro del teatro barroco.

El joven Canaletto y su hermano se formarían con su padre ayudándole en la escenografía de algunas de sus obras líricas. Será justamente uno de los importantes encargos de su padre, el que le lleve a Roma en 1719, lugar donde el joven artista se centrará realmente en su vocación pictórica. Una ciudad llena de estímulos que le proporcionará las influencias y lo que es más importante las fuerzas para emprender su carrera como pintor.

En Roma pintaba del natural escenas de género y motivos de la Antigüedad, en este momento se dejó influir por los paisajistas del momento y a esa influencia unió uno de los elementos característico del género vedutista, la importancia de la perspectiva.

A su regreso a Venecia en 1720 se inscribe como pintor, dando muestras de sus buenas habilidades en la técnica pictórica que se caracterizaba por utilizar pocos contrastes lumínicos, por la exactitud en la línea, con una gran pericia en la utilización de la perspectiva. A lo que unía la aplicación de las veladuras de color de forma diferenciada con un toque preciso y ligero. Consiguiendo una composición de la realidad rigurosamente geométrica y con un cromatismo único.

Su estilo se afianza y ya en 1725 su fama se traslada fuera de las fronteras venecianas. Desde este momento hasta 1746 serán los años del glorioso éxito y del gran florecimiento del estilo canalettiano. En este año – con 50 años aclamado por su famoso estilo – decide trasladarse a Inglaterra, donde permanecerá con éxito durante nueve años. A su vuelta su gran etapa había concluido y aunque siguió pintando su técnica no evolucionó. En aquel momento ante sí se encontraba una Venecia decadente y abandonada, y esto parecía también reflejarse en la rutina final de la carrera del anciano pintor. Pese a ello Canaletto nunca dejó de ser el maestro que con su ojo no sólo veía sino que al mismo tiempo organizaba el espacio. Siendo capaz de idear una realidad más real que la verdadera.

Su pintura de vistas se basaba en la línea, sus composiciones sobresalían por su rigor escénico, quizás por su temprana formación como escenógrafo. Donde la exactitud a la hora de representar cada uno de los edificios y elementos de la ciudad sería sin duda, uno de sus talentos más destacados. Por ello con el paso del tiempo se llegó a afirmar que Canaletto y su manera de crear le habían transformado en un arquitecto – pintor.

La clientela le pedía sobre todo escenas de la Venecia monumental, de sus fiestas y ceremonias, protagonizadas por sus gentes. Sin olvidarse por ello de retratar la Venecia cotidiana y más popular. Por lo que también se puede afirmar que a través de sus cuadros se convirtió en el fiel cronista de su época.

Prueba de ello es esta particular vista, en la que se nos muestra un rincón de Venecia, más desconocido, en ella se ve la entrada al Arsenal de la ciudad a través de su puente. Por eso la obra recibe el nombre de “El puente del Arsenal”, lugar de gran relevancia porque era donde se encontraban los astilleros y los depósitos de armas y municiones de la ciudad y se dice que en él llegaron a trabajar unos quince mil obreros.

Este lienzo pertenecía a la colección del Duque de Bedford y se encontraba dentro de una serie de cuadros que mostraban rincones más escondidos pero igualmente característicos de la ciudad.

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El primer protagonista de la obra es el histórico río de la Tana, que nos sitúa en la composición y nos acerca a la vida diaria de la ciudad, con sus pequeñas embarcaciones – con sus anónimos tripulantes – que nos sirven para hacer real la escena y al mismo tiempo nos aportan la escala en la composición.

En el lado derecho vemos el protagonismo de un Oratorio del siglo XVI dedicado a la Virgen y hoy desaparecido, ya que sería destruido por las tropas francesas en 1809. Y en el lado opuesto en la margen izquierda del río destaca, encajada en los muros de color salmón del Arsenal, la imponente puerta triunfal, que sobresale por haber sido una de las primeras construcciones renacentista de la ciudad y que se distingue por su majestuosidad y por estar coronada por la imponente figura de un león, símbolo de la Serenísima. Y para aumentar la grandiosidad cerca del atracadero podemos diferenciar tres esculturas de mármol de tres leones, que se sabe que fueron traídas desde el Pireo como botín de guerra.

Cuenta la leyenda que sería “la puerta del infierno” que se describe en la Divina Comedia de Dante la que serviría como base para esta construcción que era la entrada desde el mar y también para los muros que cierran la dársena del puerto.

Pero el cuadro – como no podía ser de otra forma – destaca por su precisa técnica. Una paleta de colores minuciosa y meditada hacen destacar a cada uno de los componentes del lienzo, blanco para la iglesia, marrones y salmón para el Arsenal, mientras que el azul de las aguas de río se oscurece frente a la maravillosa claridad del azul del cielo.

Logra la profundidad al colocar el conjunto urbano al fondo, y el agua en primer plano, resaltando los efectos de luz sobre la arquitectura. La exactitud de su pincelada es capaz de mostrarnos todos los detalles, pero igual de importante es su manejo de la luz, una luz diurna, cristalina que exalta la estructura del espacio y se recrea en las particulares del espacio.

Estamos ante una minuciosa composición técnica lograda tras muchas horas de estudio, observación y trabajo. Prueba de ello es la existencia de un dibujo preparatorio de esta obra conservado en la Biblioteca Real de Windsor. En el que se pueden ver con todo lujo de detalles los pormenores de las figuras y los elementos topográficos.

Si hay algo que siempre ha llamado la atención fue su peculiar método de trabajo. Una vez elegido el sitio que quería pintar se dirigía a él donde tomaba toda una serie de apuntes del natural, dibujaba desde diferentes puntos de vista y ángulos y elaboraba en el mismo lugar diferentes tipos de imágenes. Era en esta primera fase donde utilizaba la cámara oscura, para tener todo lujo de detalles, convirtiéndose en un eficaz experto en su utilización.

Insistía en los aspectos descriptivos con prodigioso dibujo, basando su trabajo en largas horas de contemplación del paisaje urbano, muy meticuloso tras horas de observación y centenares de apuntes se planteaba la composición. Porque para él, era en el taller donde se consolidaba el verdadero proceso de creación. Configurando una vista completa del espacio que quería representar para finalmente trasladarlo al lienzo.

De esta manera sus obras se convirtieron en documentos casi fotográficos de la ciudad de los canales, llegando a escandalizar por la exactitud de sus composiciones y la precisión de los detalles, ellas fueron el resumen perfecto de la concepción del paisaje urbano de finales del barroco.

Racional y caprichoso, Canaletto va unido para siempre al nombre de la ciudad que le vio nacer. Venecia fue su hogar pero también la gran protagonista de toda sus carrera, una ciudad que ya vivía su propia decadencia pero siempre puro espectáculo y llena de vida cultural. Heredero de una tradición local, supo como nadie inventar una imagen pictórica, personal e inédita, llena de impecable técnica y armónica belleza.