7 febrero, 2011

El principe negro (episodio V): La personalidad del Príncipe

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_01En cuatro “Recuadros de la Historia” hemos ido diseccionando la vida militar del Eduardo, príncipe de Gales y de Aquitania, que ha pasado a la posteridad con el sobre nombre de “Negro”, veamos en este último la personalidad del príncipe, que llegó a ser, junto con su esposa, la “pareja de moda” de Europa, siendo imitados sus gestos, trajes, protocolo, etc., en todas las cortes y las señoras, de cualquier condición querían parecerse en el vestir a la duquesa de Aquitania.

Hasta los dieciséis años Eduardo de Woodstock estuvo dedicado a su formación, tanto humanista como militar. Con su padre Eduardo III (figura 1), pero plenamente con su hijo, se inician los príncipes renacentistas, aunque tienen que transcurrir casi un siglo, para que el molde que dejaron estos dos príncipes vuelva a repetirse. El príncipe se convirtió en un joven culto, con conocimiento de varios idiomas, por supuesto entre ellos el latín y adquirió los conocimientos del arte de la guerra, que posteriormente ensayaría con su padre en la batalla de Crecy, estando al frente de la “batalla” más comprometida en la acción, siendo en realidad artífice de la victoria, al estrellarse contra el impenetrable muro de sus hombres, lo más florido de la caballería francesa.

Tras la campaña militar que culminó en Crecy, la vida del príncipe Negro transcurrió relativamente tranquila durante unos años, interrumpida únicamente por una breve incursión a Calais y la batalla naval de Winchelsea, en la cual la flota inglesa venció a otra española. La española estaba al mando del infante castellano Carlos de la Cerda, conde de Angulema, el cual se encontraba acogido a la corte del nuevo rey francés Juan II el Bueno, que lo nombró condestable de Francia y duque.

Tuvo ocasión Eduardo de distinguirse en la batalla, mandando un navío, estando a punto de perecer, siendo salvado por Enrique de Lancaster, elevado a la dignidad de duque del mismo título, por Eduardo III, en agradecimiento por la salvación de su hijo y heredero.

El príncipe de Gales durante la paz se ocupó de recorrer sus territorios patrimoniales, conociendo a sus gentes y administrando justicia, de tal manera que como dice su biógrafa, Micheline Dupuy: “Le gustaba arbitrar los asuntos delicados y, con frecuencia, daba pruebas de humanidad y sensatez en los juicios emitidos”. Fue un gran organizador, disponiendo de las personas idóneas para cada puesto. Aumentó los impuestos en lo posible, dedicando parte de ellos a reforzar las fortificaciones y las murallas de las ciudades y poblaciones costeras, e incrementando el número de soldados de guarnición.

Figura_02Como buen caballero prerranecentista fue protector de las artes y de las letras. Organizador de fiestas fastuosas, tuvo fama de derrochador, gustando de abalorios, joyas y magníficos caballos, sin embargo cuando algunos de sus administradores le informaban que sus súbditos se quejaban, se desplazaba a la zona en cuestión y parece que su empatía con las gentes, hacía que se le perdonara esos despilfarros.

La guerra con Francia solamente se encontraba en estado de tregua, persistía la enemistad entre los soberanos y las causas iniciales del conflicto no se habían resuelto, dado que las casas de Plantagenet de Inglaterra y antes de Normandía y Valois, se consideraban con derechos al trono de Francia.

Había varios más que por ser biznietos de Felipe IV el Hermoso de Francia, tenían aspiraciones, contándose entre ellos al rey de Navarro, Carlos el Malo (figura 2), el cual convenció a Eduardo III para reiniciar las hostilidades.

Los nobles gascones y bordeleses, ante la inminencia de la guerra, conociendo que Aquitania sería objeto de los ataques de las fuerzas francesas, solicitaron del monarca inglés el nombramiento de un lugarteniente, de suficiente encumbramiento, para administrar el territorio galo, sugiriendo el nombre del príncipe de Gales, con fama de buen carácter, gran administrador y extraordinario guerrero. El 7 de abril de 1355 el Parlamento nombraba a Eduardo, lugarteniente del rey en Aquitania.

El 25 de septiembre de 1355, en un imponente navío, el “Christofer”, fondeaba delante de Burdeos. En el muelle esperaban al príncipe todas las autoridades del ducado.

Al día siguiente, Eduardo, hizo leer las cartas, en la catedral de Burdeos, por las que su padre el rey le otorgaba plenos poderes, de tal manera que podía impartir justicia, tanto alta, como media y baja, para gobernar y regir el ducado según las costumbres locales y usos. Según su biógrafa, Micheline Dupuy, también podía “reclamar y apoderarse de nuevos castillos, plazas fuertes y ciudades con todos los derechos y rentas, otorgar cartas de perdón a los rebeldes arrepentidos”. Así mismo tenía poder para “conceder a perpetuidad o por cierto tiempo algunas propiedades a los partidarios leales a Inglaterra”.

Figura_03A continuación el nuevo señor de Aquitania, posó su mano sobre los Evangelios y juró “ser bueno y señor leal, respectar los derechos, franquicias, libertades, costumbres y privilegios legados por sus antepasados”. Posteriormente, la autoridades y nobles del ducado, prestaron fidelidad a su nuevo señor.

La franca mirada del príncipe, borraron desde el primer momento cualquier pensamiento de que el territorio se ponía en manos de un extranjero, considerando todos como si fuera paisano de ellos.

Comenzaba para el ducado quince años de buen gobierno, iniciándose con la consolidación del poder inglés sobre sus posesiones en el continente, gracias a la batalla de Poitiers.

En 1360 entra en la vida de Eduardo de Woodstock una hermosa mujer, según dicen las crónicas la más encantadora y bella de todas las princesas conocidas, su prima Juana de Kent. Juana había llevado una vida un tanto peculiar. Casada a la temprana edad de trece años con Tomás Holland, no se sabe si se llegó a consumar el matrimonio, antes que este marchara a combatir en las cruzadas.

La familia Kent, casó entonces a Juana con Guillermo Montecute, conde de Salisbury. El desconocimiento de que su marido seguía vivo, le hicieron vivir durante unos años en estado de bigamia.

Tomas Holland regresó en 1348, saliendo entonces a la luz el temprano matrimonio. Se reclamó al papa que anulara el matrimonio con Salisbury, el cual lo concedió con el consentimiento de la propia Juana. En 1360 Tomás murió en Francia, dejando cuatro hijos y una viuda de 34 años.

La herencia de su marido y la de su propia familia, al recaer sobre ella todos los derechos de los Kent, la convirtieron en la mujer más rica de Inglaterra.

La leyenda se entremezcla con la realidad, narrándose una escena en la cual Juana declara a su primo Eduardo que nunca se casará, y este le declara a su vez que desde siempre ha estado enamorada de ella. Hay otras historias, tipo cotilleo, en las cuales, el inicio de las relaciones entre los dos primos se produjeron en los últimos años del matrimonio con Holland, y este perdidamente enamorado de su mujer, murió de pena.

La realidad es que a pesar de todos los contratiempos, dado que Juana podía ser reclamada por Salisbury, Eduardo se casó con ella, administrando a partir de entonces la enorme fortuna de su mujer, que le serviría, tanto a él, como a la corona inglesa, para costear sus pretensiones en Francia.

Juana de Kent murió en 1385, nueve años después que el príncipe Negro. Vio reinar a su hijo Ricardo, pero los últimos meses de su vida se dio cuenta que había engendrado un monstruo, el cual en su paranoia, llegó a condenar a muerte a su medio hermano. Parece que Juana falleció agobiada por esta tragedia, aunque después de muerta, Ricardo II (figura 3), le perdonó la vida.

Figura_04Por terminar con la truculenta descendencia del príncipe Negro, comentar que su hijo, Ricardo II, persiguió a los hermanos de su padre, obligando a exilarse a Juan de Gante, despojándolo de todos sus bienes. El hijo de Juan de Gante, Enrique, levantó un ejército, uniéndose al mismo los caballeros principales de Inglaterra. Ricardo II fue derrocado, siendo elevado al trono su primo, el cual gobernó como Enrique IV (figura 4), muriendo aquel en prisión.

En 1362, Eduardo III, eleva el ducado de Aquitania a la consideración de “principado”, con un carácter casi independiente.

Los años que transcurren entre 1363 y 1366, son tal vez los más felices en la vida de Eduardo de Woodstock, él y su esposa son la “pareja de moda” y durante ellos nacen sus dos hijos: Eduardo y Ricardo, aunque el primero fallece al poco tiempo.

Las fatigas de la campaña de España hicieron mella en la salud del príncipe, según su biógrafa Micheline Dupuy “La hidropesía, que parece fue la enfermedad por excelencia de los príncipes de la Edad Media, se apoderó de Eduardo”. Esta enfermedad se produce por mal funcionamiento de otros órganos corporales, principalmente los riñones, afectados en el caso del príncipe por beber sin moderación vino especiado y carne de caza. Es probable que su verdadero mal fuera una cirrosis.

Juana, cuando recibió a su esposo en Burdeos (figura 5), junto con una multitud enorme que lo aclamaba, vio que no lo habían herido en la guerra de España, pero estaba enfermo de muerte.

El príncipe comenzó a engordar, típico de los enfermos de hidropesía, a causa de la retención de líquido. Persona afable, se volvió irascible y violento, siendo temibles sus ataques de cólera. De uno de ellos se enemistó con su gran y fiel amigo, Juan de Armagnac, de tal manera que éste, viendo que sus peticiones no eran atendidas por Eduardo III, reclamó ante el rey de Francia, Carlos V, propiciando de esta manera un alianza entre los gascones y Francia, que iban a la postre a destruir el poder de Inglaterra sobre la cuarta parte del territorio francés.

Figura_05Carlos V convocó, como súbdito, al príncipe Negro a que compareciera ante el Parlamento, con objeto de defenderse de los delitos de los que se le acusaba. Ante la negativa a hacerlo, declaró libre de fidelidad a todos sus vasallos.

Su gran amigo Juan Chandos, el que solicitó momentos antes de la batalla de Nájera que se le concediera ser señor de caldera y por tanto portador de pendón cuadrado, fue asesinado por un grupo de franceses, lo que levantó el ánimo de Eduardo, que se encontraba en cama, para vengarse de la muerte de su maestro de armas.

El 30 de junio de 1370 cumplió cuarenta años, pero por su aspecto parecía que había pasado de los sesenta. Su padre conociendo su disminución física, envió con poderes especiales a otro de sus hijos, Juan de Gante, para que gobernara el ducado de Guyena, junto con su hermano.

La venganza por Juan de Chandos se materializó en una corta campaña, en el mes de septiembre del año anterior. Eduardo era conducido en una litera, pero desde allí dictó las órdenes para la batalla de Limoges, ocupando la ciudad y ordenando pasar por las armas a toda la población, forma de actuar inusitada en una persona como él, que había dado muestras constantes de clemencia, pero la enfermedad empezaba a afectar a sus facultades mentales.

El 15 de enero de 1371 Eduardo y Juana embarcaban en Burdeos (figura 6) con rumbos a Inglaterra, con objeto de intentar restablecer la salud del primero. Dejaba a su hermano como gobernador, exhortando a todos sus súbditos a que le prestaran la fidelidad que a él habían tenido. Juan de Grailly, el famoso jefe militar de Buch, fue el que más sintió la marcha de su jefe y amigo, sabiendo que la capacidad militar del duque de Lancaster era muy inferior a la de su hermano, y pronto serían presa de los planes del rey de Francia, Carlos V.

Figura_06A partir de entonces, prácticamente no se levantó de la cama. En 1372 parece que mejoró su salud e incluso se embarcó, junto con su padre, en una flota para llevar refuerzos a Aquitania, pero los vientos obligaron a los barcos a regresar a sus bases.

Tras la expedición se agravó la enfermedad, de tal manera que entraba en unos estados de coma de tal magnitud que en más de una ocasión creían que se encontraba muerto.

Desde la cama intentó facilitar el camino hacía la sucesión de su hijo, como heredero de Eduardo III. Participó activamente en los trabajos del Parlamento en los momentos en que se encontraba algo mejor de salud, pero poco a poco su vida se iba apagando. El 7 de junio de 1376, viendo cerca su final, ordenó traer un escribano para dictarle sus últimas disposiciones, entre ellas el texto de su epitafio.

Su biógrafa Micheline Dupuy relata los últimos momentos de vida del príncipe Negro, rodeado de todos sus seres queridos, entre ellos su padre Eduardo III, de su hijo Ricardo y de todos sus caballeros y criados. Invocó a la Santísima Trinidad y pidió a todos perdón por sus faltas, a continuación entregó su alma al Señor, eran las tres de la tarde del 8 de junio de 1376.

Moría un príncipe pero nacía una leyenda.

Rafael Vidal
20 de diciembre de 2010
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