10 enero, 2011

El principe negro (episodio III): La Gran Cabalgada y la Batalla de Poitiers

Principe_Cabecera

Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

principe_negro_III_01La peste que se había iniciado en 1346 y que redujo en un tercio su población, obligó a los reyes y gobernantes a moderar su política exterior, propiciando la paz o al menos una tregua con las naciones o estados considerados enemigos.

Los monarcas de Francia e Inglaterra también se dieron un respiro, sin que ello quisiera expresar que la tregua entre ambos se cumpliera en los diez años escasos de su vigencia, siendo muestra de ello las incursiones británicas sobre la costa normanda o el intento de reconquista de Calais sobre la base de una traición.

En 1355, en el momento en que el príncipe Negro se hace cargo del ducado de Aquitania, la guerra se encuentra prácticamente declarada o al menos la beligerancia  activa entre los vasallos de Juan II el Bueno y Eduardo III.

En la Europa medieval, cuando existía enemistad entre dos o más estados, sin llegarse a la situación de guerra, dado que el levantamiento de ejércitos era difícil y costoso, se debilitaba al contrario mediante “razzias”, “cabalgadas”, “algaras” o “aceifas”, que con todos esos nombres se designaban a las incursiones que se efectuaban, preferentemente en verano, sobre el territorio del adversario, no con afán de conquista, sino con el de obtener botín y debilitar al enemigo.

Las “aceifas” moras en la España medieval eran anuales, siendo verdaderamente sangrientas y onerosas para los reinos cristianos, las llevadas a cabo durante los califatos de Abderram III, Al-Haken y su primer ministro Almanzor, sucediéndose a partir del siglo XI en sentido contrario, recogiéndose en los cantares de gesta, las cabalgadas de “Mío Cid” sobre los reinos taifas.

Una de las causas que los nobles gascones habían planteado para que Eduardo III nombrara como lugaterniente suyo a su hijo y guerrero, era para contrarrestar las tropelías y atropellos que sufrían de los franceses, por ello nada más tomar posesión el príncipe Negro, le instaron a que iniciara una larga “cabalgada”, para demostrar su poder y advertir a los vasallos de Juan II, de las consecuencias que tendrían cualquier acto de hostilidad contra Aquitania. Eduardo de Cornualles, tras tomar varias disposiciones urgentes, como la acuñación de monedas, para estabilizar el precio de los productos, se puso en marcha el 5 de octubre de 1355.

A los 3.500 hombres que había traído Eduardo se unieron otros tantos gascones. Un problema que se planteó en este “ejército combinado”, era la diversidad de lenguas, dado que se hablaba el inglés, francés y vascuence, existiendo varios dialectos del segundo. La nobleza británica, era en su inmensa mayoría normanda, y el idioma oficial de la corte era el francés, por lo que los problemas se planteaban entre los hombres de las unidades.

Las tropas fueron conducidas primero hacia el sureste, para luego seguir en dirección este y alcanzar Carcasona y Narbona. Juan II, el conde de Armagnac y el Papa Inocencio VI, que había sucedido en 1352 a Clemente VI, consideraban que el río Garona era un accidente casi imposible de cruzar, por un ejército, sin los puentes, habiéndose ordenado destruir todos los existentes.

Pero el año había sido muy seco y como nueve años antes con el Somme, un lugareño les condujo hasta un vado, por el pudieron pasar en pocas horas, los hombres a pie, a caballo y todas las carretas con los bagajes.

principe_negro_III_02Al llegar a Narbona, el Papa de Avignon, que como sus antecesores habían tomado partido por el monarca francés, temió que el príncipe de Gales llegara en su osadía a atacar y saquear la sede papal, tal como había hecho con todas las poblaciones por las que había pasado.

Apelando a la religión y a la hermandad entre todos los cristianos, Inocencio VI le envió dos mensajeros, rogándole hiciera las paces con el rey de Francia, a lo que Eduardo, respondió que al encontrarse su padre, Eduardo III, en el continente, era a él al que le tenían que presentar los oficios de paz. No obstante al conocer que un ejército francés, muy numeroso, al mando del conde de Armagnac, el mariscal Clermont y el príncipe de Orange, pretendía cortarle el paso, decidió regresar hacia Burdeos, aunque con el pensamiento que en caso de encontrarse cerca del enemigo, buscaría un terreno favorable y presentaría batalla.

Inexplicablemente los franceses de pronto parecían acercarse, y al poco tiempo se hacían invisibles, desconcertando al príncipe Negro sobre sus verdaderas intenciones.

El 7 de diciembre Burdeos hizo un recibimiento clamoroso a su señor, engalanando la ciudad y dando vítores a los soldados, mientras que las carretas se veían atestadas del inmenso botín conseguido.

Con esta fecha se dio por terminada la “cabalgada”, de 1355.

Durante los primeros meses de 1356, le rindieron vasallaje nobles que anteriormente estaban con el monarca francés, de tal manera que lo límites de ducado se iban reconstituyendo, asemejándose en extensión a la época de Leonor de Aquitania.

Como el año anterior, en el verano, preparó el príncipe Negro una nueva cabalgada, dirigiéndose esta vez hacia el norte.

Juan II, abandonado por muchos de sus nobles, decidió que era hora de presentar batalla y acabar de una vez por todas con las pretensiones inglesas, a más de reconquistar para Francia las tierras que habían conquistado el nuevo duque de Aquitania.

principe_negro_III_03Como en muchas campañas de la antigüedad y edad Media, las cifras de soldados de cada ejército se multiplican. Pero si nos atenemos a la realidad, Juan II pudo reunir a unos doce mil hombres, entre caballeros, escuderos, arqueros, ballesteros y soldados de a pie, mientras que el príncipe Negro, tendría más o menos la mitad, preponderando la infantería sobre la caballería.

Aunque consciente de que era buen guerrero, Eduardo de Cornualles, nunca se había encontrado en la situación de comandante en jefe, con las decisiones que debería tomar para una batalla, y más teniendo en cuenta la inferioridad numérica a la que se enfrentaba.

Varias cosas había aprendido de su padre Eduardo III. La primera la instrucción de los soldados y el adiestramiento de las unidades de arqueros, caballeros o lanceros; la segunda, la imposición de una férrea disciplina, inusitada en los ejércitos medievales, materializándose en cierto modo con la uniformidad y en la obediencia, bajo pena de muerte, de cada soldado a su jefe y así sucesivamente hasta llegar al príncipe Negro; y por último, como tercera aplicación militar, la elección de un terreno favorable para combatir, preparándolo adecuadamente para establecer una posición defensiva.

Así mismo la táctica militar era una mezcla de defensiva y ofensiva, de tal manera que se presentaba la primera acción, obligando al enemigo a forzar la línea de defensa, manteniéndose a pie, no solamente los arqueros (sabemos que los galeses iban a caballo, asemejándose a los cuerpos de dragones que a partir de la edad moderna se implantaron en los ejércitos occidentales), sino también los caballeros. Cuando habían desgastado lo suficiente al enemigo, se actuaba ofensivamente, bien avanzando un ala, realizando una acción desbordante o mediante una acción frontal y de ruptura.

La acción defensiva se basaba en la elección adecuada del terreno; en su preparación sobre la base de troncos de árboles terminados de forma puntiaguda; en la conjunción de arqueros y lanceros, protegiendo la barrera y el combate a pie de los caballeros, ante los enemigos que habían conseguido atravesar el borde de la zona de resistencia. El efecto de “masa” de los arqueros, mediante el lanzamiento de casi diez flechas por minuto, lanzadas a casi trescientos metros de distancia, siendo su actuación oblicua con respecto al orden de avance del enemigo, de tal forma que pudieran actuar sobre la parte menos protegida, bien los ballesteros, bien sobre los caballos, dado que nada podía hacer contra las armaduras de placas de los caballeros, era mortífera y decisiva para la fase defensiva de la batalla.

principe_negro_III_04Esta actuación en “masa” tenía sus inconvenientes. Cada arquero transportaba de cuarenta a cincuenta flechas, las cuales se les terminaban a escasos minutos de iniciar el combate, teniendo que ser repuestos de forma continua, estableciéndose para ello una serie de centros de “municionamiento”, con personal que iban trasportando las flechas desde ellos hasta los combatientes.

En cierto modo podemos decir que tanto Eduardo III, como su hijo del mismo nombre, fueron unos “revolucionadores” del arte de la guerra, aunque no queden reflejados como tales en los estudios de los tratadistas militares, pudiéndose afirmar que ambos fueron precursores de los ejércitos modernos, de los que un siglo y medio más tarde, iban a ser los pilares de las “monarquías autoritarias” del Renacimiento.

Otro motivo que impulsaba al príncipe Negro a eludir el combate, era la inexistencia de flechas, disponiendo pocas más de las que cada combatiente llevaba consigo. Esto exigía que se tuvieran que ir aprovisionando sobre la marcha, extrayendo las flechas lanzadas, de los cuerpos heridos, y en donde hubieran ido cayendo, teniendo el inconveniente, que los dardos enemigos, al ser de menor longitud, no les eran útiles para sus arcos.

Volviendo a la “cabalgada” del ejército anglogascón, parecía que sus objetivos eran las ciudades de Orleáns y París, aunque esto no estaba en las previsiones del príncipe de Gales, el cual quería unir sus tropas a las de Enrique de Lancaster que había desembarco en la costa francesa y que servían de enlace entre las de Eduardo III de la Bretaña francesa y las del propio príncipe.

Tras alcanzar las proximidades de Tours y al conocer que la unión con Enrique de Lancaster no es posible, el príncipe Negro, decide dar por terminada la “cabalgada” y  regresar con el botín a Burdeos, sin que con ello quisiera eludir el combate que se pudiera presentar y menos que la acción se convirtiera en retirada o lo que era peor huída, consideración esta última, que creyeron a pie juntillas Juan II el Bueno y sus generales.

principe_negro_III_05El Papa, a través del cardenal arzobispo de Périgord, solicitó varias audiencias con Eduardo, indicándole éste, lo mismo que había anteriormente que las propuestas de paz el único que podía atenderlas era su padre el rey, lo cual no fue óbice para que se abstuviera durante el tiempo en que el cardenal interesaba de Juan II algún tipo de tregua, a efectuar alguna acción violenta. Incluso se llega a decir que el príncipe Negro, propuso prestar vasallaje al rey y entregarle las ciudades, a cambio de casarse con la hija del rey y recibir como dote el ducado de Enghien, sabiendo que estas condiciones no iban a ser aceptadas por el monarca galo, el cual además, creyó que la propuesta era debido a la inferioridad que creía estar con respecto a sus tropas, por lo que rechazó las pretensiones y exigió la restitución inmediata de todas las ciudades ocupadas y que el príncipe Negro se constituyera en prisionero, junto con cien de sus principales caballeros.

Dos días estuvo parado el ejército anglogascón, a causa del cardenal, permitiendo con ello que Juan II intentara cortarle la retirada. No es extraño que al terminar sin éxito las conversaciones, ambos contendientes le acusaran de estar en connivencia con el enemigo, porque a ninguno de los dos le vino bien la espera.

A Eduardo de Inglaterra debido a que los víveres disponibles eran muy escasos, agravándose la situación de penuria por los dos días de inactividad, y al rey de Francia, por prescindir de los hombres de a pie, en su afán de cortar la retirada al enemigo.

En la noche del 17 de septiembre, reunió el príncipe Eduardo a sus generales en un consejo de guerra, para que le asesoran sobre la decisión a tomar. Algunos preconizaron la retirada hacia Burdeos desistiendo del combate. Juan Changos, cuando estaba casi decidida esta opción, conociendo lo que contrariaba a su príncipe, expuso que huir sin combatir era peligroso, dado que un ejército en retirada está bajo de moral y pudiera se afectado de pánico, aparte de ello era humillante para los ingleses y gascones esa decisión.

Como buen táctico, el príncipe de Gales discernió dos hipótesis, una la de combatir en las mejores condiciones y la otra tener preparada la retirada, tanto en caso que los franceses no atacaran, como en caso que les fuera desfavorable la batalla.

A partir de ese momento todo el ejército se preparó para la batalla con verdadero entusiasmo.

Mientras el rey galo festejaba en Beauvoir su futura victoria, su oponente se afanaba en obtener información sobre el terreno, preguntando a lugareños y reconociendo los alrededores.

El terreno elegido para dar la batalla era en estructura muy similar a la de Crecy, y setenta años más tarde será el de Azincourt: Una pequeña pendiente desde donde se pudiera dominar con la vista al enemigo, posibilitando un poco más de alcance a los arcos. Los flancos protegidos para no ser desbordados y los arqueros situados en oblicuo al avance del contrario.

El lugar seleccionado que, inmediatamente y con gran sigilo fue preparado con estacas, se encontraba entre los pueblos de Maupertuis y Nouaillé, teniendo a retaguardia el bosque del mismo nombre, lo que facilitaría la retirada, situándose sobre el camino los carros de la impedimenta. El flanco izquierdo se encontraba apoyado en el bosque de San Pedro.

Al amanecer del día 18 de septiembre, el ejército se puso en marcha, los mariscales Warwick y Suffolk, precedía en convoy con el jefe militar de Buch y sus gascones. El centro estaba al mando directo del príncipe con su fiel Changos y la retaguardia se encontraba al mando del conde de Salisbury. La dirección de las tropas era claramente hacia el sur, como si se retiraran sobre Burdeos, aunque en realidad iban a ocupar las posiciones preparadas de antemano en las proximidades de Malpertuis.

Los centinelas franceses dieron la voz de alarma. La indisciplina característica de los caballeros hizo el resto, todos querían alcanzar la gloria destruyendo a sus enemigos. Antes que Juan II diera la orden, el mariscal Clermont y el condestable Brienne, picaron espuelas con sus mesnadas para atacar la retaguardia enemiga.

Los arqueros de los cuerpos de Warwick y Salisbury, estaban apostados detrás de unos zarzales. Al estar a tiro la caballería francesa, lanzaron una lluvia de flechas sobre los flancos desguarnecidos de los caballos, cayendo caballos y caballeros en franca confusión, malheridos o muertos unos y otros. En breves minutos, tres de los mejores generales galos habían caído a causa de su imprudencia temeraria, Clermont y Brienne, muertos y el mariscal Audhehem, herido y prisionero.

Mientras ocurría este episodio sangriento, las tres batallas del príncipe Negro ocupaban las posiciones previstas, acogiéndose los arqueros a los flancos de las mismas.

Al ver la masacre ocurrida en los caballeros, los generales franceses aconsejaron a Juan II que atacara a pie, ordenándose a la primera batalla, que estaba al mando del delfín, Carlos de Valois, joven de dieciocho años, que desmontara y prepararan lanzas y espadas para atacar. Las espuelas entorpecían el avance, por lo que se despojaron de ellas, así como cortaron las largas lanzas, para hacerlas más manejable. Con todo ello se perdió un tiempo precioso, que fue aprovechado por los anglogascones para preparar mejor el terreno en el que habían desplegados y que dominaba el valle.

Los caballeros franceses, avanzaban con sus pesadas armaduras de placas, que les impedían ver y les molestaban en sus movimientos. Los arqueros galeses e ingleses comenzaron a disparar a más de doscientos metros de distancia y aunque muchas flechas rebotaban en las armaduras, otras se introducían por los resquicios del casco y de las placas, causando múltiples heridos y entorpeciendo si cabe más el avance.

principe_negro_III_06Próximos a la barrera de estacas, los caballeros ingleses y algunas unidades de arqueros, salieron de la empalizada y con sus ligeras armaduras, acometieron a los pesados franceses.

Los caballeros galos, obligados a combatir de una forma poco heroica y no considerada caballeresca, comenzaron a romper filas y algunos iniciaron la desbandada.

Guichard d’Angle, general del rey de Francia, temiendo que cayeran en poder del enemigo el delfín y sus hermanos, los hizo conducir a Chauvigny, con lo que todos los componentes de la batalla, al ver el abandono de los príncipes se pusieran en desordenada fuga, abandonando el campo.

La segunda batalla al mando del duque de Orleáns, de forma inexplicable abandonó también, sin presentar combate.

Aunque dos de las batallas francesas habían sido derrotadas, quedaba la tercera, al mando directo de Juan II, la cual superaba en número a los efectivos de Eduardo, por lo que la victoria no estaba asegurada.

El príncipe de Gales ordenó al jefe militar de Buch, que con sus gascones, mezclando arqueros a caballo y caballeros, se adentrara por el linde del bosque de Nouaillé, sin ser visto y acometiera el flanco izquierdo galo.

La salida inopinada de los gascones, causó un cierto estupor e intranquilidad en las filas inglesas, creyendo que sus aliados los dejaban solos frente al enemigo, teniendo los oficiales, a instancias del príncipe de Gales, que explicar la nueva situación.

Cuando el capitán gascón se encontró en su posición de ataque, hizo una señal al príncipe Eduardo, el cual ordenó avanzar a las dos líneas hacia el enemigo, mientras de Buch atacaba su flanco.

Poco después del medio día el pendón del rey de Francia cayó al suelo. La lucha continuó como si fuera una carnicería, hasta que a eso de las tres de la tarde, a instancias de Changos, el príncipe Negro ordenó el cese del combate y festejar la victoria.

Juan II, cayó prisionero, disputándose algunos caballeros a quién se había rendido, hasta que el mismo monarca designó a Dionisio de Morbecque, aunque otros nobles, protestaron y lo hicieron el resto de su vida, alegando que era a él, al que lo había hecho.

principe_negro_III_07La caballerosidad del príncipe de Gales no se hizo esperar, invitando al derrotado y a su hijo, a compartir su tienda y cena.

La batalla de Crecy, con toda su importancia, no tuvo la repercusión de la de Poitiers, en la cual, Francia se quedó acéfala.

El regreso a Burdeos fue triunfal. Juan II cabalgaba al lado del príncipe Negro, como si en vez de prisionero fuera su aliado.

Hasta el 10 de octubre no pudo llegar a Londres la noticia de la victoria, la cual fue acogida con júbilo por la corte y el pueblo, pasando a ser un héroe de leyenda el príncipe Eduardo.

Las consecuencias de la batalla fueron impresionantes, convirtiéndose Inglaterra en árbitro de la parte occidental del continente europeo.

Francia se enfrentó en aquellos años a la toma del poder político por los estados generales, la sublevación de los campesinos, acontecimiento que ha pasado a la historia con la “Grand Jacquerie” y la insurrección liderada por Étienne Marcel.

Los franceses solicitaron conversaciones de paz, firmándose en 1360 la Paz de Brétigny, muy onerosa para los intereses de Francia, dado que se le exigía un pago de tres millones de coronas de oro por el rescate de su rey.

Los ingleses pasaban a dominar gran parte de Francia, quedando en poder del soberano galo, prácticamente la “Isla de Francia”. Como contrapartida los reyes británicos renunciaban a cualquier pretensión sobre la corona francesa.

La batalla de Poitiers fue el espaldarazo histórico para que Eduardo, príncipe de Gales pasara a la leyenda. Pocos años más tarde el reconocimiento como mejor general de su generación se produciría en su victoria en Nájera, interviniendo en la guerra civil castellana, que enfrentaba a Pedro I llamado el “Cruel” o el “Justiciero” y su hermanastro Enrique de Trastamara, que le sucedió y que pasó a la posteridad con el sobrenombre de las “Mercedes”, por las cesiones que tuvo que hacer a los nobles para que le perdonaran el fratricidio cometido.

logo_eulen