21 diciembre, 2010

El Príncipe Negro. Episodio II: La Batalla de Crecy

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Figura_1La batalla de Crecy (figura 1) fue una de las más importantes de la civilización romana, de tal manera que de esta forma ha sido recogida por el general J.F.C. Fuller, en su trilogía “Batallas decisivas del mundo occidental”, publicada en España por ediciones Ejército en 1979. Fuller une esta batalla a otra anterior, la de Sluys (en español de la Esclusa), la primera naval de la guerra de los “Cien años”, acaecida el 24 de junio de 1340, alcanzando una completa victoria la flota inglesa sobre la francesa.

Como mención curiosa de la historia naval, el estado que en aquellos años tenía la flota más importante y que era detentadora del “poder del mar”, era Castilla, siendo cortejada a lo largo de la guerra de los Cien Años, por Francia e Inglaterra, para tenerla como aliada.

Alonso Baquer, historiador militar español, expresa reiteradamente que existen unas “preferencias estratégicas” en los militares de cada pueblo, insertándose en ellos como si fueran de su propia naturaleza, repitiéndose estas preferencias a lo largo de la historia.

La batalla naval de Sluys es el prototipo de la forma de combatir en el mar, tanto Francia como Gran Bretaña, y este combate naval, con los buques galos en línea, protegidos sus flancos y retaguardia por la costa, se repetirá en el transcurso de los años, siendo ejemplos de ello las batallas de Aboukir, Algeciras y Trafalgar, mientras que los ingleses atacaban en dos o tres columnas rompiendo la larga línea del contrario. Ambos hicieron exactamente lo mismo que en Sluys en las batallas citadas.

En tres recuadros de la historia, hemos tratado la batalla de Algeciras, en la cual, la victoria fue para el contingente hispano-francés, no gracias a la pericia de los buques al mando del almirante Linois, sino a la eficacia de la artillería de costa española, que desde tierra, aprovechándose de su mayor alcance, desmanteló los navíos del almirante Saumorez, apresando al “Hannibal”, permaneciendo como recuerdo de ellos una calle en la ciudad del Estrecho: “Aníbal”, y no en memoria del gran caudillo cartaginés.

Volviendo a la batalla de Crecy, inicio de la leyenda de nuestro héroe protagonista, el príncipe Negro, hagamos una sucinta narración de la misma, desde un observatorio castrense.

Eduardo III había ordenado que todos los hombres de su reino, entre los 16 y los 60 años, se instruyeran en el uso del arco largo, siéndole proporcionado por la Corona, los que no tenían medios económicos para adquirirlo, asegurándose con ello el disponer siempre de soldados para su ejército.

La población de Gran Bretaña era muy reducida con respecto a Francia, la nación más populosa de Europa, pero ello no fue óbice para que el monarca inglés levantara un ejército, que empezaba a parecerse a los ejércitos modernos, divididos en unidades más o menos homogéneas y uniformadas.

El armamento era igual en los distintos ejércitos de la época, excepto en el arco largo, usado por los galeses e introducidos en sus huestes por Eduardo I de Inglaterra. El arco estaba hecho de madera de olmo, de 1,80 metros de longitud, disparando flechas de 90 centímetros a cerca de trescientos metros de distancia. La rapidez de disparo era extraordinaria, pudiéndose efectuar hasta diez lanzamientos por minuto, mientras que los ballesteros, que era el arma predominante en los ejércitos medievales, como sustitución del “arco corto”, era un arma pesada, necesitándose cargar con brazos y piernas, siendo su alcance de algo más de doscientos metros, y penetraba en las cotas de malla con facilidad. La diferencia de más de cien metros de separación en la utilización de las armas, iba a ser vital para el triunfo en la batalla. Esta superioridad del armamento ligero británico sobre los pesados de los ejércitos continentales, perduró hasta la batalla de Azincourt, batalla en la que se destronó a la caballería y se coronó a la infantería como “reina de la batalla”, perdurando su reinado durante centurias.

Según el general Fuller, las fuerzas de Eduardo III ascendían a unos diez mil combatientes, de los que las dos terceras partes eran arqueros, aunque de ellos, los 3.500 galeses, podían combatir con el arco y con la lanza (nos imaginamos que sería como una caballería ligera, dado que con la armadura de placas de los caballeros era difícil tensar el arco).

Figura_2Por su parte las fuerzas de Felipe VI (figura 2) se componían de una amalgama de mesnadas francas, genovesas, mallorquinas, bohemias y navarras, con predominio total de la caballería pesada, excepto en los segundos, formados fundamentalmente por ballesteros. Todo ello formaba un conjunto de cerca de 40.000 combatientes. Todos los grandes señores europeos, alentados por el Papa, habían acudido a su llamada, y por ello, aparte del rey de Bohemia y su hijo Carlos, se encontraban presentes, Jaime III de Mallorca, rey sin reino ocupado por Pedro el Ceremonioso de Aragón; Rodolfo, duque de Lorena; Luis de Blois, Luis de Flandes, Juan de Hainault y Carlos, conde de Alenzon, entre otros.

La estrategia operativa de ambos contendientes era diametralmente opuesta, para Eduardo III, todo consistía en alcanzar objetivos geográficos que le dieran el dominio del terreno circundante, pasando todo él a su vasallaje, al contrario Felipe VI toda su estrategia se basaba en la acción directa, visualizaba al ejército enemigo y se lanzaba sobre él para destruirlo, con objeto de expulsarlo del territorio que consideraba “su reino”.

En el campo táctico la situación era también distinta, para los ingleses la búsqueda del terreno favorable para la batalla era fundamental, de tal forma que necesitaban flanco protegidos por un bosque, arroyos o montañas, a vanguardia algún pequeño elemento que le sirviera para acondicionar defensivamente la línea exterior de su despliegue y empleo apropiado para la utilización de la caballería. Los franceses lo único que importaba era encontrar al enemigo y atacarlo en un terreno favorable para la caballería pesada.

Entre las poblaciones de Crecy y Wadicourt, existía una pequeña elevación que dominaba gran parte del valle del rio Maye, en el que se apoyaba el ala derecha inglés, no pudiendo ser rebasada por ese flanco, teniendo en cuenta que más al oeste se encontraba el frondoso bosque de Crecy, que aún hoy tiene más de 28 kilómetros de borde exterior. El ala derecha o batalla, contra la que se estrellaría la flor y nata de la caballería francesa se encontraba al mando de Eduardo, hijo del rey, duque de Cornualles y príncipe de Gales, el cual pasó a la leyenda con el sobrenombre de “príncipe Negro”.

El ala izquierda estaba mandada por el condestable Northampton y el conde de Arundel, apoyándose en pueblo de Wadicourt.

Figura_3La tercera batalla, que constituía el centro y la segunda línea, se encontraba al mando del propio rey, el cual había asentado su puesto de mando en una altura con un molino, desde el que podía visualizar todo el campo de batalla figura 3).

La caballería de la primera línea se encontraba desmontada, aunque presta a hacerlo ante el menor aviso para ello. Los arqueros formaban en ángulo, con objeto de proporcionar más efecto de masa a sus tiros. Cada uno llevaba 48 flechas, pudiendo ser reabastecidos sobre la marcha, desde el campamento situado a retaguardia del conjunto.

Figura_4Delante de la primera línea, había ordenado Eduardo III, que se clavaran estacas puntiaguadas, consistentes en ramas de árboles, de tal forma que todo el ejército se encontraba protegido por una formidable barrera contra la que se estrellaría la caballería enemiga (figura 4).

Aunque todo el ejército estaba desplegado, se ordenó que los soldados se sentaran en el suelo y descansaran, incluso se les sirvió una comida en caliente al medio día.

Eduardo III conocía la forma de guerrear de los ejércitos medievales, basados en la caballería pesada, siendo los soldados de infantería como meros auxiliares de los primeros. El espíritu caballeresco exigía que la batalla se convirtiera en un conjunto de combates cuerpo a cuerpo, en los cuales si un caballero era derrotado por otro, se le exigía la rendición, quedando a disposición del vencedor, el cual le daba la libertad tras pagar un cuantioso rescate. El monarca normando, sabía que la caballería francesa no atacaría a sus arqueros, porque no querían “mancharse” con sangre de plebeyos. Además a los suyos les exigió no volcarse en capturar “presas” para el rescate, que tras la victoria, ya habría tiempo para el pillaje y el saqueo de todo el territorio.

Felipe VI recorría el camino hacía el enemigo a marchas forzadas. Creía que el río Somme podría ser una barrera infranqueable, pero no contaba con la traición de uno de sus súbditos, el cual condujo a Eduardo III, hasta casi la desembocadura del río, de tal manera que cuando había bajamar, era transitable a pie.

Al llegar a la otra orilla, los ingleses pensaron que les había acaecido el milagro del mar Rojo, cuando las aguas se desplazaron a un lado y a otro para dejar pasar a los israelitas, conducidos por Moisés.

Al conocer que Eduardo III había rebasado el Somme, aceleró si cabe la marcha, con objeto de alcanzarles antes que llegara a Flandes, donde podría encontrarse libre de su persecución.

Entre los dos reyes: Eduardo y Felipe tenía distintas concepciones estratégicas a nivel político. El primero, aunque quería ser rey de Francia, lo veía en principio poco maduro, por lo que sus objetivos estratégicos los fijaba en puntos del terreno, siendo la ciudad de Calais el principal, dado que le proporcionaba un pie en el continente y la posibilidad de dominar el tráfico marítimo del paso del mismo nombre, por lo tanto hay que descartar que intentara ocupar París, como creía el rey francés y arguyen algunos historiadores de esta nacionalidad, deduciendo que al ver la imposibilidad de conquistar la capital, “huyera” para acogerse a un puerto seguro donde poder reembarcar.

Felipe creía que “perseguía” a su oponente y eso fue su perdición y la de todo su ejército, porque al ver a los ingleses situados entre Crecy y Wadicourt, lo único que pensaban él y los suyos, era arrojarse sobre ellos y destruirles, sin tener en cuenta el cansancio de muchas horas de marcha, tanto para los infantes como para los caballos, todas ellas bajo una pertinaz lluvia.

Por otra parte, a diferencia del inglés, el ejército de Felipe VI era netamente medieval, obedeciendo cada mesnada únicamente a su señor natural, fallando la coordinación que debe existir en toda acción compleja y con tantos miles de hombres en presencia.

Siendo consciente del cansancio de sus tropas, el rey galo ordenó pararse a los que estaban avanzando para atacar, con objeto de descansar unas horas antes de la batalla, aparte que ya era atardecer y no gustaba combatir en las sombras. Pero lo nobles se enfurecieron contra el rey, de tal forma que Felipe VI cambió la orden y ordenó lanzarse cobre las posiciones inglesas. Orden y contraorden produce desorden y eso fue lo que ocurrió, porque algunas unidades se habían parado y estaban prestas a descansar, cuando les llegó la contraorden de cesar y atacar al enemigo.

Miles de ballesteros, cansado y ateridos de frío, a causa de la humedad, a pesar que era verano, con las pesadas ballestas a sus espaldas, fueron desplegados en primera línea, formando una intrincada barrera humana. Tras ellos el cuerpo de caballería del duque de Alenzon y detrás, el propio Felipe y los demás reyes y nobles con sus tropas.

Hemos visto algunas diferencias entre el arco largo y la ballesta. El arquero no se improvisaba sino que exigía años de instrucción y adiestramiento, aunque eso lo había previsto Eduardo III al exigir que todos sus súbditos dispusieran de un arco propio y lo utilizaran. La formación del ballestero no era tan exigente, bastaba con unas nociones de armar la ballesta, relativamente fácil, aunque obligaba a un esfuerzo físico y luego se apuntaba, apretando a continuación una especie de gatillo y una flecha corta, podía ser lanzada hasta doscientos metros, perforando a esa distancia una cota de malla. La diferencia fundamental era que un ballestero instruido podía lanzar una ballesta por minuto, teniendo que ser protegido durante su carga por otro soldado con un pavés o escudo grande.

Eran cerca de las seis de la tarde cuando la maquinaria gala se puso en marcha. Los ballesteros avanzaban penosamente y detrás los caballeros que no podían sostener la impaciencia de sus corceles.

A doscientos cincuenta metros comenzaron a recibir los genoveses las flechas de los galeses e ingleses, cuando sus capitanes, Odone Doria y Carlo Grimaldi, ordenaron responder, vieron con horror que las ballestas mojadas apenas alcanzaban cien metros, teniendo que avanzar hasta situarse a dicha distancia.

Los arqueros ingleses conforme se iban acercando lanzaron una lluvia ininterrumpida de flechas, pareciendo inagotables los carcaj o aljabas de los arqueros, pero gracias a la perfecta sincronización entre la primera línea y los aprovisionadores de flechas que las transportaban desde la retaguardia produjo el milagro. La acción sobre los ballesteros se fue haciendo más intensa y más mortífera a cada metro que avanzaban, de tal manera que ante tanta mortandad las filas prietas de ballesteros empezaron a agrietarse y el miedo empezó a cundir entre los genoveses, que lo único que deseaban era salir pronto de aquel infierno de muerte, pero la caballería que le seguía le impedía retroceder y al mismo tiempo en su pánico desorganizaban las filas de los caballeros, de tal manera que ante la mirada atónita de los caballeros ingleses, el conde de Alenzón, ordenó poner lanzas en ristre y acometer a sus propios soldados, causando casi tanta mortandad como las flechas. El historiador militar Fuller afirma que fue el propio rey de Francia que al ver la desordenada fuga de los genoveses, gritó: “¡Matad a esos bergantes! Nos están impidiendo avanzar”.

La estructura del terreno ocupado por los ingleses, mostraba el ala derecha como vanguardia, al quedar las dos lomas en ángulo oblicuo con respecto al avance galo, por lo que Alenzón, cargó contra la misma, defendida por el príncipe Negro.

Los caballeros se encontraron primero con la larga barrera de púas de madera, dejando clavados a muchos caballos y jinetes desmontados. Así y todo era tanta la superioridad que la caballería pasó por encima de los cuerpos de sus propios caballos que habían cubiertos con sus cuerpos la barrera de troncos.

El empecinamiento sobre el ala derecha y más al conocer que era mandada por un joven de dieciséis años, dieron pie a que Eduardo III ordenara avanzar a su ala izquierda, atacando de flanco a la caballería contraria.

Figura_5Poco más se puede decir de la batalla, la primera importante de la llamada guerra de los “Cien años”, si excluimos la naval de seis años antes (figura 5).

Aparte del mal planteamiento por parte de Felipe VI, la lluvia que había acompañado a sus tropas en su larga marcha, se intensificó en la primera hora del ataque de los ballesteros, parando por completo, casi de forma instantánea, saliendo a relucir el sol de atardecer, dando de cara a los franceses y de espaldas a sus oponentes. Todos hemos conducido alguna vez con el sol de frente al atardecer y a pesar de los parasoles del vehículo, casi no se ve la carretera, teniéndose que aflojar la marcha. Con el sol por delante, y tras atravesar las filas de sus ballesteros, la caballería se encontraba ciega, cayendo sobre la trampa mortífera de las púas de madera.

Otro aspecto a considerar  y que ocasionó graves pérdidas en los franceses, fue la orden de ataque de las filas posteriores a la de Alezon, sin haberse retirados o haber dejado hueco para hacer un paso de línea o de escalón, de esta forma el número de combatientes excedía la propia capacidad del terreno, pudiendo con un menor número de soldados y caballeros, hacer frente el príncipe Negro a sus contrarios.

El magnífico ejército de Felipe VI no se retiró, huyó como pudo, lo mismo que su rey.

Eduardo III, calmó las ansias de sus capitanes para perseguir a los fugitivos, pero habían resistido quince cargas de caballería, los muertos se contaban por centenares y los heridos otro tanto. Era noche cerrada y prefería descansar y que despuntara el día.

Como siempre en los datos de las bajas actúa la propia leyenda, de tal manera, que al igual que ocurrió en España con la batalla de las Navas de Tolosa, en donde según las crónicas, se pudieron contar con los dedos de las manos los muertos y heridos y por miles y miles la de los almorávides, sucedió con las crónicas inglesas, en donde las pérdidas fueron de “dos caballero, un escudero, unos cuarenta guerreros y arqueros y unas docenas de galeses” (recogido por Fuller, aunque apostilla que “dichos números resultan en absoluto inverosímiles”).

Eduardo III, sin conocer los artículos del arte de la guerra de Sun Tzu, sabía por experiencia que “a enemigo que huye puente de plata” y más en las condiciones en que se encontraban sus fuerzas.

Al día siguiente de la batalla, se presentaron en el campo, cuerpos de infantería de Beauvais y Ruán, que creían que iban a participar en el combate, siendo derrotados y puestos en fuga, sin darse cuenta de lo que sucedía.

Cuentan las crónicas que no quedó en Francia una familia noble que no hubiera perdido un miembro de ella en la batalla. Aparte del rey de Bohemia, murieron el duque de Lorena y los condes de Flandes, Alenzon, Auxerre, Harcourt, Sancerre, Blois, Grandpré, Salm, Blamont y Forez.

El lunes 28 de agosto, Eduardo III, ordenó continuar hacia Calais, dejando un rastro de sangre, fuego saqueo y pillaje por donde pasaba.

La batalla y el protagonismo que había tenido en la victoria, dieron el espaldarazo de gran guerrero a Eduardo, príncipe de Gales y duque de Cornualles, fama que nunca le abandonó y que supo dar cumplida fe de que era cierta.

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Málaga, 11 de noviembre de 2010