7 diciembre, 2010

El Príncipe Negro. Episodio I: Génesis de la leyenda

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Rafael Vidal
Doctor en Historia por la Universidad de Granada

Hay personajes históricos de los cuales la realidad se enreda con la ficción, y en el transcurrir del tiempo, no se puede discernir donde termina la primera y comienza la segunda.

Todos los países tienen sus héroes: Ricardo Corazón de León en Inglaterra; Rodrigo Díaz de Vivar en España; Guillermo Tell en Suiza; Juana de Arco en Francia, etc., los cuáles aunque existieron realmente, han sido tan ensalzados por la leyenda, que nos quedamos únicamente con los que nos han transmitidos sus hagiógrafos. En algunos casos, los investigadores han vislumbrado que el “héroe” no fue tal, pero ¡cómo se puede erradicar de la mente de los pueblos las leyendas!, así que es mejor dejar las cosas como están.

Un héroe, poco conocido, fue Eduardo de Woodstock, hijo primogénito de Eduardo III de Inglaterra y de Felipa de Hainaut, princesa francesa. Vivió 46 años, desde 1330 a 1376, pero su personalidad arrolladora recorrió triunfante tanto su país natal, como Francia, de la que fue duque de Aquitania y España, interviniendo en la guerra civil entre Pedro I el Cruel y su hermanastro Enrique de Trastamara.

No existe ninguna crónica contemporánea que le denominara con el sobrenombre con el que ha pasado a la historia: El “Príncipe Negro”, fue en el siglo XVI, es decir más de cien años después de su muerte, cuando se le dio tal denominación.

Figura_1Eduardo III fue un monarca prerrenacentista, amante de las letras y de las artes, caballero sin tacha, gran militar y estratega (figura 1). Dos de sus innovaciones en la vida de Inglaterra, aún perduran: la fabricación de paños y la creación de un espíritu guerrero y expedicionario. Así mismo fue el que asentó la figura y el título del Príncipe de Gales, como heredero al trono de Inglaterra y creó la orden de la “Jarretera”, la más importante de la nación inglesa.

Dispuso que todos los hombres entre los dieciséis a los sesenta años deberían estar en disposición de servir a su rey, para lo cual dispondrían de un arco, con sus flechas correspondientes, ordenando que todos sus súbditos se instruyeran en su manejo.

Mientras todo esto ocurría, preludio de una larga guerra, que ha pasado a la historia como la “guerra de los Cien años”, el joven Eduardo, nombrado duque de Cornualles y Príncipe de Gales, se preparaba intelectualmente con el eminente profesor Walter Burley, que enseñó a su joven pupilo, latín, griego, filosofía y algo de astrología, ciencia que a lo largo de su vida le apasionó. Al mismo tiempo se le adiestraba en montar a caballo y en todas las artes guerreras que debía conocer un caballero.

El espíritu prerrenacentista y humanista que se vivía en la corte inglesa, gracias a Eduardo III y Felipa, hizo que todos sus hijos recibieran una esmerada educación, extraña en aquellos tiempos de común incultura.

Antes de cumplir diez años de edad, su padre, junto con su madre (nunca abandonó Felipa a su esposo a quien dio más de diez hijos, cuyos descendientes serían los causantes de la guerra de las “Dos Rosas”, famosa en la leyenda por la novela de Robert Louis Stevenson, “La flecha negra”), se quedó como “guardián del reino”, labor que supo desarrollar, a pesar de su corta edad, con satisfacción y sabiduría, de tal manera que en las sucesivas ausencias de sus progenitores, se quedó como tal en Inglaterra.

La llamada “guerra de los Cien años”, la hacen comenzar los historiadores en 1337 y terminar en 1453, en realidad puede decirse que empieza con el desembarco en fuerza en Normandía el 13 de julio de 1346, precisamente en la misma zona en que los aliados desembarcaron en el continente europeo en 1944. Se cuenta que Hitler, contradijo a sus generales al afirmar que el desembarco aliado se produciría en la península de Contentin, recordando el desembarco de Eduardo III, aunque los argumentos que esgrimieron fueron tan convincentes, que el dictador alemán alejó la premonición histórica, para considerar que desembarcarían en Calais.

Los dos desembarcos presentan grandes similitudes, diferenciándose en 600 años. La fecha julio en el primer desembarco y junio en el segundo. El acopio de material para la invasión en ambas operaciones duró más de un año. Seiscientos pontones y gabarras de desembarco fueron construidos en las ciudades de Southampton y Portsmouth, pudiendo desembarcar los infantes y caballeros casi sin mojarse y directamente sobre la playa, podría decirse que fue la primera operación anfibia de la historia.

No disponemos de la idea estratégica que llevó a Eduardo III a desembarcar en Normandía, pero su propia procedencia, descendiente de Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, el conocimiento detallado del terreno por parte de los caballeros normandos que lo acompañaban y el ser la península de Contentin, de fácil defensa, tras su ocupación, pueden ser las claves de todo ello, pudiendo ser la tercera, la que llevó al general Eisenhower a hacerlo en dicha zona.

Tenía en aquel momento el duque de Cornualles, Príncipe de Gales o Negro, dieciséis años, siendo nombrado caballero nada más desembarcar en el continente, junto con sus compañeros, dándosele a continuación el mando de la “vanguardia” del ejército invasor (“batallas” se denominaban a los distintos cuerpos en que se dividía un ejército).

El avance inglés se hizo imparable, arrollando a las fuerzas francesas que se le oponían. Felipe VI creía que sería París el objetivo de Eduardo III, pero lo mismo que Eisenhower, no entraba dentro de sus objetivos estratégico la conquista de la capital, considerando que le costaría mucha sangre y le impediría ocupar con la rapidez necesaria todo el norte de Francia y alcanzar Calais y el enlace con Flandes. El comandante supremo aliado actuó de idéntica manera, aunque uno de sus subordinados desobedeció sus órdenes y se desvió hacia París, la cual fue ocupada sin lucha, al preferir los alemanes abandonarla antes que sujetarla a una batalla que hubiera ocasionado daños irreparables en sus monumentos.

El río Somme ha sido línea estratégica para Francia. Las batallas de Crecy, San Quintín y más recientes en las dos guerras mundiales, fueron decisivas.

Figura_2En Crecy, Eduardo, nuestro príncipe protagonista, mandaba el ala derecha, cayendo sobre él toda la furia de los caballeros franceses y ballesteros genoveses. La lluvia había hecho su presencia en el campo de batalla antes de su comienzo. A los arqueros ingleses se les dio orden de retirar las cuerdas de los arcos para que no se mojaran, estando prestos a volverlas a colocar ante la presencia enemiga. En la figura 2 se puede ver una escena de la guerra medieval del pintor Edgar Degas.

Pasadas las cuatro de la tarde del 26 de agosto de 1346, se vio avanzar el numeroso ejército francés, compuesto, según las crónicas por cincuenta mil combatientes, de los cuales la inmensa mayoría eran caballeros. Por su parte los ingleses disponían apenas de quince mil, con preponderancia de infantería.

Figura_3Los ballesteros genoveses (figura 3) iniciaron su avance, pero agotados por la pesadez de la ballesta y por haberse mojado las cuerdas, se vieron impotentes en alcanzar la línea británica del Príncipe Negro, cuyos arqueros, con sus cuerdas secas y disponibles los masacraron a más de doscientos metros de distancia, de tal manera que se pusieron en fuga, entorpeciendo el avance de la caballería gala, la cual para poder continuar hacía el enemigo, tuvo que poner lanza en ristre y alancear a sus propios soldados, ante la mirada de Eduardo de Cornualles.

La batalla se hizo muy intensa, miles de caballeros cayeron sobre las huestes de Eduardo, incluso parecía que la posición caería en manos enemigas. Godofredo de Harcourt, uno de sus subordinados envió a un mensajero a solicitar refuerzos de Eduardo III. Micheline Dupuy, en su biografía del Príncipe Negro, editada por la colección Austral en 1973, relata que el rey inglés, tras escuchar atentamente al mensajero, le preguntó: “Sir Tomás, ¿está mi hijo muerto o herido que no puede valerse por sí mismo”, contestándole el otro que el Príncipe se encontraba bien, a lo que respondió el rey “Sir Tomás, vuelva de donde viene y diga a los que le envían que no me busquen mientras mi hijo se encuentre con vida”

En las batallas medievales, las disposiciones previas al combate eran fundamentales, dado que con posterioridad era difícil de intervenir o hacer movimientos con el cuerpo que se había empeñado. A lo máximo que se podía era que un contingente externo a los combatientes, apareciera sobre el flanco o retaguardia de uno de los contendientes. Pero iniciado el combate predominaba el valor de comandante de la unidad y el tremolar de su pendón, anunciando a todos que siguieran combatiendo.

El príncipe Eduardo fue derribado del caballo y estuvo a punto de perder la vida alanceado por un francés, pero Ricardo de Beaumont, que portaba su pendón, le salvó la vida, volviendo a ver todos los partidarios del príncipe, de nuevo a caballo a su jefe y su pendón tremolando en signo de victoria.

Algunos historiadores hablan que en la batalla de Crecy se inicia el declinar de la caballería, lo cual es cierto, pero con reparos, dado que no será hasta la batalla de Azincourt, acaecida casi cien años más tarde (1415), cuando la pesada caballería gala, cayera derrotada por la infantería inglesa, dando con ello fin a la preponderancia de la caballería en la batalla y pasando a serlo la infantería: arqueros, ballesteros, arcabuceros, mosqueteros, piqueros, etc.

Figura_4Entre los combatientes del rey de Francia, se encontraba Juan de Luxemburgo, rey de Bohemia y vasallo del primero. A pesar de encontrarse ciego, había querido acompañar a su soberano, junto con sus hijos. Al enterarse que su hijo Carlos, titulado emperador de Alemania (figura 4), había caído herido, pidió a dos de sus caballeros que ataran su caballo a los suyos, y a continuación, poniéndose el yelmo con tres plumas blancas de avestruz, se lanzaron los tres a la refriega. El momento de la muerte del rey de Bohemia y de sus caballeros no quedaron recogidos por la historia, aunque algunas leyendas dicen que fue el propio príncipe de Gales el que les dio muerte, aunque la versión es poco verosímil, dada la caballerosidad del personaje, lo cierto es que Eduardo, impresionado por el gesto de valor de su oponente ciego, pidió esa noche a su padre, la autorización para adoptar como suya la emblema y divisa de Juan de Luxemburgo, de tal manera que hasta la fecha el escudo del príncipe de Gales lleva las tres plumas de avestruz.

Felipe VI (figura 5), que inició la batalla convencido de su victoria, quiso lanzarse sobre los ingleses en un intento de hacerse matar antes que pasar la vergüenza de la derrota, pero Juan de Hainault, su fiel vasallo, sujetó la brida del caballo y lo alejó del campo de batalla, dejando tras sí, los lamentos de los heridos y tendido en el suelo a un prelado, once príncipes, más de tres mil condes y caballeros y un número indeterminado, de varios miles de ballesteros y hombres de a pie, aparte de todo el equipaje y fondos de su ejército.

Figura_5La batalla de Crecy consagró a Eduardo, a sus 16 años, como un héroe, agasajado por sus hombres y reconocido por sus enemigos. La leyenda inicia la denominación de “príncipe Negro” en esta fecha, unos a causa del color de la armadura, que le había regalado su padre el rey; otros por vestir de terciopelo negro y con tal vestimenta recorrió los pueblos y ciudades francesas; y por último, otros dicen que el saqueo a que fue sometido el territorio galo, hicieron creer a los habitantes que habían sido atacados por un “príncipe de la tinieblas”.

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