12 marzo, 2013

El Prado resuelve el enigma de ‘El Labrador’

Poco, por no decir casi nada, sabemos de Juan Fernández El Labrador y sus discretas circunstancias biográficas. Para la posteridad quedó, eso sí, la extraordinaria atención por el detalle y el amor por la naturaleza y sus cíclicas razones de este pintor de bodegones activo en Madrid en las décadas veinte y treinta del siglo XVII. Con tan inciertos mimbres, El Prado ha inaugurado hoy la estupenda exposición El Labrador, Naturalezas muertas, que aguarda hasta el 16 de junio al visitante en la sala de la planta superior de la ampliación reservada a las muestras más exquisitas. O traducido: a las apuestas más eruditas y de menor tirón popular.

El recorrido reúne 11 de los 13 bodegones conocidos del pintor. En él, y en el catálogo de la muestra, producto de los estudios del comisario Ángel Aterido, está contenido todo lo que hoy conocemos de la misteriosa trayectoria del artista. Que no es mucho… A saber: pudo nacer en Cáceres o Badajoz y vivía fuera de Madrid (¿quizá en Ávila?). Bajaba a la corte una sola vez al año, más o menos por estas fechas, para mercadear con su arte. Casi con toda seguridad giró en la órbita del romano Giovanni Battista Crescenzi, maestro en las intrigas artísticas en tiempos de Felipe III y Felipe IV y que en un documento se refirió a él como su “criado”. Era ágrafo y probablemente analfabeto. Trabajaba el campo, de ahí el sobrenombre. Y su pintura, tan paradójicamente delicada en su escaso refinamiento, cosechó adeptos en Inglaterra, gracias al gusto de los embajadores de Londres en Madrid, sir Francis Cottington y sir Arthur Hopton, que impulsaron y moldearon su trayectoria. Y regalaron al rey Carlos I algunos de sus óleos, como el otoñal Bodegón con uvas, membrillos y frutos secos, prestado al Prado por la colección de la actual reina de Inglaterra.

También tenemos constancia de que le obsesionaban las uvas. O mejor, la idea de una uva. Blancas, tintas y en todas sus variantes. Presentadas en racimos solitarios que cuelgan con la inesperada presencia de una mosca, o en grupos de dos, tres y cuatro. A ellas consagró sus primeros esfuerzos, como indica el viaje propuesto por el Prado. Las pintaba con fidelidad a los preceptos del naturalismo de principios de su siglo, el de Sánchez Cotán y otros, a cuyo arte remiten sus lienzos. Y las disponía con un premonitorio gusto por la abstracción y el hechizo seductor de lo inexplicable.

Las composiciones del Labrador se resisten a la catalogación. Los frutos cuelgan de no se sabe bien dónde en escenas en penumbra, en las que una potente luz fría delimita las formas. El resultado produce un efecto que le vale, según el comisario Aterido, el apelativo de “Zeuxis moderno”, en referencia al pintor clásico que elevó la uva a la categoría de arte.

Tras las vides vendrían las flores, gracias a los consejos disuasorios de los diplomáticos ingleses. Un increíble Florero marca en la muestra la ruptura con lo anterior, pese a que en la esquina inferior izquierda asoman unas uvas difíciles de distinguir. El cuadro es uno de los cinco que del autor posee El Prado; los otros cuatro, también incluidos en la muestra, entraron en la pinacoteca con la compra en 2006 de la colección de bodegones de Rosendo Naseiro, como parte de un lote que incluía los circunstancialmente famosos lienzos que el empresario y coleccionista adquirió de otro tesorero del PP, Luis Bárcenas.

Prueba del olvido sufrido hasta fechas recientes por la figura del Labrador es que ese Florero fue comprado en 1946 por el marqués de Lozoya, creyendo que era de Zurbarán. Fue antes de que se hallase la firma temblorosa de Juan Fernández en la parte posterior de un cuadro, perteneciente hoy a una colección particular holandesa que denegó su préstamo para la exposición (falta además otra pieza montada en un cabinet británico). A partir de ese descubrimiento y como parte de una labor detectivesca sostenida desde los años setenta, se ha ido inventariando a partir de un puñado de documentos el misterio de este pintor, que ya luce en el Prado con los honores denegados durante cuatro siglos. Y como un indisimulado reclamo: los responsables de la pinacoteca confían en que la muestra sirva para que afloren nuevas piezas de su enigmática producción.

Por Iker Seisdedos de El País.